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miércoles, 4 de abril de 2018

La tienda de animalhombres del señor Larsen



Son de todos, pero no son de nadie


Aitana Carrasco
Entre los mil y un bestiarios acuñados para el lector infantil, La tienda de animalhombres del señor Larsen (CIDCLI, 2010) llama poderosamente la atención por su espléndido diseño y sus magníficas ilustraciones trazadas por Aitana Carrasco y por los sugestivos textos de Daniel Monedero. Pese a que se trata de una tienda, ésta no vende los engendros, sino que a través de las estampas dibujadas y de las estampas escritas se exhiben tal si se tratara de las vitrinas de un expendio, de una tienda de feria, quizá adjunta a algún circo nómada, donde se expone la niña sapa, el hombre elefante, el cara de pata, la mujer gorda y barbada, el niño de tres cabezas, la gladicroqueta, el tufi, el frijol, la güevarita, el salchichita y otros monstruos por el estilo. De modo que la voz cantante lo anuncia así en la marquesina de la portada y lo reitera en el primer texto: “¡Bienvenidos, damas y caballeros, niños y niñas, perros y gatos, unicornios y centauros, mesas y sillas, ángeles y demonios, a la única, a la sin par, a la fabulosa Tienda de Animales del Señor Larsen! Pasen y comprueben que ésta no es una tienda como las demás, pues ni siquiera tiene animales que mostrar. En ella se exhiben increíbles seres, pero no, no se equivoquen, porque no están en venta. Más que una tienda, es un museo, un catálogo vivo de personajes fantásticos que existen en realidad. Los Animalhombres son una curiosa mezcla de animal y de hombre o de hombre y animal, según como se quiera mirar. El señor Larsen viajó durante años para encontrar una ejemplar de cada especie. Cuando consiguió reunirlos a todos abrió este singular espacio donde se pueden ver tan increíbles seres. Y acompañan a estos extraordinarios especímenes algunos Animajetos, que no son animales con mucho jeto, sino una mezcla de animales y objetos. Abrir la puerta de la Tienda de Animales del Señor Larsen es entrar en un mundo totalmente diferente y sin igual. Pasen y vean, disfruten del maravilloso espectáculo único en el mundo mundial. Están invitados a entrar sin llamar, y no hace falta que les diga que el acceso con animales está totalmente permitido.”
(CIDCLI, Querétaro, abril de 2010)
Tiraje: 3,000 ejemplares
Por lo que se dice, se infiere que el señor Larsen le dio la vuelta al mundo en mil y un safaris para cazar los ejemplares de su tienda. Tal viajero e insaciable explorador evoca a otro viajero e insaciable explorador (ambos de visos decimonónicos), cuyas pesquisas, también acuñadas para el público infantil, se muestran en su propio catálogo: el Animalario Universal del Profesor Revillod. Almanaque ilustrado de la fauna mundial (FCE, 2003), con ilustraciones en blanco y negro de Javier Sáenz Castán y textos de Miguel Murugarren. En este caso, el niño lector (que por antonomasia es un niño poeta, dibujante y músico), al hojear tal “Joya bibliográfica de la zootecnia moderna”, puede ver las dibujadas y cambiantes estampas de “4096 fieras diferentes”; y al observar y escudriñar la combinación y permutación de sus maravillosas y fantásticas formas, va deletreando el nombre del ejemplar y el sitio del globo terráqueo donde se localiza.
(FCE, 3ra. reimpresión, México, 2006)
Tiraje: 14,700 ejemplares
Comatuna
(
Productivo mamífero de vida subterránea de ambientes malsanos)
En medio de la proliferación de la web, del photoshop, de los juegos en el iPhone y en el iPad, y de los iBooks, el Animalario Universal del Profesor Revillod (14,700 ejemplares en la 3ª reimpresión de 2006) y La tienda de animalhombres del señor Larsen (3,000 ejemplares tirados en abril de 2010) son un par de divertimentos, de libros-juego para niños cuadernícolas, esa plaga de traviesos y alharaquientos bichos, aún sin peligro de extinción, que, con sólo un lápiz (o un conjunto de colores) y un cuaderno, gustan rayonear, dibujar y escribir casi sin pensarlo, incluso sobre la pared o sobre un mueble que pase por allí. Hay quien dice que en el total conjunto de tales garabatos en movimiento subyace, inescrutable e inasible, el secreto demiurgo de la Creación Universal. 
En La tienda de animalhombres del señor Larsen se habla de la taxonomía, de la vida y la conducta de 19 ejemplares, cada uno recamado en su estampa y por una o varias viñetas: “El hombrecebra”, “Las jiraféminas”, “El gallohombre”, “El ruiseñor”, “El calamar de las palabras (en su tinta)”, “El garrapato”, “El dalmatarte”, “El hombresalmón”, “El lorohombre”, “El caracol (de ciudad)”, “El cobrador”, “El gorila (de discoteca)”, “La vacamundi”, “El colibrito de versos”, “El monociclo”, “La elefantetera”, “El camactorleón” y “El Pérez Oso”.
El ajolote (1944)
Ilustración: Gabriel Fernández Ledesma
Editado en 1944 por la SEP, el pintor y grabador Gabriel Fernández Ledesma, con el formato y el diseño de un cuaderno escolar, concibió un Álbum de animales mexicanos (en 1991 Ediciones Toledo, a través del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, hizo una edición facsimilar). Cada uno de sus 18 breves textos figura con una ilustración a color (“dibujos al temple sobre papel”) realizada como si fuera la estampa de un grabado en madera. En La tienda de animalhombres del señor Larsen, si bien las estampas fueron impresas a color, Aitana Carrasco hizo los dibujos centrales en blanco y negro, varios como si fueran collages, y por ende evocan los collages de Max Ernst y ciertos cadáveres exquisitos de factura surrealista, hechos en grupo o en solitario con recortes de revistas sobre papel. 
Homo Rodans (1959)
Obra de Remedios Varo construida con
huesos de pollo y pavo y raspas
de pescado y alambre
Y a propósito de surrealistas, Remedios Varo, que también hizo collages sobre papel, tiene dibujos y pinturas pobladas de seres fantásticos que en lugar de piernas tienen una rueda (alguna vez, burlándose y peyorativo, Luis Cardoza y Aragón dijo que “Aun en los mejores cuadros es inminente la aparición de Blanca Nieves”), e incluso una pequeña escultura: el Homo Rodans (1959), la estructura ósea de un supuesto homúnculo de esa índole, construida con “huesos de pollo, pavo y espinas de pescado”, vinculada a su libro de artista: De Homo Rodans (1959), urdido con el auxilio del médico Jan Somolinos (quien en 1965, con el sello de Calli-Nova, prologó un limitado tiraje facsimilar del manuscrito de Remedios Varo, reeditado en 1970), donde parodia a un apócrifo científico y explorador alemán que lo firma: Hälickcio von Fuhrängschmidt. Viene a cuento esto porque el dibujo de “El monociclo” (un mono que en vez de piernas tiene una rueda) recuerda al Homo Rodans y a los susodichos seres fantásticos de varios cuadros y dibujos de Remedios Varo, donde, en vez de piernas, tienen una rueda.
El monociclo
Ilustración: Aitana Carrasco
Ramón Gómez de la Serna, precursor de los ismos y de las vanguardias en España, fue el heresiarca que entre 1914 y 1936 oficiaba en la tertulia del Café Pombo de Madrid; en La tienda de animalhombres del señor Larsen es citado al inicio de “La elefantetera”: “La primera referencia de la Elefantetera aparece en una de las greguerías del escritor Ramón Gómez de la Serna, que dice: ‘El elefante es la enorme tetera del bosque’”; y tácito e implícito en “La vacamundi”, pues Ramón tiene una greguería que se lee en Zoológico de greguerías (El Naranjo, 2005) —antología de Agustín Jiménez, con dibujitos y viñetas de Aleida Ocegueda, dirigida a la dispersa horda de niños cuadernícolas— que a la letra dice: “Las vacas aprenden geografía mirándose unas a otras sus manchas blancas y negras”. En este sentido, además de que el dibujo de la estampa que acompaña a “La vacamundi” hace evidente que las manchas de tales ejemplares son los consabidos mapamundis del tercer planeta del Sistema Solar, el texto revela la ancestral antigüedad: 
“La Vacamundi es el antecesor directo del Mapamundi. Surgieron hace cientos de años, antes de las vacas y como las conocemos en la actualidad. Como todas las regiones del mundo están representadas en su piel, los pueblos antiguos las utilizaban para conocer los caminos que tenían que seguir. Lo mejor es que a este práctico Animajeto le encanta ver las noticias y estar siempre al día en los temas políticos y sociales, por lo que si un país se independiza de otro, las manchas de la Vacamundi también se separan.
“Hoy en día, sólo quedan unos pocos ejemplares disponibles. Uno de ellos pertenece al Señor Larsen, quien mira melancólico a su Vacamundi, recordando los maravillosos lugares en los que ha estado y anhelando los que le quedan por explorar. Otro de los ejemplares está en el museo de la Sociedad Geográfica de Londres. Y junto a él hay un documento que corresponde a un capítulo perdido de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. En ese capítulo se cuenta cómo Phileas Fogg estudió la piel de la Vacamundi para su vuelta al mundo. Por lo visto el Señor Verne omitió ese capítulo en la versión final del libro por parecerle demasiado fantástico y poco creíble.”
El texto que cierra el libro invita al pequeño lector-dibujante a imaginarse las características antropomórficas del escurridizo y nunca visto señor Larsen. Pero en general cada texto, con su estampa, invita a visualizar las peculiaridades del ejemplar y sus andanzas. La ilustración de “El colibrito de versos” muestra que es un ave diminuta cuyas alas son las hojas de un libro y su primer párrafo canta: 
El colibrito de versos
Ilustración: Aitana Carrasco
“El Colibrito de Versos es el Animajeto más bello que existe. Vuela con sus versos por el cielo y si uno los lee, vuela con ellos. Hay Colibritos de Luis Cernuda, de Pablo Neruda y del resto de grandes poetas. El Colibrito de Versos tiene un plumaje de colores variados y brillantes, y se alimenta del néctar de las flores y del pegamento de los libros. Gracias a la rápida vibración de sus páginas puede estar suspendido en el aire durante mucho tiempo. De ese modo facilita que pueda uno cogerlo y leer algunos de los versos que contiene. Pero una vez leídas sus páginas, hay que volver a soltarlo para que se vaya volando, pues los versos tienen que ir corriendo de mano en mano, porque son de todos, pero no son de nadie. Yo mismo he sido testigo de cómo varios ejemplares en cautividad han ido marchitándose en sus jaulas: la tinta de sus versos se va secando, sus páginas-alas se olvidan de volar y pierden su maravilloso canto.”
     Poniéndose a elegir (es otro juego), el mejor texto, con su estampa y sus viñetas, parece ser “El calamar de las palabras (en su tinta)”:
El calamar de las palabras (en su tinta)
Ilustración: Aitana Carrasco
“Cada ejemplar de Calamar de las Palabras (en su Tinta) tiene un número de tentáculos, dependiendo de la cantidad de tinta que fluya por sus venas. Cada uno de estos brazos crea una obra de estilo diferente. Con uno escribe novelas de aventuras, con otro poesía surrealista, con otro teatro de títeres, y con los demás cuentos fantásticos, libros infantiles, bestiarios y así hasta que se queda sin tentáculos.
“El Calamar de las Palabras (en su Tinta) vive hasta que se agota la tinta de su cuerpo. Y cuando llega ese día fatídico, con la última gota que derrama escribe la palabra ‘Fin’, en caso de que sea ateo. En cambio, si cree en la vida eterna escribirá con su último cartucho de tinta ‘Continuará...’
“Por desgracia, estos seres de corazón de tintero están en extinción, pues su labor con las palabras dicen que está pasada de moda, debido al éxito que tienen las imágenes. Pero yo creo que mientras quede un ser de veinte brazos sobre la tierra que escriba un poema, existirá otro con veinte ojos que lo lea.
“(Ojalá yo fuese un Calamar de las Palabras, tuviera ocho brazos y pudiese escribir todo este libro de un tirón. Así tendría tiempo para jugar con la nieve y cantar canciones en mi balcón).”

La tienda de animalhombres del señor Larsen. Textos de Daniel Monedero. Diseño, estampas y viñetas a color de Aitana Carrasco. CIDCLI. Querétaro, 2010. S/n de p.


lunes, 26 de marzo de 2018

Así en la Tierra como en el Cielo



  El gabinete de la doctora Polidori
(Sombras suele vestir de bulto bello)
                       
Así en la Tierra como en el Cielo, 1991-1992.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con intervención manual,
collage, terciopelo, tijeras, hierro, madera y vidrio.
Díptico (127.8 x 61.5 cm)
Fragmentum es el título de la serie de fotos construidas de Ambra Polidori (México, 1954) que se vieron, en 1994, en la Galería Nina Menocal de la Ciudad de México. En tales fotos en blanco y negro, a veces coloreadas a mano en algún punto, descuellan los encuadres de fragmentos de cuerpos desnudos y de esculturas grecorromanas con detalles derruidos, y, particularmente, el diálogo visual implícito en su colocación alterna, fragmentaria e intercalada en una misma imagen. Cada una tiene dos fechas: en un ángulo: “IV a. C.”, y en el contrapuesto: “1993” o “1994”; dos márgenes temporales que inciden en las posibles interpretaciones. Así, tales fotos parecen decir que en la eterna y simultánea fragmentación y yuxtaposición del instante hay un continuo, un eterno poema de formas corporales y texturas, siempre inextricable, en el que comulgan la carne y la piedra, Eros y Thánatos, el tiempo terrestre y el tiempo cósmico, el tiempo finito y el tiempo infinito, lo esculpido por la naturaleza y la escultura hecha por el hombre seducido por la desnudez natural y su representación naturalista y clásica (polvo serán, mas polvo no siempre enamorado, se colige parafraseando en palimpsesto a Góngora). 
Fragmentum, 1993
(Políptico, técnica mixta)
Una antología de la serie Fragmentum fue de los 326 trabajos que participaron, en 1993, en la VI Bienal de Fotografía convocada por el INBA y el CONACULTA, certamen en el que Ambra Polidori ganó una de las siete menciones honoríficas (las otras las obtuvieron Laura Anderson, Marco Antonio Cruz, Raúl Ortega, José Raúl Pérez, Gustavo Prado y Vida Yovanovich).
Algunas fotos de Fragmentum aparecieron en el suplemento sábado 888 (octubre 8 de 1994), número en el que también figuró una entrevista que Gonzalo Vélez le hizo a Ambra Polidori, precisamente sobre tal serie y su exposición en la Galería Nina Menocal, más el artículo que sobre la misma muestra escribió el mismo crítico y narrador. 
Fragmentum, además, es el nombre de un libro de artista, editado en 1994, “con un ensayo en español e inglés de Giuliana Scimé y una fotografía en blanco y negro coloreada a mano, impresa, numerada y firmada por A. Polidori en estuche hecho a mano. Edición limitada de 40 ejemplares sobre papel Hahnemühle impresa por Sintesi en Maingraf, Milán, Italia”. Es decir, es un libro-objeto, inaccesible para los simples mortales de a pie y con agujeros en los bolsillos. 
Ambra Polidori
Algo más o menos semejante ocurrió con Así en la Tierra como en el Cielo, serie exhibida en el Museo Universitario del Chopo, en la Ciudad de México, durante diciembre de 1994 y enero de 1995. Cada una de las XIII piezas homónimas que la integran es una obra única (varias son dípticos y polípticos), sólo adquiribles por coleccionistas, marchantes, galerías y museos. En este sentido, tal si se tratara de una serie de postales parecidas a las que publicaba el Consejo Mexicano de Fotografía o Casa de las Imágenes, el simple mortal, si quiere y aunque no haya peregrinado hasta el Museo Universitario del Chopo, puede consolarse con la contemplación del homónimo libro-catálogo (mil ejemplares), el cual incluye la reproducción, a escala y a color, de las XIII piezas, más una imagen, también homónima, incluida a manera de viñeta inicial. La misma Ambra Polidori realizó el diseño gráfico; y ella y Lourdes Almeida hicieron la fotografía de las obras.
      La elaboración de las piezas que se reproducen a color en el libro-catálogo Así en la Tierra como en el Cielo (23 x 25.9 cm) se ubica entre 1980 y 1994. Es decir, algunas señalan un solo año: la I es de 1993, por ejemplo; pero otras enuncian dos; la IV lo indica así: 1984-1990. 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro y color con intervención manual,
objetos varios, madera y vidrio.
Díptico (112 x 144.2 cm)
Su particularidad de únicas estriba en que las piezas originales son obras construidas, con técnica mixta y gran formato. En este sentido, se aprecia la estampa de una fotolitografía en cuya factura la artista usó hierro, madera y vidrio. Así, en las imágenes de los fotomontajes y ensamblajes (dípticos, trípticos, polípticos) suele observarse una o más fotografías en blanco y negro, la mayor de las veces intervenidas con color manual; pero además su composición original abarca otros objetos y materiales, como tela, hierro, collage, madera, vidrio, terciopelo, plomo, óleo y hoja de oro, y otros componentes. 
Es decir, el volumen, las dimensiones, las mixturas, las texturas y los minúsculos matices y detalles, no pueden apreciarse ni disfrutarse debidamente en las planas y diminutas reproducciones del presente libro-catálogo, en cuya portada, con fondo negro y sobre las letras amarillas del nombre de la artista, se aprecian dos pies desnudos (de hombre o de escultura, uno sobre otro y con tonos y pátina en sepia), que parafrasean el arquetipo de los pies desnudos de Jesús en la cruz.
Así en la Tierra como en el Cielo (1994)
Portada del libro-catálogo editado por el Museo Universitario del Chopo
       Tal vez algún lector del extinto y revulsivo sábado (que dirigía y editaba Huberto Batis en el periódico unomásuno) recuerde que el número 848 (enero 1 de 1994) fue ilustrado con imágenes de Ambra Polidori, cuyos pies de foto rezan: Performance Nuditas Virtualis. La fotografía que aparece en la página uno fue integrada a la pieza III de Así en la Tierra como en el Cielo: un hombre y una mujer desnudos, él negro, ella blanca, en inequívoca postura y reminiscencia edénica. Es decir, en su marmórea perfección naturalista y clásica, de tentadores cuerpos de pecado y alegoría de todas las razas y mestizajes habidos y por haber, configuran, otra vez, a Adán y a Eva al pie del ancestral y mítico Árbol del Conocimiento (que está y no está, pues los rodea un fondo negro enmarcado en madera). Son el arquetipo de la inescrutable y eterna dualidad biológica de la estirpe humana ante el erótico goce del fruto prohibido, ineludible, por los siglos de los siglos, para que así se cumpla la regeneración de los ciclos de su fatalidad y gracia terrenal. Lo cual evoca, por libre asociación, un proverbio o adagio de Juan José Arreola (1918-2001) que se lee en Bestiario (UNAM, 1959): “Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja.”
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993-1994.
Fotografía. Hierro, madera y Vidrio.
(89 x 121.5 cm)
Esto no es fortuito. Así en la Tierra como en el Cielo es una desacralización más (lúdica, reflexiva, poética) de ciertos consabidos iconos religiosos de la cristiandad, específicamente de los que adora, publicita y comercializa el dogma católico (con sus tradiciones, ritos, cantos y rezos). En este sentido, la serie resulta un minúsculo y contrapunto en sordina, casi monocorde y atonal, ante el gigantesco devenir que traza la perpetua fragmentación y yuxtaposición del catolicismo y su constante e ineludible disolución histórica y cósmica.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993-1994.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, terciopelo, hierro, madera y vidrio.
(133 x 66 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1987-1993.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro, hierro, madera y vidrio.
(74 x 141 cm)
       Ciertas obras de arte (no sólo religiosas), implican o provocan un acto contemplativo, de recogimiento, de comunión con uno mismo y con el convulso e insondable todo. Esto puede ser, simple y llanamente, un acto de fe o un estadio catártico, de sinestesia, que puede negar o bloquear o impedir la divagación de la conciencia por los linderos del raciocinio. El que contempla, remite lo que ve al inconsciente, quizá divague con cierta libre asociación (cognitiva o no); o tal vez, con celeridad, no se pregunte ni trate de indagar qué es lo que lo seduce o hechiza ante determinada obra, cuyo simbolismo y cualidades intrínsecas puede no comprender ni dilucidar del todo. Esto suele ocurrir frente a la pintura abstracta e incluso ante el críptico barroco religioso. Y puede suceder ante las piezas de Así en la Tierra como en el Cielo, y no sólo porque algunos de sus detalles son abstractos y surrealistas, sino también porque sus cifras y símbolos implican diversas analogías y todo un abanico de significados, lo cual, en mayor medida, codifica y descodifica el inconsciente, la imaginación y el pensamiento de cada quien.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1990.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, plumas, hierro, madera y vidrio.
(118 x 128.5 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1990.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, hierro, madera y vidrio.
(124 x 130.6 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1991-1992.
Fotografías en blanco y negro con intervención de color
manual, tela, hierro, madera y vidrio.
Díptico (111.5 x 131.8 cm)
       La dualidad erótica es una constante en estas obras de Ambra Polidori: niño/niña, hombre/mujer, vida/muerte/ sueño/vigilia, cuya apoteosis la constituye una paráfrasis de la cruz y el crucificado. La pieza XI es, precisamente, una cruz trazada por un políptico espaciado, es decir, por seis fotografías que la conforman, cada una de las cuales argumenta el yuxtapuesto y deconstruido fragmento de un cuerpo en la cruz; por ejemplo, en la foto de los pies la postura es semejante al modo como por antonomasia se representan los pies clavados de Jesús. Pero los detalles que aluden la dualidad implican un cuerpo andrógino (o llanamente: la fragmentación de ambos géneros que comulgan en un solo cuerpo: el de la representación de Cristo): en la foto superior se ve el rostro de un hombre con barba y los ojos cerrados, cuya cabeza caída parafrasea a la de Jesús ya muerto o martirizado en la cruz; y debajo de ésta se observa la imagen de unos pechos femeninos y bajo ésta la foto del sexo cubierto de un hombre velludo.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1994.
Fotografías en blanco y negro, hierro, madera y vidrio.
Políptico (220 x 220 cm)
     Una pintura, un filme, una escultura, una foto o un poema visual, puede ser, a priori, un sueño pintado, filmado, esculpido, fotografiado o escrito, ya sea que el artista parta o no de la evocación de un sueño, o porque realice la representación imaginaria o simbólica de uno e incluso del flujo onírico. Sin duda, ab origine y con la voz de Góngora: “El sueño, (autor de representaciones),/ En su teatro, sobre el viento armado,/ Sombras suele vestir de bulto bello.” 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1993.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, tela, hierro, madera y vidrio.
(106.5 x 100.3)
En este sentido, en Así en la Tierra como en el Cielo, al unísono de la dualidad cósmica y del consubstancial erotismo, el sueño y la pesadilla son elementos esenciales de la construcción figurativa. Tanto las imágenes con los modelos con los ojos cerrados, cubiertos o en posturas durmientes o mortuorias, e incluso los que los tienen abiertos, evocan o remiten a diferentes tipos de sueño, cuya lectura implica detenerse a escudriñar e hilar minucia tras minucia onírica. 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1994.
Ensamblaje. Fotografía en blanco y negro
plomo, hierro, madera y vidrio.
(129 x 87 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1990-1993.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con color
manual, tela, hierro, madera y vidrio.
Díptico (138 x 131 cm)
Quizá no es aventurado decir que cada imagen que se observa en el presente libro-catálogo es un sueño construido.


Ambra Polidori, Así en la Tierra como en el Cielo. Iconografía a color. Ensayos de Néstor A. Braunstein y Osvaldo Sánchez. Aforismos de Eligio Calderón. Edición bilingüe. Traducción del español al inglés de Sara Silver. Museo Universitario del Chopo. México, 1994. 48 pp.



Por si las moscas



Entre soplos y soplidos: galas del juglar                     

El escritor Hernán Lavín Cerda (Santiago de Chile, 1939) es una mezcla de hereje, sátiro, juglar y bufón. Para confirmarlo, baste leer su plaquette Por si las moscas (1992), desprendible número 13 de la extinta colección Margen de Poesía editada por la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Hernán Lavín Cerda
       Hernán Lavín Cerda entiende la poesía como una respiración de voces en la que se conjugan y amalgaman voces antiguas y presentes, múltiples y contradictorias, conscientes e inconscientes. Es por ello que una de las particularidades humorísticas de Galas del trovar (el subtítulo del poemario) es el eco, pero también lo es el desdoblamiento. El trovador pulsa el laúd de voces, emite su voz con tesituras que son y no son la suya, y, “por si las moscas”, dadas sus supuestas blasfemias, imprudencias y lujurias, dizque intenta “escribir con tinta invisible”. 
(UAM, 1992)
       La voz esencial, obviamente, es la del juglar. Suyo es el sentido eufónico, suyas son las humoradas, lo revulsivo, la ventriloquia, las sátiras y las anécdotas. Es él quien rubrica el proemio: esa “Alabanza de la respiración” que inaugura la plaquette, abre el círculo vicioso, traza una espiral a través de las páginas, y lo cierra con una “confesión” y un aforismo que lo signa y exime casi de toda culpa y de todo pecado: 


Eres voluntariamente ocioso:
casi fuiste un Santo.


Hernán Lavín Cerda
      Puesto que la idea de Dios, la mitología e imaginería de los Libros Sagrados (formas de la literatura fantástica, Borges dixit) y el poder del cristianismo permean el comportamiento y el curso de la vida social, política, económica y cultural, una serie de sardónicas caricaturas (reflexivas, pero al fin caricaturas) sobre tales tópicos, no dejan de ser corrosivas y sacrílegas para quienes de buena (y de mala fe) comulgan y ofician con dichas creencias (no obstante que la irreverencia resulta inocua, dados los mil 700 ejemplares de la remota edición, otrora circunscrita a algunas librerías chilangas y a unos cuantos subterráneos lectores que los rescataron de por allí, si bien le fue a la revista universitaria que incluía la desprendible plaquette y si es que al lector que la adquirió le interesa la poesía, género no muy leído y muchas veces subestimado a imagen y semejanza del patito feo de la literatura). Una de las bromas, por ejemplo, alude a Nonata Pedroso, quien sostiene con orgullo, sin ningún rubor y con cierto tinte lautréamontniano (por aquello del “encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección” que tanto celebraron los surrealistas, pregoneros del automatismo psíquico y de la libre asociación): 

Aunque ustedes no lo crean, juro que tuve relaciones
con el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo 
sobre el bramadero de una cama ortopédica
[...]
El me besó tres veces, dijo no te apresures, éste es el fin. 
Yo le mordí los labios, tres veces, la trinidad en sus labios,
pero no tuve el valor para decirle tu boca es mía, sólo mía.


      Sin embargo, coexistiendo con el hereje que parece exigir a gritos la condenación eterna en las llamas del Infierno y como suele dictar el lugar común, en el fondo de todo crítico de los mitos, supersticiones y tradiciones religiosas, transpira encerrado o encadenado un moralista. Un moralista libre de atavismos y prejuicios que se coloca los dedos de la siniestra en la frente y a sí mismo se diagnostica: “La satiriasis te hizo perder la razón: tu cerebro es un strip-tease permanente”. Pero ante todo se trata de un poeta sin pelos en la lengua, de un fabulador que se divierte al tañer las cuerdas vocales, ya al dibujar fantasías, voces y escenas que puntualizan vestigios antediluvianos y ancestrales. En “La maldición”, por ejemplo, se da cuenta del “lobo que recibió una maldición desde el cielo”, “se convirtió en la más hermosa criatura humana”, la cual, “como si recién hubiera comenzado la Edad de las Cavernas”, “se dedicó a cultivar el crimen y el canibalismo”.
       Cierta nostalgia en la olla, una pizca de sorna y algo de espolvoreada melancolía ante la figura imposible y nunca vista de Dios, ante lo Eterno, frente al llevado y traído Edén, las manzanas desnudas, la viperina y colmilluda mazacuata prieta enredada en el tronco del Árbol del Conocimiento y la Eva sin la hoja de parra, luciendo por completo, y por lo siglos de los siglos, su tentador cuerpo de pecado.
Mas por lo pronto, vapuleada por la ausencia del Único y su consubstancial e inextricable y ancestral silencio, la especie de las religiosas costumbres sigue, como San Francisco de Asís, abandonada “sobre las nieves del Universo”. Es decir, todo parece indicar que la creación universal, la vida y la muerte no dejarán de ser un inescrutable enigma mientras el conglomerado de las más o menos razonables hordas no extravíe por completo su razón no siempre pura. Y mientras ya concluido el milenio (con su cauda de augurios milenaristas), el fin de siglo (con su cauda de presagios finiseculares), y en tanto se sigue tardando el cordero que limpia los pecados del mundo, el ocioso, desocupado e hipócrita lector, nomás “para no aburrirse mientras se acaba el mundo” (así rezan en coro y vestidos de monaguillos ciertos catastrofistas que ofician en las catacumbas de la historia), puede castrar al diocesillo Cronos leyendo Por si las moscas, si es que le da su regalada gana.
Hernán Lavín Cerda
       Entre las voces que confluyen en estas juglarescas páginas figura la del “Beato de Liébana”, monje que vive escondido desde el siglo VIII “en una de las celdas de Santo Toribio de Liébana”, obstinado en fabricar láminas policromadas, que incluso llegó a leer un ejemplar de El nombre de la rosa (novela donde también “el nombre es arquetipo de la cosa” y por ende, dicta el juego palimpséstico, en las letras de risa está la risa, alguna vez prohibida en el siglo XIII en una escarpada abadía benedictina del norte de Italia (por dizque lépera, alharaquienta, gesticulante, irrespetuosa y transgresora), pero que no obstante albergaba la biblioteca más rica de la cristiandad de la época, según se narra en el libro de Umberto Eco y como bien no lo supo el ciego, obtuso y siniestro bibliotecario e inquisidor Jorge de Burgos). La del casto onanista (como por antonomasia también lo es el mórbido fabulador de “La ceremonia” y Nonata Pedroso “que sólo se masturba pensando en Dios”) quien a sí mismo se dice: 

Noche a noche, bailo desnudo, lento, semidesnudo 
y soy adamita en la tonsura que brilla como una hostia: 
me voy de poligamia intelectual, el sueño es cómplice,
           [...] 
Noche a noche, bailando, sólo bailando, soy adamita 
en el prepucio, el más viejo 
y más joven de los prepucios, el circunciso con algo de humor.

     Definitivamente, Por si las moscas sirve para reírse el sábado de Gloria (la del barrio), el domingo (de ramos o sin ramos) y durante toda la semana no siempre santa. 
Y si algunas de las caricaturas de Hernán Lavín Cerda son tan reflexivas como sardónicas y satíricas, también hay poemas, con la misma satiriasis, en los que predomina la humorada, lo absurdo, el juego rítmico, la vil fantasía (“Elogio de la virginidad”, “Canción para una bella dama”, “Peluquerías”, “Música de Cámara”, por nombrar varios).
      Se puede concluir la nota (si el lector lo permite y si por razones de peste bufónica no se irrita con el chistorete y la especular nomenclatura escatológica) leyendo la “Brevísima descripción del ser humano” (toda semejanza por el estilo es un fenómeno insólito, una caprichosa e impostergable coincidencia): 

Un poco de excremento, 
tal vez una sonrisa, un sueño muy antiguo 

           y otro poco de excremento
y otro poco, venid a mí, de excremento:

la santidad, la santidad, sólo la santidad 
y a veces la locura, aquel sueño tan ambiguo 
y otro poco de excremento, bienaventurado 
el que ya viene, y otro poco de excremento.



Hernán Lavín Cerda, Por si las moscas. Galas del trovar. Serie Margen de Poesía (13), revista Casa del tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana. México, 1992. 72 pp.


El bosque de la serpiente



Nostalgia de la unidad primordial

El polígrafo Andrés de Luna (Tampico, 1955) era el marisabidillo del erotismo que en el extinto suplemento sábado (bajo la dirección de Huberto Batis) firmaba su columna Eros con el translúcido pseudónimo de Andreas der Mond. 

Andreas der Mond hojeando un sábado,
extinto suplemento del periódico mexicano unomásuno.
Foto de Huberto Batis, autor de Estética de lo obsceno

(y otras exploraciones pornotópicas) (UAEM, 1983)
        En 1992 la Editorial Grijalbo le publicó Erótica, la otra orilla del deseo, misceláneo libro de ensayos signado por tal erudición y lascivia, profusamente ilustrado en blanco y negro, que incluye Lapsus linguae, poema suyo donde celebra a ese “amado delirio” que es el ojo del trasero de una fémina con un tentador cuerpo de pecado. 


Andrés de Luna hojeando su libro Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
Foto: Norma Patiño
  Para El bosque de la serpiente (Tusquets, 1998) optó por el cuento breve, cuyo conjunto, de 43 ejemplares, “fue finalista en el XIX Premio Internacional de Literatura Erótica La sonrisa vertical en 1996”.

El principal tufillo y afrodisiaco leitmotiv que permea buena parte de las variantes de este festín de Eros que oscila (con diversos matices e intensidades) entre lo sacro y lo perverso, es el hecho de que el hereje hace actuar en sus fantasías eróticas a una serie de sonoros nombres de rutilantes personajes de la literatura, el cine, las artes plásticas, la filosofía, la farándula, la música, el poder y la historia; por ejemplo, Adán y Eva, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Greta Garbo, Miguel Ángel, William Blake, Gala y Salvador Dalí, la esposa de Paul Bowles y Henry Miller, José Rubén Romero, María Cristina de Nápoles, Catalina II de Rusia y Denis Diderot, Ava Gardner y Robert Graves, Vicent Van Gogh, Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin, Johann Wolfgang Goethe, Adolf Hitler, Aldous Huxley, Joris-Karl Huysmans, James Joyce, Clark Gable, Bona y André Pieyre de Mandiargues, Pier Paolo Pasolini, Elvis Presley, Nastassja Kinski y Roman Polanski, Pierre Klossowski y Balthus, Tamara de Lempicka, Carlos VII de Francia, Peter O’Toole, Richard Wagner, el Marqués de Sade, Anthony Burgess, y otros más.


(Tusquets, México, 1998)
Ilustración de la portada: detalle de
La batalla del amor (c. 1880), lienzo de Paul Cézanne 
    Para sumergirse en tales páginas, hay que tener una visión muy distante de la mirada estrábica de un rancio y mocho señorito de la Liga de la Decencia; es decir, hay que poseer una mente libre y libertina para disfrutar (o por lo menos para leer) y corporificar en cuarta dimensión las lúbricas escenas que Andrés de Luna imagina en sus secuencias (no siempre narradas con óptima seducción), incluso aquellas que se ubican en el extremo de lo transgresor, repugnante, revulsivo y depravado, como es el caso de Hitler, cuyo vicio estriba en aspirar la fetidez de la mierda y en que la prostituta de turno defeque en su pecho (el clímax para él); o el caso del cineasta Pasolini, pasando vista, nariz y mano por una caterva de sucios, analfabetas y apestosos muchachitos árabes y luego dándose vida al succionar tres falos en una sesión; o el caso del príncipe Stefan de Serbia, abandonándose a un casual y frenético encuentro con otros dos mariquitas en una letrina de los baños del Sanborns del Ángel; o el del faraón Ferón, buscando, a través de mil y una mujeres que suelen hacer pipí sobre sus ojos ciegos, la esposa fiel cuya orina (“miel sagrada”, “espuma celestial”) le devuelva la perdida vista; o el de varios ayuntamientos lésbicos (más un macho cabrío), sodomías, bestialismos y orgías grupales.

Una ondulante Sherezada y Borges

Foto en Borges-Bioy. Confesiones, confesiones (Sudamericana, 2ª ed., Buenos Aires, 1998),
crónicas, relatos, entrevistas e iconografía de Rodolfo Braceli. Su pie de foto reza:
Comienzo de la década del 80, Jorge Luis Borges, odalisca mediante, 
en una noche para agregar a las Mil y Una...


       “Todos los hombres son el mismo hombre”, dijo Borges, quien en 1978, según consigna Emir Rodríguez Monegal en la cronología de Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, México, 1985) —con “Edición, introducción, prólogos y notas” del crítico y biógrafo uruguayo, ganó “un segundo premio de un concurso de cuentos organizado por la revista Playboy: 500 dólares y una conejita de mascota”. Y tal ancestral prerrogativa parece cumplirse al pie de la letra cuando el hereje traza diversos enlazamientos profanos y frívolos. Pero también (o quizá sobre todo) al comparar el placer de los sentidos con la ambrosía o con la panacea universal; o la comunión sexual con el Paraíso o con una prueba de éste y por ende de la inapelable existencia de Dios. 
Así, el carácter sacro y ritual de la vivencia erótica puede implicar una revelación o constatación del Espíritu. 
William Blake, desnudo con su pareja en “el pequeño edén del patio” donde lee El Paraíso perdido de John Milton, piensa que los deleites de la carne son una bendición de Dios (“Lo demás es misterio y eso es parte de la sabiduría del Creador”). 
Algo semejante concibe y repite el alcohólico príncipe Christian VII ante el sexo de Lise, “la hetaira de alabastro”, “uno de los dones que Dios había concedido a Dinamarca”. “Beber de su entrepierna formaba parte de los hechos que transportaban al paraíso terrenal”, dice la voz narrativa. “¿Cómo puede alguien tildar de locura al que ha emprendido el viaje a las regiones donde Dios nos hace partícipes de sus bondades, de su extrema bienaventuranza y, por qué no decirlo, de su entrañable amor por nosotros?” 
Y pese a que el retorcido James Joyce suele rendir culto a los vapores de la mierda y del ano de una mujer con magros cuidados higiénicos, el momento de hundir y mover la lengua en tal hoyuelo le brinda un goce con una plenitud parecida: “hoy besa con fruición este orificio y se abren las puertas del jardín del edén”. 

Emmanuelle Seigner
  Estadio no muy distinto del que vive la maquillista y rubia Paulette al chupar el maná de la vagina de Emmanuelle Seigner, la actriz de Luna amarga (1992), filme de Roman Polanski: “Todavía contraída y con el orgasmo a cuestas, Paulette se arrodilla y asume la adoración a la diosa, se interna en esta humedad cubierta de pelo castaño. Nunca había probado nada semejante, éste es el bálsamo de la vida; las mieles íntimas que curarían a los enfermos y darían vida a los moribundos: ambrosía pura.”

Así las cosas, el matiz sagrado y ceremonial de la comunión erótica entre un hombre y una mujer (una epifanía condenada a repetirse y a multiplicarse por los siglos de los siglos), está dicho y cantado en esa especie de heterodoxa rogativa, de oración-celebración (algo tiene de poema en prosa) que es “De su propia imagen dividida”, el cuento que preludia El bosque de la serpiente, que inicia puntualizando: “Nuestro es el jardín del paraíso, nuestra es la bienaventuranza ante aquello que nos inquieta. Señor, permítenos ser Adán y Eva, dulces habitantes que rehacen los caminos, observan el paso de la serpiente y la ignoran.” 
Homenaje a Balthus
Foto de Norma Patiño en Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
  Encarnando tales arquetipos primigenios y pletóricos de inocencia, pureza y sabiduría, no es difícil que una terrestre y efímera pareja sienta suyos algunos destellos, pese a que los convidados de piedra sean un dúo de feos, mortales, solitarios, enfermos, desahuciados, ateos y curtidos agnósticos: “Penetro en Eva y ella monta en mí para recibir los dones de mi virilidad que busca sus profundidades. La escucho gemir y ese sonido forma parte de la aurora que llega con el rubio sol estival. Arquea su cuerpo y siento una humedad que la moja y me perturba, anticipa nuestros goces comunes, me hace cerrar los ojos y vislumbrar este jardín que nos contiene y en el cual somos felices.” 


Jorge Luis Borges en 1968
Foto: Eduardo Comesaña
Ante tal visión y exultación se puede recordar la que Borges escribió en un pasaje de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuyo énfasis y sentido puede implicar cierta desnudez y el haber accedido a los misterios, al aroma y ambrosía de ciertas puertas celestiales: “En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí.”

      No obstante, entre las certidumbres que se refieren en el cuento de Andrés de Luna, no faltan los viejos y ancestrales interrogantes: “Nunca sabremos qué misterios están presentes en esta cópula de hoy, en este acto que repetimos con infinito agrado porque nos hace uno y nos duplica nuestro saber. Siento cómo nos observas en las alturas, o entre las rocas que rodean este jardín del paraíso. Nada debe cambiar, tú eres nuestro guía, el enamorado del mundo y el erudito que palpa la Creación para comunicárnosla. La siento como parte de mí y la comparto con Eva. Huelo sus deyecciones y nada sucio encuentro en esos restos; ella hace lo mismo conmigo, incluso desea que mi orina la bañe, que haga espuma sobre su ombligo y sobre sus pechos de pezones levantados.”
Pero como en distintos cuentos o variaciones los representantes del inconsciente colectivo evocan o remiten al Jardín del Paraíso y al placer edénico, se puede concluir la nota con un puñado de fragmentos de una entrevista de Braulio Peralta al Nobel mexicano —El poeta en su tierra: diálogos con Octavio Paz (Grijalbo, 1996)—, donde éste habla del mito del jardín: 

Octavio Paz y Marie-José

En Octavio Paz (Júcar, Barcelona, 1975), con ensayo,
antología e iconografía de Jorge Rodríguez Padrón.
“Sí, hay muchos y todos ellos son el mismo jardín: es el espacio de la revelación. El jardín es naturaleza, pero naturaleza transfigurada. El jardín es uno de los mitos más antiguos y aparece en todas las civilizaciones. Piense en el Jardín del Señor, en el Edén, en el Paraíso Terrenal. Es el reino perdido: la inocencia del primer día. El jardín simboliza la unidad primordial, fundada en el pacto entre todos los seres vivos. En el paraíso el agua habla y conversa con el árbol, con el viento, con los insectos. Todo se comunica, todo es transparente. El hombre es parte del todo. La ruptura del pacto, la expulsión del jardín, es el comienzo de la inmensa soledad cósmica: las cosas, desde los átomos a los astros, caen en sí mismas, en su realidad solitaria; los hombres caen en el abismo transparente de su conciencia sin fin... El jardín restaura, así sea parcial, provisionalmente, el pacto del principio, la unidad original de la pareja, la reconciliación con la totalidad cósmica.” 

“El jardín es el teatro de los juegos de la infancia y de los juegos pasionales del amor.” 
“La existencia de jardines en todas las civilizaciones y sociedades se explica, quizá, por la universalidad del deseo que satisface esa singular creación. Nostalgia de la unidad primordial entre el mundo humano y el mundo natural. Restaurar esa unidad, así sea precariamente, es entrever nuestra condición original.”



Andrés de Luna, El bosque de la serpiente. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores. México, 1998. 180 pp.

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Respuesta a Patricia Damiano (ver comentario).  Lo injuriante es aderezo tuyo. Tienes un punto de vista mojigato y nada lúdico, característico de una censora de la Vela Perpetua y de Liga de la Decencia. Supongo que, semejante al ciego bibliotecario Jorge de Burgos, catalogas la risa como prohibida, obscena y pecaminosa (no se diga el sexo y el erotismo) y que prefieres regocijarte con una foto de Borges al ser condecorado con la Gran Cruz de la Orden Bernardo O’Higgins, otorgada por Pinochet y los militares golpistas y genocidas, o en Buenos Aires dándole la mano al general Videla y luego diciendo: “He saludado a esa Junta de caballeros”.