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miércoles, 14 de marzo de 2018

Pueblo de Dios y de Mandinga



Tiempo de irás y no volverás


Stephen Hawking  in memoriam

Slim vivía en París. Allí, sumergido en un estado catatónico, tuvo una experiencia mística: a través de su cuerpo astral y navegando en la quinta dimensión, vio la destrucción del globo terráqueo: “era como si la tierra fuera un gigantesco tanque séptico, donde hervían y burbujeaban gases nocivos, mientras minúsculas figuras humanas trataban desesperadamente de salvarse agarrándose a balsas de excrementos o arrastrándose por islas de fango maloliente”. 

  Sólo con choques eléctricos el psiquiatra pudo regresarlo; y Slim, lo primero que le espetó a quemarropa fue: “Déjeme en paz”, “¿no se da cuenta que no tengo intención de regresar a este maldito mundo?” 
  Slim es medio científico y bibliófago del sufismo. Sigue pensando que la catástrofe planetaria está cerca, quizá secuela de una guerra termonuclear. Por ello en la Bibliothèque Nationale de París consulta libros de cosmología y geografía. Y luego de ciertos cálculos supone que el nuevo Polo Norte estará en el territorio de lo que todavía es Los Ángeles, California; y que la latitud de la ínsula de Mallorca, en las Islas Baleares, el nuevo Ecuador, asegura la sobrevivencia. 
  Esa es la demencial e insólita razón por la que Slim y Marcia, hace más o menos diez años, llegaron a Deyá, en la isla de Mallorca, el principal escenario de Pueblo de Dios y de Mandinga, novela breve de la escritora nicaragüense Claribel Alegría (Estelí, mayo 12 de 1924), publicada en México, en 1985, por Ediciones Era.
 
Claribel Alegría
        Son los años 70 del siglo XX. El dictador Francisco Franco no tarda en fallecer (muere a los 82 años el 20 de noviembre de 1975). Y Deyá, un pueblito plagado de cerros, con pocos vecinos y ancianos centenarios, está signado por las misteriosas fuerzas que oscilan en una especie de triángulo maldito o sagrado, según se vea: Deyá, Sóller y Fornalutx. Allí los muertos se aparecen y deambulan, los vivos pueden corporificar sus propios fantasmas, el espíritu de un muerto antediluviano puede surgir en el sueño de alguien y hablar con éste; hay videntes, iluminados, encantamientos, maleficios, conjuros, exorcismos, yoguis, gurús, quienes saltan y viajan a través del tiempo y los que buscan la piedra filosofal. 

En síntesis, ocurren y son posibles las cosas más extrañas y sorprendentes; y es por esto, se dice, que Deyá significa pueblo de Dios, pero también de Mandinga, es decir, del Diablo. 
   Tal novela de la narradora y poeta Claribel Alegría se desarrolla a través de fragmentos capitulares repletos de sucedidos extraordinarios: un cúmulo de fantásticos cuentos breves. Allí se dibujan los rasgos de una fauna numerosa en la que descuellan los personajes célebres: Raimundo Lulio y Robert Graves; pero los otros también tienen lo suyo.
       
(Era, México, 1985)
      Claribel Alegría, con dotes de maga y alquimista, escribió Pueblo de Dios y de Mandinga como lo sugiere la asonancia de su nombre: con claridad y alegría. Sus páginas atrapan y parecen poseer las palabras precisas, siempre en simbiosis con su visión lúdica, fantástica, a veces caricaturesca e incluso erudita. Sin embargo, como se vio al inicio de la nota, esto también implica una visión trágica, desencantada y catastrofista del hombre y su destino, que es un síndrome engendrado por la masiva destrucción causada durante la Segunda Guerra Mundial, pero también por otras guerras que ponen en entredicho la ética y el progreso de la civilización no sólo de Occidente: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil de España, e incluso la Guerra de Vietnam; y allí está la plaga de estrafalarios hippies para evidenciarlo con sus trillados slogans (tácitos en la obra) de “peace and love”, “haz el amor y no la guerra”, y con sus fantaseos comunales, escapismos y búsquedas misticoides por la India, iluminaciones en LSD y en otros alcaloides y yerbas. Es decir, tal síndrome implica las psicosis y las fobias individuales y colectivas que conjeturan la ineludible e inminente destrucción del mundo, lo que también es un eco deformado de antiguos milenarismos, predicciones apocalípticas y mitos del eterno retorno.

      Por el año 1274, Mahmet, un místico sufí, auxiliado por su discípulo Raimundo Lulio, entonces un humilde monje franciscano, hicieron una piedra filosofal, misma que se tragó a éste haciéndolo viajar por el tiempo. Antes de que Slim y Stephen localizaran la antiquísima piedra filosofal en el jardín de Robert Graves, Deyá es un pequeño, romántico e idílico paraíso terrenal: además de los nativos con genealogía muy antigua, quienes son los que preservan las viejas costumbres, los rituales, los mitos y supersticiones, reside allí una pequeña comunidad de advenedizos: intelectuales, filósofos, científicos, músicos, hippies atraídos por la onda de vibraciones, visionarios y otros bichos definidos por su trivialidad: el escritor de noveletas porno que organiza orgías y misas negras; o por su psicosis: la actriz jubilada y solitaria que todas las tardes se viste de largo para conversar con los amigos imaginarios de sus antiguas glorias hollywoodenses, y la veinteañera francesa que se dedica a curar las heridas del mundo colocando vendas sobre las grietas del asfalto. Todos conviven en santa paz, a imagen y semejanza de angelitos alados y mofletudos, pese a los crímenes, accidentes y maleficios que llegan a ocurrir. 
  Marcia fue una flower girl; ante su consubstancial misterio y femenina imantación, Robert Graves le revela su índole arcana y sobrenatural: ella es una hamadríade, es decir, una ninfa de los bosques, por lo que tiene su árbol y su inasible custodio: el espíritu de un arcaico shamán. Marcia, además, es un modelo de fiel compañera intelectual, que escribe su tesis y un montón de cuadernos que en conjunto son su diario: “cuaderno de pobladores autóctonos”, “cuaderno de antropología comparada”, “cuaderno de observaciones personales”, “cuaderno de leyendas locales”, “cuaderno de trabajo” y “cuaderno de residentes extranjeros”. 
   Slim, aparte de sus lecturas sufistas, dizque escribe la novela definitiva de Deyá, pese a que cabalísticamente durante siete años se haya empantanado en el capítulo tres. Como secuela de su pesadillesca experiencia mística en París, agudizada por el magnetismo de Deyá, vive atrapado en una onírica ventana abierta al fluir del tiempo; es decir, que sin que pueda controlarlo, vive y vuelve a vivir el futuro o el pasado como si fuera el presente. 
  Cuando le cuenta tal embrollo onírico y mental a Stephen, éste le confiesa que encontró un manuscrito: Conversaciones con Raimundo Lulio, donde Robert Graves relata que Raimundo Lulio se materializó, habló con él y le dijo que buscaba su monasterio y la piedra filosofal que en el pasado se lo tragó y que desde entonces busca para retornar a su tiempo. Robert Graves lo guió hasta el monasterio y Raimundo Lulio halló la piedra y, a imagen y semejanza de un agujero de gusano, se deslizó por ella. El manuscrito, además, tiene la arcana receta para elaborar la piedra filosofal, que resulta ser una especie de “puente de Einstein-Rosen” o agujero negro de bolsillo, invisible, un laberíntico túnel del tiempo que devora o desaparece cualquier cosa, así sean toneladas de rocas y que puede trasladar a un distraído a épocas lejanas. 
   Stephen es un metalúrgico nuclear y padece de bibliofilia astrofísica. Trabajó en los Estados Unidos en la construcción de la bomba atómica. Su nombre tal vez sea un guiño al físico británico Stephen Hawking, autor del celebérrimo best-seller Breve historia del tiempo (1988) y famoso indagador de los agujeros negros. Stephen, siguiendo la receta, trata de elaborar la piedra filosofal, pero no puede porque no es filósofo ni se halla en estado de gracia. 
   
Stephen Hawking
(1942-2018)
 
       Stephen, Slim y Marcia descubren que Robert Graves guarda la antigua piedra que crearon Mahmet y Raimundo Lulio. La tiene en una pequeña jaula, tal si fuera un cachivache inútil, un trebejo que sólo sirve para tragar lo que se le ponga enfrente. Cuando por un risible descuido se les escapa, Stephen calcula que el planeta Tierra se acabará en una semana. 
Los poetas nicaragüenses Claribel Alegría y Ernesto Cardenal
  Se equivocó, es obvio, pues los humanoides siguen vivitos y coleando. Pero además se hace evidente que la antigua piedra filosofal, atrapada en la jaulita a imagen y semejanza de pajarraco invisible y oculta en el jardín de Robert Graves, era una especie de centro gravitacional. Con su extravío, al triángulo misterioso de la isla se le esfuma la magia y la poesía; la peste de la modernización lo destruye como si destruyera el mundo: extranjeros compran las antiguas casas, instalan fábricas, hoteles para turistas, autopistas, supermercados con letreros luminosos, bancos, discotecas, tiendas, boutiques, los nativos olvidan sus tradiciones y venden las reliquias, los intelectuales huyen, los hippies se pulverizan, los brujos y visionarios desaparecen, y Robert Graves, como en la antesala de la muerte, frente a la destrucción definitiva, se encierra en sí mismo (quizá preludio del Alzheimer que empezó a borrarlo del mapa).
 El agujero negro o piedra filosofal, por su parte, luego de propiciar el Gran Derrumbe de Deyá, queda vagando quién sabe por qué vericuetos y entretelones de la laberíntica red espacio-tiempo; lo que es una latente amenaza, dado que tarde o temprano, al parecer, caerá en el centro del globo terráqueo y lo desaparecerá, por lo menos del presente sistema solar. 
 La esperanza, no obstante, radica en que Marcia, que es hamadríade y posee la sabiduría y el milenario alfabeto de los árboles, en Centroamérica tiene su ceiba (tal vez un cumplido presagio del shamán que en Deyá custodiaba su árbol), pues quizá tal comunión metafísica, secreta, no sea tan incierta, si se piensa en las dimensiones que no se ven, pero que están allí, y en que “el planeta, la bola de tierra”, dice Slim, “es apenas un telón de fondo frente al cual vivimos una serie infinita de realidades”.


Claribel Alegría, Pueblo de Dios y de Mandinga. Ediciones Era. México, 1985. 88 pp.



domingo, 11 de febrero de 2018

Un mundo feliz

Vivimos dentro de un frasco

I de V
Con el número 9 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra apareció en Madrid, en 2013, Un mundo feliz, la celebérrima novela del escritor británico Aldous Huxley (1894-1963), cuya primera edición en inglés: Brave New World, fue publicada en 1932, en Londres, por Chatto & Windus; y en Nueva York, por Doubleday. Jesús Isaías Gómez López (Gójar, Granada, 1965), el traductor de Un mundo feliz para Letras populares —excepto de las líneas y versos de William Shakespeare (1564-1616) insertados en la obra por Huxley—, precede su versión con un extenso y analítico ensayo, complementado por la bibliografía y por el conjunto de sus notas (en el prefacio y en la novela).  
Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra
Madrid, 2013
        Si bien es consabido que el rótulo Brave New World procede de un verso de la “escena única del quinto acto de La tempestad de Shakespeare”, Jesús Isaías Gómez López le recuerda al lector del siglo XXI (o le da noticia) que el título Un mundo feliz (que pulula en el globalizado inconsciente colectivo del idioma español) fue elegido por el dedo flamígero de Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina (1898-1980), el traductor, periodista y “poeta falangista cántabro” (que solía firmar como Luys Santamarina). La canónica y seminal versión de Santa Marina —que fue la primera que se hizo en español— apareció en Barcelona, en 1935, en la Colección Centauro de Luis Miracle, Editor; y tuvo dos ediciones, la príncipe en septiembre y la segunda en diciembre. Tal título fue retomado por el borroso Ramón Hernández para su mutilada y aséptica versión de Un mundo feliz, publicada en 1969, en Barcelona, en la Colección Rotativa, extinta serie de bolsillo de Plaza & Janés, Editores (muy popular, incluso, en Latinoamérica). Pero en el ínterin de ambas versiones estalló la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939) y tras ella la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y por ende la impúdica e impune censura; o sea: “la eliminación por completo de toda huella del asunto sexual en las posteriores ediciones que Santa Marina revisa de la novela en español”. De ahí que Jesús Isaías apunte en su ensayo: “advertimos a un Santa Marina que [‘pese a su sólida formación católica’] aborda el tema sin prejuicios y con absoluta naturalidad en las dos primeras ediciones de 1935 (septiembre y diciembre), antes de la Guerra Civil, y a otro Santa Marina que, a partir de 1947, en plena dictadura franquista, elimina de la traducción toda connotación sexual para las siguientes ediciones de la novela. Por desgracia, las dos primeras ediciones de 1935 no son precisamente las que han contado con un mayor número de lectores. Desde 1947, en que volviera a editarse Un mundo feliz, en la editorial José Janés, hasta 1979, ha habido trece ediciones de la novela en las que es notoria la poderosa huella de la censura franquista. Sin duda, la inmensa mayoría de lectores de esta primera [sic] traducción de la novela de Huxley se han perdido de una parte esencial, el elemento sexual que Santa Marina sí había podido tratar en las primeras ediciones de 1935. Con todo, en líneas generales, las siguientes revisiones de Santa Marina siguen reflejando el talento, el buen gusto estilístico y el sentido de un intelectual que, en numerosas escenas, convierte la traducción en una tarea artística. La supresión del tema sexual, en cambio, hace que el resultado final pierda una perspectiva crucial de la obra original. En este sentido, considero necesaria la enumeración de diversos ejemplos, a modo ilustrativo, con los que el lector se encuentra ante esta traducción desde 1947.”

Vale resumir, entonces, que Jesús Isaías glosa a continuación escuetas líneas que contrastan lo expuesto por Santa Marina en 1935 y lo eliminado por él a partir de 1947 en la edición impresa por José Janés. Y más aún: hace un breve bosquejo y una pertinente crítica sobre las escandalosas e hipócritas amputaciones realizadas por el verdugo Ramón Hernández para su insípida versión editada en 1969 por Plaza & Janés en la colección Rotativa. 
Pero lo que Jesús Isaías no hace es precisar, pese a su largo y sesudo ensayo, a la bibliografía y a sus notas, de qué edición en inglés tradujo. Ni tampoco dice que Luys Santamarina, al pie de página de sus traducciones de las líneas y versos de Shakespeare (señaladas con cursivas), transcribió los textos en inglés e indicó las obras de donde fueron tomadas. Esto se observa en una edición impresa en México, en 1980, por Editorial Época; y pese a que no se indica en la página legal, se advierte, por las señaladas alusiones sexuales, que se trata de la legendaria versión de Un mundo feliz que Luys Santamarina tradujo en 1935. Pero además incluye una nota preliminar (sin fecha) que firma con sus siglas (“L.S.M.”), en cuya cuarta y última parte dice: 
Editorial Época
México, 1980
      “Es difícil traducir tal autor y tal libro. El contraste entre el inglés moderno y el shakespeariano, que Huxley señala en el prólogo de la traducción francesa, se pierde por completo, y no podía ser por menos. Las canciones de niños —las nursery rhymes— nada nos dicen a los hispanos que jamás las hemos oído. Y lo mismo los pormenores topográficos de Londres y del Surrey nativo.

El Cisne del Avon en la época acutal
     “Otro escollo eran los versos de Shakespeare. Los hubiera dejado en prosa de muy buena gana; pero dado el carácter mágico, de vero conjuro que el autor les presta, como suma, como quintaescencia, como arquetipo de pasiones, exigían el ritmo. Los traduje bien que mal en verso blanco; que el Cisne del Avon me perdone.”

Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
      Vale mencionar que en el tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley editado en 1970, en Barcelona, por Plaza & Janes, Editores, con un “Prólogo” (sin fecha) del crítico mallorquín Joan Estelrich (1896-1958), en cuya página legal se afirma que Brave New World es “Traducción de Ramón Hernández” —pero al término del libro contradictoriamente se dice que es “Traducción de Luys Santamarina”—, se advierte, no sólo por el referido bagaje bibliográfico en torno a las citas de las obras de Shakespeare (cosa que omitió y no hizo Ramón Hernández), que se trata de la versión censurada en 1947 por Santa Marina. No obstante, en el capítulo V de la novela se lee: Calvin Stopes y sus dieciséis sexofonistas (ídem en la versión de 1935, reedita en 1980 por Editorial Época), e incluso la palabra “sexófonos” (que también se lee en el capítulo XI, durante la proyección de Tres semanas en helicóptero). Por ende, al principio de su nota 110 (correspondiente a la novela), Jesús Isaías, si no yerra sobre Ramón Hernández, se equivoca sobre Santamarina; según apunta: “En anteriores traducciones de esta obra al español se ha optado por ‘saxofonistas’ (Luys Santa Marina y Ramón Hernández). En el original leemos: ‘CALVIN STOPES AND HIS SIXTEEN SEXOPHONISTS’.”  

   
Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
          Casi sobra añadir que en el apartado de su bibliografía: “Brave New World, en español”, Jesús Isaías enumera, con vaguedad e imprecisión, la “traducción de Luys Santamarina” editada en México, en 1998, por Editorial Porrúa. La cual se halla en el número 587 de la serie “Sepan cuantos...”, en la que también se leen las citadas y censuradas palabras “sexofonistas” y “sexófonos”. Cuya primera edición en tal serie, barata y popular en México, data de 1990 y la última de 2017; y está precedida por un “Prólogo” (sin fecha) del filósofo alemán Teodoro W. Adorno (1903-1969) y por una “Cronología” (sin firma); a lo que se agrega, para cerrar el libro, el extenso ensayo de Aldous Huxley: “Retorno a un mundo feliz” (Brave New World Revisited, 1958).

Sepan cuantos… núm. 587, Editorial Porrúa
Sexta reimpresión, México, 2016

II de V
       Si bien el rótulo Un mundo feliz elegido por Luys Santa Marina en 1935 inició y marcó un canon indeleble en el orbe del idioma español, la prologada y anotada traducción de Jesús Isaías —que lo retoma (ídem toda una secuela de traductores)—, junto a su breve revisión crítica de las traducciones de Santa Marina y de Ramón Hernández, está signada por algunos diseminados lapsus que ponen en alerta y suspicaz al lector frente a todo el andamiaje crítico y anotado; lo cual, para disipar las dudas y puesto que no se engulle en un tris ni en una sentada, implicaría hacer una laboriosa y meticulosa revisión y cotejo de todos sus asertos y citas, pues a todas luces no son del todo imputables a los subterráneos y oscuros galeotes de Ediciones Cátedra. Por ejemplo, de sobra es consabido que John F. Kennedy y Aldous Huxley fallecieron el mismo día: 22 de noviembre de 1963. No obstante, en su prólogo (página 36) Jesús Isaías dos veces afirma que esto ocurrió el “22 de noviembre de 1962”; en la segunda vez apunta: “A las cinco y media de la tarde del 22 de noviembre de 1962, cinco horas y media después del asesinato del presidente Kennedy, fallece Aldous Huxley en su hogar [...]”. 
Edición príncipe
(Chatto & Windus, London, 1932)
        Otro ejemplo se lee en el “Capítulo VIII” de la novela (página 327), donde debería leerse “Linda” en lugar de “Lenina”; pues allí, Linda, la mugrienta, alcohólica, drogadicta y obesa madre del niño John (el Salvaje), le da a leer a éste el manual técnico-científico que ella utilizara en Londres cuando, en su calidad de “Beta-Menos”, “Trabajaba en la Unidad de Fecundación” (El condicionamiento químico y bacteriológico del embrión: Instrucciones prácticas para trabajadores Betas de depósitos de embriones); mismo que llevó consigo en su “gran maleta de madera” (quizá para un ejercicio mnemónico) cuando otrora viajó de paseo al pueblo de Malpaís, en la reserva india de Nuevo México, en compañía del Director de Incubación y Condicionamiento de la Central londinense. Pero, sin proponérselo, se quedó varada y olvidada allí (entre los indios y mestizos) tras perderse y accidentarse durante una excursión a caballo; pero sobre todo por su embarazo (sorpresivo e inesperado dado el riguroso consumo de los reglamentarios anticonceptivos y por “los ejercicios maltusianos”) y por dar a luz a su hijo John; pues embarazarse, parir, amamantar a un bebé y formar una familia ha sido prohibido y condenado por la obtusa y rígida dictadura del Estado Mundial. La traducción de Jesús Isaías erradamente dice así:

“—A lo mejor no lo encuentras muy interesante —dijo Lenina—, pero es lo único que tengo —Lenina suspiró—. ¡Ay, si pudieras ver las maravillosas máquinas de leer que teníamos en Londres!”
Vale observar que en sus correspondientes versiones ni Luys Santa Marina ni el pálido y encapuchado Ramón Hernández erraron en ese fragmento. Santa Marina tradujo: “‘Temo que no lo encuentres interesante —dijo—, pero es lo único que tengo’. Suspiró. —‘¡Si pudieras ver las hermosas máquinas de leer que teníamos en Londres!’—”. Y Ramón Hernández: “—Temo que no lo encontrarás muy apasionante —dijo Linda—, pero es lo único que tengo. —Y suspiró—. ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que teníamos en Londres!” 
Aldous Huxley
(1894-1963)

Tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
         Pero el rasgo distintivo e inextricable de la traducción al español que hizo Jesús Isaías de Un mundo feliz (quizá ineludible) es el uso y aderezo idiosincrásico de palabras, frases, muletillas y expresiones propias del habla promedio en España. Por ejemplo, los vocablos “follón”, “hala”, “apearse” y “vale” (entre otros); o el “tío” o “tía” con que parlotean Fanny Crowne y Lenina Crowne: “Está horriblemente mal eso de salir tanto tiempo con el mismo tío”, le dice Fanny a Lenina en la página 241; o en la página 315 piensa ésta al ver el “cuerpazo” “tan macizo” del joven John (el Salvaje): “¡Qué tío tan guapo!” O en la página 365 Fanny le dice a Lenina al verla entrar “cantando en el vestuario”: “Vienes más contenta que unas castañuelas”; hilarante locución que evoca la folclórica y tipificada imagen de las Manolas y Manoletes de España. Casi sobra decir, entonces, que esas sonoras y risibles castañuelas están ausentes en las versiones de Santa Marina y Ramón Hernández. Santa Marina tradujo: “Parece que estás contenta”. Y Ramón Hernández: “Pareces encantada de la vida”.


III de V
La traducción al español hecha por Jesús Isaías Gómez López de Un mundo feliz comprende los dieciocho capítulos que integran la novela, más 230 notas del traductor y ensayista. Y la precede un epígrafe en francés del filósofo ruso Nicolás Berdiaeff (1874-1948), que, extrañamente, no incluye ninguna nota sobre éste ni la traducción al pie de su texto. Así como Jesús Isaías hizo uso de traducciones ajenas de los versos de Shakespeare insertados en la obra por el novelista, o aceptó la sugerencia de un amigo suyo (Javier Hernández) para acuñar el vocablo “oligorgía” (por orgy-porgy, en el libro en inglés de Huxley), pudo incluir la traducción de ese fragmento realizada por otro traductor y pudo especificar a qué libro o ensayo pertenece.
Nicolás Berdiaeff
(1874-1948)
        Luego sigue un “Prólogo” de Aldous Huxley datado en “1946”, que, pese a las 25 notas del traductor y comentarista, éste no informa ni precisa de qué edición procede y por qué el autor lo coloco allí. 

Aldous Huxley
        Han corrido arduas disquisiciones y ríos y ríos de tinta en torno a la supuesta cualidad visionaria, futurista y profética de la distopía y del género humano de laboratorio y probeta que vive y subsiste en el supuesto futuro que bosqueja Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. No obstante, no se trata de un planteamiento sociológico de índole realista, sino de literatura fantástica con elementos de ciencia-ficción, salpimentada con visos paródicos, burlescos, iconoclastas, lúdicos, cómicos y eróticos, y con un dejo infantil y adolescente. Huxley no hace una escrupulosa y global injerencia en el supuesto proceso histórico que explique la instauración de la dictadura del Estado Mundial, manipulada por una decena de mafiosos y despóticos titiriteros o reyezuelos de baja estofa: los “Diez Controladores Mundiales”, de los cuales la obra sólo exhibe a uno (especie de pseudopaternal, fanfarrón y egocéntrico Mefistófeles) que vive y manipula el poder apoltronado en Londres: Mustapha Mond, “El controlador residente de la Europa Occidental”. Ni tampoco hace una analítica y global intromisión en la estructura geográfica, política, social y cultural que impera en ese solitario, expoliado y globalizado planeta Tierra, ni en las relaciones racistas, pseudorreligiosas y piramidales de esa deshumanizada distopía cuyos acontecimientos del presente ocurren en el año “632 después de Ford”. Sólo ofrece un parcial, fragmentario, disperso e incompleto bosquejo: un rompecabezas al que le faltan fichas. Y más aún: sólo brinda pinceladas y ligeros datos de la psique y de la vida íntima y sexual de sus principales personajes de castas superiores de piel blanca (apenas trazados). Y casi nada de las castas inferiores de piel oscura, con un bajísimo y preconcebido cociente intelectual (algunos rayando la idiocia o con patente idiocia), proclives al mutuo y grupal tocamiento erótico desde la infancia: los tontorrones, coreográficos y fantasmales “grupos de Bokanovsky” producidos, en masivas series, en el laboratorio: series de idénticos gemelos, fecundados, diseñados y “condicionados” (casi lobotomía) para todo tipo de trabajo fabril, servil o manual. Y sólo un esbozo del pintoresco sincretismo, de la hedionda insalubridad y del rezago generalizado que pulula en la ágrafa y supersticiosa reserva india de Nuevo México (donde se halla el pueblo de Malpaís), que es un campo de concentración bajo la férula del Estado Mundial, vigilado y vallado con cables de alta tensión para que no escape ninguno de los casi “sesenta mil indios y mestizos”, permanentemente sujetos a la violenta, mortal y represiva amenaza de las bombas de gas. Y nada de las dispersas islas del globo terráqueo a donde son exiliados los engendros de las castas superiores de piel blanca (también producidos en serie en el laboratorio, pero con mayor cociente intelectual y características físicas que los diferencian entre sí), que no obstante su temprano y extenso condicionamiento hipnopédico (y a sus puestos privilegiados en el escalafón laboral) “han alcanzado demasiada conciencia de su propia individualidad”, están en desacuerdo “con la ortodoxia”, “tienen sus propias ideas” y por ende “son alguien”. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
        Pese a que Jesús Isaías no lo dice ni lo sugiere, al parecer en el panorama urbano y futurista de Un mundo feliz hay cierto influjo visual del panorama urbano y futurista de Metrópolis (1927), el largometraje silente y expresionista del director alemán Fritz Lang (1890-1976). Piénsese en los altísimos y descomunales rascacielos que proliferan en el Londres del año “632 después de Ford” (entre los que circulan aviones, helicópteros y taxicópteros que aterrizan en las azoteas, más los terrestres “trenes monorraíles ligeros” en los que se apiñan las castas inferiores) y en las aeronaves que se mueven por los aires de la urbe poblada de rascacielos, puentes entre las alturas de los edificios donde corren ferrocarriles y coches, y múltiples automóviles, camionetas y trenes que transitan en las atestadas avenidas que se aprecian en la película. Y más aún: en la coreografía de utilitarias, uniformadas, cosificadas y silenciosas masas de sombríos obreros que se observan en el filme: todos iguales, idénticos y cabizbajos (quizá sin conciencia de clase, de sus derechos y de su individualidad), que salen y entran en manada, a las catacumbas industriales, marchando al unísono con el mismo “condicionado” paso y con la misma “condicionada” y patética pose, sometidos al rigor y al cruento peligro de la preconcebida mecánica jornada laboral, impuesta y dictada por el ogro capitalista.

Fotograma de Metrópolis (1927)
     
Popular núm. 722, FCE
México, 2015
           Admirado y glorificado ad naueseam por cierta intelligentsia y por “condicionadas” muchedumbres de su época (la persuasiva y repetitiva mercadotecnia en los mass media hacía lo suyo), corría la leyenda y el runrún de que Aldous Huxley era “el novelista más inteligente de su tiempo”. Sin duda poesía un destacado IQ, visible (aún ahora) en la diversidad temática de sus ensayos. Pero en ello también se advierte que era un pensador proclive al sofisma; un individuo con sus particulares atavismos, prejuicios, creencias, lagunas, ignorancias, defectos y yerros. Y como prueba fehaciente allí están sus ensayos sobre los supuestos poderes metafísicos y cognoscitivos de ciertas drogas alucinógenas (el ácido lisérgico y la mescalina, por ejemplo). Y su desconocedor, racista, misógino y corrosivo libro de viaje Más allá del Golfo de México (Beyond The Mexique Bay, 1934), editado en la Ciudad de México, en 2015, por el FCE, con traducción de alguien que se oculta con un pseudónimo (“Leal Rey”), y precedido por un endogámico, crítico y ombliguista “Antiprólogo” del profesor y narrador mexicano Hernán Lara Zavala. 

     
Edhasa
Barcelona, 2009
        Así que no asombra que en “Un mundo feliz revisitado” —artículo datado en “julio de 1956”, reunido en el volumen Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas (Edhasa, 2009), con “Selección, prólogo y traducción de Matías Serra Branford”—, Huxley diga lapidario (tal cuchillo sin hoja al que le falta el mango): “La dictadura descrita en Un mundo feliz era global y, a su particular modo, benevolente.” 
Pues a todas luces no tiene un pelo de “benevolente”. Es todo lo contrario: un globo malevolente donde no hay bibliotecas (las series de especímenes de laboratorio y probeta son condicionados a una “aversión instintiva a los libros”) ni centros culturales ni memoria histórica, ni libertad individual ni colectiva, ni libertad de pensamiento ni de creación artística ni de investigación científica. Es decir, es una perversa creación e implantación artificial dentro de un cristalino matraz (con toda una infraestructura ciclópea y numerosos utensilios tecnológicos de índole doméstica, deportiva, turística y comunicativa) articulada, manipulada y mangoneada por los diez energúmenos deshumanizados y ególatras que monopolizan y controlan el poder y las decisiones del Estado Mundial. Uno de los cuales: Mustapha Mond, rebuzna sobre la totalidad del supuesto “mundo feliz”: “todos nosotros vivimos dentro de un frasco”; “La población óptima es como un iceberg: ocho novenas partes bajo el agua y una novena parte encima”. O sea: esas subterráneas y utilitarias “ocho novenas partes” son las uniformadas, masificadas, cosificadas y pesadillescas series de gemelos idénticos (con el mismo rostro y bajísimo IQ), concebidos y diseñados en el laboratorio con el “método Bokanovsky” (la reproducción vivípara está prohibida para todas las castas y a todos les resulta inmoral, nauseabunda y obscena dado el hipnopéidco lavado de cerebro); todos condicionados en grupos —desde que son “bebés en relucientes frascos” (entre “las interminables filas de bebés en relucientes frascos”)— con las oníricas y sonoras sesiones de hipnopedia (el método neopavloviano que monótonamente repite y repite frasecitas falaces y tontorronas mientras duermen), cuyo objetivo es que no piensen más allá de sus genitales, del sexo libre y sin ataduras, del estrecho ideario pseudorreligioso preconcebido e implantado por el clero al servicio del Estado Mundial, de la dependencia y adicción al soma, de los hábitos neodeportivos y consumistas, y de los empleos subalternos para los que han sido diseñados y predestinados por la maquiavélica mente policéfala y totalitaria que organiza y orquesta la manipulación industrial del trabajo, del consumo, del pensamiento y de la inconsciencia (que en ese año “632 después de Ford” es una monstruosa hidra con diez malévolas cabezotas); con un planificado promedio de vida de seis décadas con apariencia de vivaracha y eterna juventud de 17 años; sometidos (incluso las castas superiores con mayor IQ) a una dinámica que oscila entre la jornada laboral de ocho horas, los diversos neodeportes, el consumo desmedido, el sexo con quien deseen (entre dos o más) —pero sin conformar inextricables y amorosas parejas y mucho menos familias (las mujeres fértiles, además, portan las reglamentarias cartucheras donde llevan anticonceptivos para la efímera promiscuidad que se ofrezca)—; reventones multitudinarios en odoríficos y enervantes centros nocturnos donde se oyen los sugerentes y melodiosos sexófonos (uno ocurre en el “recién inaugurado cabaré de la abadía de Westminster”, otrora la antigua e histórica iglesia anglicana, recinto de coronaciones y de sepulcros ilustres); sonoros y sensitivos sensofilmes, estereoscópicos y pornográficos, en comunales y odoríficas salas de sensocine (se transluce que se trata de churros de baja calidad que estandarizan el masificado y manipulado mal gusto); delirantes y obligatorias sesiones pseudorreligiosas que parodian el arquetipo de la última cena de Cristo (los comunitarios dizque “Servicios de Solidaridad” que orgiásticamente celebran el “Día de Ford”); e infalibles e inagotables dosis de soma (una droga sintética que produce y provee el Estado Mundial) para que las castas superiores e inferiores sientan placer y éxtasis, y así amortigüen y conjuren la angustia, el desasosiego, la ansiedad, el nerviosismo, la neurosis y la agresividad; e incluso para que se abandonen y sumerjan en la placentera inconsciencia (al parecer alucinatoria, puesto que implica un supuesto viaje de vacaciones a la falaz y feliz eternidad del instante); es decir, para que huyan del vacío existencial y de las frustraciones que conlleva el imperfecto y supuesto “mundo feliz”, donde dizque “Ahora todo el mundo es feliz”.
Fotograma de Metrópolis  (1927)
       La novena parte de ese pesadillesco iceberg lo conforman las castas superiores de piel blanca, con mayor estatura y mayor IQ, que, pese a sus privilegios y mejor diseño físico y cerebral, también están marcadas por sus limitaciones psíquicas e intelectuales. Dos elocuentes ejemplares con nombres propios son Bernard Marx y Helmholtz Watson. Ambos son especímenes de la casta “Alfa-Más”. Marx dizque es psicólogo de la Agencia Psicológica (pero el que a gritos necesita psicoanálisis y psicólogo conductista es él) y Watson es “profesor en la Escuela de Ingenieros de Emociones (Departamento de Escritura)” y redactor de “guiones de sensocine”, de articulitos periodísticos (que aprueba la censura), de poemoides y frasecitas hipnopédicas. Sin embargo, pese al supuesto alto nivel de su intelecto y raciocinio y de su personal crítica al statu quo, no pueden eludir la reprobación sistémica y el castigo que les impone Mustapha Mond, quien les habla y los trata (en su oficina) como hijos putativos y eternos niñatos con dilemas de adolescentes. Vamos, ni quiera lo intentan. Marx, desvergonzado, chilla, ruega y patalea para que no lo envíen a Islandia (prácticamente lo sacan de la oficina con camisa de fuerza). Y Watson, resignado y estoico, dobla las manitas y elige las Islas Malvinas para su exilio, que no son lejanas, puesto que en ese orbe del futuro un cohete puede trasladarlo por allí en poco tiempo. En la vida real, Charles Lindbergh (1902-1974), apenas en 1927 había cruzado el Océano Atlántico en un vuelo sin escalas de 32 horas y 33 minutos (de Nueva York a París) tripulando en solitario el legendario Espíritu de San Luis (un aeroplano semejante a los que se aprecian en la citada película Metrópolis). Pero en el orbe del año “632 después de Ford”, para ir a pasear y a curiosear al pueblo indio de Malpaís (sólo con salvoconducto membretado y firmado por el petulante Mustapha Mond) —ubicado en el corazón de la reserva india de Nuevo México—, Bernard Marx y Lenina Crowne, vuelan casi seis horas y media en el “cohete Blue Pacific” de Londres a Santa Fe. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
         Y la tácita, pero obvia décima parte del iceberg es la cúspide con el más alto pedorraje, el pestilente e inmoral pináculo constituido por los Diez Controladores Mundiales. En este sentido, en el Estado Mundial, detrás del falaz precepto comunitario y cuasibolchevique de que “Todo el mundo trabaja para todo el mundo” (o “todo el mundo pertenece a todo el mundo”), Mustapha Mond puede elegir y llevarse para un efímero acostón a la chica que se le antoje (por ejemplo, a la muy neumática y deseable Lenina Crowne, entre cuyos senos flamea una lúbrica T de oro, íntimo regalo del Arzocomunal Cantor de Canterbury); hacer la popularizada y generalizada señal de la T (parodia de la señal de la Cruz) sobre su cabeza y no sobre su estómago (tal y como lo hace el susodicho jerarca pseudoeclesiástico); heréticamente leer a pierna suelta (y dándole al cogote al pollo) los libros antiguos y prohibidos que resguarda y atesora en su oficina (entre ellos la Sagrada Biblia, “toda una colección de antiguos libros pornográficos” y las centenarias obras de Shakespeare); pensar, recordar y tergiversar la historia (“La historia son pamplinas”, rebuzna y repite estipulando que es una “hermosa e inspirada máxima de nuestro Ford”); y hacer, como todo un pachá de huitlacoche, lo que le dé la gana y como se le antoje entre mullidos cojines, fumarolas de incienso y sobredosis de soma, y por ende puede decidir quién tiene (o no) “libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado” (o sea: el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección). “Como yo soy quien hace aquí las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad”, les rebuzna y canta autoritario a los regañados y carantoños niñatos de Watson y Marx, después de rebuznarles su ideario y su oportunista biografía, preludio de su forzoso exilio a una a isla habitada por otros réprobos que dizque son “alguien”. “Yo soy yo y ojalá no lo fuera”, sentencia, contradictorio, Bernard Marx.

   
Fotograma de Metrópolis (1927)
        El maquiavélico y trepador Mustapha Mond, que dejó la ciencia por el poder y que se proyecta al rebuznar: “La ciencia es peligrosa: tenemos que atarla minuciosamente con cadenas y ponerle un bozal”, podría decir con el añejo refrán: “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de león.” Y puesto que en ese paradójico espléndido mundo nuevo (que bulle sin cesar dentro de un frasco de laboratorio) “Todos los hombres son físico-químicamente iguales”, el “docto” y rubio Henry Foster —quien recita esto al grupo de bobalicones alumnos adolescentes que recorren las salas del Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres (un rascacielos de tan sólo 34 plantas)—, podría acotar con el proverbio decimonónico en boga entre las élites, europeizadas y blancas, del siglo XIX del México postcolonial: “Todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.” Pues además de las utilitarias y significativas diferencias entre las castas superiores y las castas bajas, la menospreciada, constreñida y reprimida bacinilla de ese espléndido mundo nuevo es la reserva india de Nuevo México (donde se reproducen de manera vivípara las familias y las tribus de indios y mestizos, donde hay ancianos arrugadísimos y desdentados, y donde abunda la fauna salvaje y se hallan los pueblos de Santa Fe y Malpaís), que resulta un fétido, nauseabundo, vomitivo y patógeno frasco de miasma dentro del esterilizado y aséptico frasco de “felicidad”. 

IV de V
Para los objetivos fantásticos y novelísticos de Aldous Huxley resulta necesaria la existencia de la reserva india de Nuevo México, cuyo territorio, además de los pueblos de Santa Fe y Malpaís, comprende otros poblados de los que el lector sólo oye el tamborileo de su nombre: “Taos, Tesuque, Nambe, Picuris, Pojoaque, Sia, Cochiti, Laguna, Acoma, Enchanted Mesa, Zuñi, Cibola y Ojo Caliente.” Pero ante y dentro de la artificiosa idiosincrasia del espléndido mundo nuevo la reserva india es una anomalía, un reducido y reprimido vestigio de la variopinta y vivípara humanidad que otrora habitó el pestífero planeta Tierra. ¿Por qué la dictadura absolutista del Estado Mundial la ha preservado con todas sus presuntas taras e inconvenientes, si una de sus premisas fundacionales es ocultar el pasado y la historia e imponer todo lo que implica el falaz y ficticio credo de la era de la “estabilidad “después de Ford”, que es la única que importa? Pueden formularse varias respuestas. Pero por lo pronto vale decir que no todos los homúnculos creados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial pueden viajar a la reserva india de Nuevo México y entrar pedaleando y restallando flatulencias y escupitajos como Pedro en su casa. En primera instancia se necesita un salvoconducto membretado que ostente la todopoderosa y flamante firma de alguna de sus “Forderías”: los Diez Controladores Mundiales, pues casi resulta tautológico decir que no hay más ruta que su culo de alcancía y que todos los caminos llevan a su culo. El salvoconducto lo refrenda, en Santa Fe, el alcaide de la reserva, que en ese año “632 después de Ford” es un parlanchín “Alfa-Menos, rubio y braquicéfalo”. De Santa Fe, donde hay un hotel con modernas comodidades al último grito londinense, a Bernard Marx y a Lenina Crowne, un “mestizo de uniforme verde, de Gamma,” los lleva en avión hasta “el valle de Malpaís”, donde se resguardan en la hospedería, situada a cierta distancia del homónimo pueblo. Es decir, la reserva india de Nuevo México es un lugar turístico, en el que sólo algunos privilegiados especímenes del espléndido mundo nuevo hacen camping en un entorno rupestre y salvaje, y donde sólo falta el rudimentario tendejón con souvenirs a la venta y una máquina de fotomatón para autorretratarse insertado en un telón de fondo: con indios con penachos en derredor, por ejemplo.
   
Indios zuñi 
        Por el fanfarrón cortejo sexual, Bernard Marx invita a Lenina Crowne al pueblo de Malpaís, pero también por sus pulsiones heterodoxas e ínfulas de ser “alguien”. Y Lenina, siempre lista con la cartuchera de anticonceptivos —y cuya prerrogativa “neumática” está cifrada en el miliunanochesco refrán que reza: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne”— desea y acepta la aventura sexual con el “raro”. Sin embargo, pese a que se supone que Marx es un psicólogo “Alfa-Más” de la Agencia Psicológica, denota que no ve más allá de sus narices y que su cerebro carbura muy poco, pues ante Lenina, que es “Beta”, no es perspicaz ni intuitivo ni formula ninguna analítica inferencia, dado que ella, previsiblemente, todo lo que ve y halla en Malpaís le resulta abstruso, maloliente, asqueroso, inmoral y desquiciante (con excepción del paquete corporal de John el Salvaje), y por ende, durante el paseo por el pueblo, añora ansiosa las tabletas de soma que dejó olvidadas en la hospedería, y al regresar a ésta se hunde y escapa, en la cama, a un comatoso y feliz viaje de vacaciones con una buena somnífera dosis. Marx, por su parte, viendo y oyendo lo que hasta por los codos parlotean Linda y su hijo John (que son blancos y rubios), deduce que el padre natural de éste es nada menos que el Director de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, mismo que, previo al viaje a la reserva india, lo amenazara con enviarlo a Islandia. Así que es Marx —con tal de vengarse y defenestrar al DIC—, quien gestiona, desde Santa Fe y vía telefónica, la autorización de Mustapha Mond para que Linda y John viajen a Londres. 
 
Indias zuñi
        En el abigarrado pintoresquismo y sincretismo, racial y cultural, de la reserva india de Nuevo México se transluce una mezcla de ancestrales y paganos resabios preeuropeos y cristianos. Parece una congelada cápsula del tiempo donde bulle la ignorancia, el atraso, la insalubridad y la involución; donde la comunidad indígena y mestiza es ágrafa, supersticiosa, endogámica, xenófoba y cerrada ante los blancos. En ese contexto, Linda, hará unos 18 o veintitantos años, fue rescatada por los indios tras caer a un barranco durante un paseo a caballo. Los indios, pese a su piel blanca y a que es una obvia aberración femenina del Estado Mundial que los aprisiona, oprime y reprime (incluso mata), la curaron y le permitieron vivir entre ellos con cierta marginalidad. Y en esa marginalidad ella dio a luz a su hijo John, que es blanco, rubio y de ojos azules. No obstante, su rescate y presencia allí son una notoria paradoja. El DIC la dio por “perdida” (o muerta) y muy campechanamente regresó a Londres. Pero los inspectores de la reserva (a las órdenes del alcaide) debieron ser quieren la rastrearan y encontraran, viva o muerta. Y debieron ser tales inspectores quienes la ubicaran, con su chiquillo o sin él, entre los indios y mestizos. Tómese en cuenta que si al fallecer en Londres, poco después de regresar con su hijo John, ella tiene sólo 44 años, pese a su imagen de astroso vejestorio (gorda, cariada, con sarro y feísima), cuando otrora el DIC la dio por “perdida” en el valle de Malpaís era una joven rubia, y, según dice él: “era muy neumática, particularmente neumática”. O sea: bastante notable (algo así como un atractivo y erógeno frijol blanco navegando en un caldoso plato de frijoles negros). Y su “gran maleta de madera” (donde llevaba su manual técnico y sus vestidos) debió quedarse en la hospedería de Malpaís y no con ella, pues obviamente no salió a cabalgar de paseo cargando su equipaje. Es absurdo. 
   
Indio zuñi
        Y absurdo o inverosímil resulta que haya sido el indio Popé quien llevó, al muy sucio y descuidado jacal de Linda, el viejo y estropeado ejemplar de las Obras completas de Shakespeare, que el niño John empezó a leer a sus 12 años. Ese ejemplar dizque estaba abandonado “en uno de los cofres de la Kiva de los Antílopes”. Puede que haya sido así. Algún blanco pudo haberlo dejado por allí, antes o después del inicio de la Era Ford, o pudo ser hurtado a un forastero de otra época. Pero Popé es iletrado y Linda, además de su nula inteligencia de “Beta-Menos”, no tiene ningún interés intelectual ni poético. No entiende a Shakespeare. Tras echarle una hojeada le “parece todo un disparate”, “Incivilizado”. No obstante, dictamina que a John le servirá para practicar la lectura. En tal inverosimilitud converge el relevante hecho de que Popé y Linda son incontinentes bebedores de mezcal (empinan el codo hasta dormir la despatarrada mona) y suelen abandonarse a las alucinaciones del peyote. Popé la visita para beber, intoxicarse y fornicar con ella en el camastro del jacal. Y por ello el niño John lo odia e intenta atacarlo. Y Linda, dado su libertino “condicionamiento” forjado desde la cuna en el espléndido mundo nuevo, fornica no sólo con Pope, sino con cualquier indio o mestizo que la visite. Para Linda, ayuntar con quien se le antoje y sin lazos afectivos, no es promiscuidad, sino una aceptable norma civilizada y de cohesión social. 
     
India zuñi
        Y aquí vale preguntarse ¿por qué Linda no engendró un bastardo mestizo o toda una prole de bastardos mestizos?, si desde que llegó no dejó de liarse con el nativo que se le pusiera enfrente, pues en algún momento, alcoholizada o no, tuvo que quedarse sin los anticonceptivos que traía en su cartuchera reglamentaria, del mismo modo que se le agotaron las pastillas de su añorado soma. Desenfreno sexual que agudiza y exacerba el desdén de las indígenas hacia ella (incapaz de tejer y remendar entre ellas) y por ende, tres indias, por revolcarse con “sus hombres”, se meten en su choza, la apañan y la golpean con un látigo y hasta tunden a John, quien entonces era un mocoso que intenta defender a su madre. 
Por esa mala fama los chiquillos “le hicieron a Linda una canción que no dejaban de cantar”. John les tiró piedras y los escuincles lo apedrearon y le dieron en la cara. Ese bullying, pese a que John jugaba con ellos, se hizo extensivo a las burlas por los harapos que vestía y por ser hijo de la popular y despreciada ramera. Y ya muchacho se refrenda y signa su marginalidad, distancia, ensimismamiento y soledad ante la tribu, cuando entre los jóvenes indios intenta bajar a la subterránea “Kiva de los Antílopes”, donde les serán revelados ciertos secretos de la etnia. Los gritos de un indio mayor —que preludian su expulsión con empujones y golpes, risotadas y lluvia de piedras— son muy reveladores: “¡Eso no es para ti, peliblanco! ¡No es para el hijo de la perra!”.
   
Viejo zuñi
      La excepción de ese consubstancial y generalizado rechazo y hostigamiento es el buen trato del anciano Mitsima, que le habla en “lengua india”; y además de enseñarle a hacer arcos y flechas para la caza, a sus 15 años le enseña el oficio de la alfarería tradicional de Malpaís. No obstante, John —que se siente indio y viste y lleva el pelo trenzado como ellos— hace patente su frustración por tener prohibido corporificar al flagelado protagonista de la cruenta danza de las serpientes negras (un rito de hombría y de fertilidad de la tierra) que se representa en la plaza de Malpaís y que observan, horrorizados, Marx y Lenina. Es entonces cuando el muchacho John ve a Lenina por primera vez y queda boquiabierto y flechado; mello que luego incide en que se entusiasme e ilusione ante la propuesta de Marx de viajar a Londres con su madre. “¡Oh, espléndido mundo nuevo que alberga tan bellas criaturas! ¡Vayámonos ya!”, dice exultante (parafraseando a Shakespeare) al saber, por el propio Marx, que Lenina no está casada con él “para siempre”. Según la voz narrativa: “Dio un fuerte suspiro y se quedó en silencio, mirando boquiabierto. Acaba de ver, por primera vez en su vida, la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión (¡pasmosa novedad!) era de un benévolo interés.”
     Sin embargo, esa mutua y visual atracción es el preludio de una serie de equívocos y malentendidos, y de un cómico enredo escenográfico que revela, además de la recíproca ausencia de empatía y falta de suspicacia, las limitaciones personales, intuitivas e idiosincrásicas de cada uno, totalmente antagónicas. Lenina Crowne, “condicionada” para la liberalidad sexual en un orbe de laboratorio y probeta donde no hay parejas ni matrimonios ni familias ni enamoramiento, lo que espera y busca del Salvaje, con su cartuchera de anticonceptivos y una buena dosis de soma, es un lúbrico acostón o una serie de voluptuosos acostones y punto (o sea: pa lo que te truje, Chincha, y sanseacabó). John el Salvaje, por su parte, contrario a las adicciones y a la promiscuidad de su madre, y frente al hecho de que la tradicional y ritual monogamia entre las familias de indios y mestizos de Malpaís es quebrantada por los polígamos, posee —inextricable a su inmadurez, a su falta de experiencia, a su reducido ideario y a su nula perspicacia—, un conjunto de prejuicios, complejos y represiones psíquicas que obnubilan su estrecho concepto de sí mismo, de la mujer, del amor, del sexo, de la pareja, del mundo, de la vida, de la muerte y del cosmos.  
   
El Cisne del Avon
         Vale observar que en su habla y perspectiva, John el Salvaje suele citar los versos que evoca de su particular lectura e interpretación de las obras de Shakespeare (su refugio y guarida ante el bullying de la tribu india, pues él es el único que lee desde chiquillo), e incluso rememorando los versos y pasajes de Shakespeare equipara y evalúa lo que vive, oye, dialoga y observa en Londres. No obstante, en la praxis del día a día, confrontado a las vicisitudes del espléndido mundo nuevo, ese bagaje literario, fuera del tamiz de loro de pueblo, de nada le sirve más allá de sus divagaciones y fantasías. Ante Lenina, que toma la iniciativa y lo busca en su cuarto, él, deslumbrado y atontado, se siente “indigno”. Elude que ella lo bese en la boca y le canta, farfullando, su idealizado objetivo de casare con ella “para siempre”: “En Malpaís hay que ofrecerle a la chica la piel de un puma o de un lobo si la pides en matrimonio”. Le dice. Y más aún, le enfatiza dizque sumiso: “Barrería el suelo si me lo pides”. Pero cuando Lenina se lanza al agasajo carnal y se desnuda, John se aterroriza, se torna violento, misógino y machista. En este sentido, además de insultarla gritándole con su florido vocabulario shakesperiano (“¡Impúdica ramera! ¡Impúdica ramera! El demonio de la lujuria con su gordo trasero y su croqueta de patata...”, etcétera), la tira al suelo de un empujón. Y luego la corre de su cuarto amenazándola estentóreamente (“¡Vete de mi vista o te mato!”) y le planta un estrepitoso manazo en la espalda, cuya dolorosa y ardiente impronta Lenina observa, reflejada en el espejo del baño, al volver su cabeza “por encima de su hombro izquierdo”: “la huella de una mano abierta, nítida y escarlata, en su carne nacarada”.
     El dramático corolario de ese ingrato malentendido (narrado con jocosidad por Huxley) se lee al final de la novela. Puesto que en el espléndido mundo nuevo no vuela una mosca ni nadie respira ni da un paso sin la autorización de uno de los Diez Controladores Mundiales, el Salvaje —que en Londres es una llamativa curiosidad antropológica de salón— no obtiene el permiso de “su Fordería” Mustapha Mond para irse “a las islas” con sus jóvenes amiguetes Helmholtz Watson y Bernard Marx, y ordena que se quede allí “para continuar con el experimento”. Así que John el Salvaje, ya sin sus compinches y luego de purgarse y dizque “purificarse” de tanta “civilización”, a la manera india, ingiriendo “un poco de mostaza con agua caliente”, decide huir a un ámbito expiatorio y dizque solitario, porque según él no es nadie “para vivir en la visible presencia de Dios”; y según colige: “El único sito donde él se merecía vivir era una asquerosa pocilga, en un hoyo escondido bajo tierra.” Pero el Salvaje, que compra herramientas y alimentos de la nefasta “civilización”, no va muy lejos de Londres ni de los visibles rascacielos, ni se hunde en un pestilente chiquero ni se entierra ni clausura en una cueva subterránea. En el condado de Surrey, cerca de las poblaciones de Puttenham y Elstead, elige de ermita un viejo faro (quizá emulando a un asceta de arcaico y legendario cuño indio), donde se someterá a extremas autodisciplinas y dizque  “purificaciones”; cuyas menudencias, además de parodiar el arquetipo del mítico Simeón el Estilita (c. 359-459), denotan su índole supersticiosa, masoquista, ingenua y psicótica. Según la voz narrativa: “Su primera noche en la ermita fue, deliberadamente, una noche en vela. Se pasó las horas de rodillas, rezando, ya a ese Cielo al que el culpable Claudio había perdido perdón, o a Awonawilona en zuñi; ya a Jesús y Pookong o a su propio animal guardián, el águila. A ratos habría los brazos en cruz y los mantenía así durante muchos minutos, aguantando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una trémula y angustiosa agonía. Los mantenía así, en voluntaria crucifixión, mientras con los dientes apretados y el sudor chorreándole por la cara repetía sin cesar, hasta casi desfallecer de dolor: ‘¡Oh, perdóname! ¡Oh, purifícame! ¡Oh, ayúdame a ser bueno!’”
 
Plancha metálica del siglo VI que muestra a Simeón el Estilita sobre su columna.
La serpiente representa al demonio tratando de tentarlo.
Museo del Louvre
        John el Salvaje, que supone que con ese martirio se ganó “el derecho de habitar el faro”, comienza a prepararse para ello. Además de algún cultivo que piensa cosechar en primavera, empieza a fabricarse un arco y flechas para cazar conejos y aves acuáticas. Pero al descubrirse a sí mismo cantando en esa labor, se dice que “no había ido allí para cantar y divertirse, sino para escapar lejos de la inmunda contaminación de la vida civilizada, para purificarse y hacerse bueno, para subsanar sus errores de una manera activa.” De modo que, “desnudo hasta la cintura”, se azota “con un látigo de cuerdas anudadas”. Patética, dolorosa y lacerante escena a campo abierto, observada por “tres peones de labranza Delta-Menos de uno de los grupos Bokanovsky de Puttenham, que dio la casualidad que se dirigían en camión hacia Elstead”. Ven, con ojos de plato y la quijada caída, que “Tenía la espalda horizontalmente veteada con surcos granates, y entre los verdugones corrían hilos de sangre. El conductor del camión paró a un lado de la carretera y, con sus dos compañeros, contempló boquiabierto el extraordinario espectáculo. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Al octavo, el joven interrumpió su autocastigo para salir corriendo hacia el bosque a vomitar violentamente. [El masoco y crédulo Salvaje, además, previamente se purgó tomando mostaza en agua caliente.] Cuando terminó, volvió a coger el látigo y continuó azotándose: nueve, diez, once, doce...”
   
Flagelante
     “Tres días después, como buitres carroñeros, llegaron los periodistas.” La fama del Salvaje, entonces, corre como reguero de pólvora entre la chismografía londinense y aún más allá: en el continente europeo (y tácitamente en los rascacielos y sótanos del poder del Estado Mundial); fenómeno de circo mediático, exacerbado, aún más, con el sensofilme estereoscópico titulado El Salvaje de Surrey que filma, camuflado, un “experto de la Compañía Productora de Sensofilmes”. Docuchurro que “doce días después” “podía verse, oírse y sentirse en todas las salas de sensocines de primera categoría de Europa occidental”. 
    Vale señalar que el leitmotiv e ímpetu central de la autoflagelación del Salvaje, la filmada por el sensocineasta con “cámaras telescópicas”, lo incitan las pulsiones y ensoñaciones sexuales que no puede eludir al recordar y desear —somnoliento y recostado— a la suculenta Lenina, a quien ve “desnuda y tangible”, diciéndole seductoras palabras. La consecutiva escena de autoflagelación, misógina y lastimera, habla por sí sola de la represión psíquica, del desorden mental y moral que lo agobia, de su ignorancia de sí mismo, y de lo que contradictoriamente bulle en su cuerpo y en su interior: 
    “—¡Ramera! ¡Ramera! —gritaba a cada azote, como si fuera a Lenina (¡y con qué frenesí, sin saberlo, deseaba que lo fuera!), la blanca, cálida, perfumada, infame Lenina, a quien flagelaba—. ¡Ramera! —Y después, con voz desesperada—: ¡Ay, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy perverso. Soy... No, no... ¡Tú, tú, ramera, ramera!”
   

Flagelante
(Grabado del Medioevo)
       Vale añadir que el sensofilme atrae a toda una horda de ansiosos y babeantes voyeristas que se desplazan en manadas de helicópteros a presenciar “El show del látigo”; y coreando a gaznate pelado se lo demandan: “¡El show del látigo! ¡El show del látigo! ¡El show del látigo!” El número se desata cuando —¡Ford, mío! ¡Hágase tu voluntad!— llegan en helicóptero el rubio Henry Foster y la muy neumática y despampanante Lenina Crowne. Pues el Salvaje, ni tardo ni perezoso se lanza contra ella azotándola con “su látigo de cuerdas anudadas”, y gritándole estentóreas palabrotas: “¡Ramera!”, “¡Arde, lujuria, arde!”, “¡Oh, la carne!”, “¡Muere! ¡Muere!”  
   El clímax y la catarsis orgiástica del violento numerito, no obstante, se desencadenan cuando entre los voyeristas se desata una especie de hipnótico delirio y psicosis colectiva. Según la voz narrativa:
   “Arrastrados por la horrorosa fascinación del dolor e íntimamente impelidos por el hábito de cooperación, por ese deseo de unánime expiación que su condicionamiento había implantado en ellos de un modo tan inexpugnable, empezaron a imitar el frenesí de sus gestos, golpeándose unos a otros tal y como el Salvaje golpeaba su propia carne rebelde o aquella rolliza encarnación de la inmoralidad que se retorcía entre la maleza, a sus pies.
   “—¡Muere, muere, muere! —seguía gritando el Salvaje. Entonces, de pronto, alguien empezó a cantar: ‘Oligorgía’, y al momento todos repitieron el estribillo y empezaron a bailar. ‘Oligorgía’, dando vueltas sin parar, golpeándose unos a otros al compás de seis por ocho. ‘Oligorgía...’
    “Fue después de la medianoche cuando el último de los helicópteros emprendió el vuelo. Atontado por el soma, y exhausto por el prolongado frenesí de sensualidad, el Salvaje [¡que era abstemio, virgen y puritano!] yacía durmiendo en el brezal. El sol estaba ya muy alto cuando despertó. Siguió tumbado un momento, parpadeando ante la luz con indiferencia de búho; luego, súbitamente, lo recordó todo.
    “—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —y se tapó los ojos con una mano.”
    Vale añadir que con su escenográfico suicidio John el Salvaje pone punto final al fardo de sus complejos e infundadas culpas y al “experimento” de “su Fordería”, pues resulta lógico que el todopoderoso y autoritario Mustapha Mond no dejó de observarlo en un burbujeante tubo de ensayo. Tómese en cuenta que ninguna fuerza represiva fue por él, que nadie detuvo el circo mediático en el entorno del faro ni la transitoria locura grupal. Pero pudo suceder, si alguien daba la orden, que llegara la policía que vela por la “COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD” (según reza “la divisa del Estado Mundial”), lista para que nadie, fuera de sí y sin control, riegue el tepache o haga pipí a un lado de la bacinilla. Piénsese, por ejemplo, que para contener la trifulca grupal que provoca John el Salvaje en el Hospital de Moribundos de Park Lane al lanzar por la ventana las dosis de soma, la policía, para contener y apaciguar a la multitud de idénticos gemelos Deltas, llega, intimidatoria, “con sus máscaras con hocicos de puercos y ojos saltones”, y actúa con método:
Policías de Taiwán con máscaras
   “[...] Tres agentes que portaban aparatos pulverizadores en la espalda bombardearon espesas nubes de vapor de soma por los aires. Otros dos se encargaban del aparato de música sintética portátil. Otros cuatro, armados con pistolas de agua cargadas con un potente anestésico, se habían abierto paso en la multitud y derribaban metódicamente, con un chorro tras otro, a los más violentos.” [...] 
    “Harto de sus chillidos [del psicólogo Bernard Marx], uno de los policías le lanzó un disparo con su pistola de agua. Bernard estuvo tambaleándose durante uno o dos segundos. Sus piernas parecían haber perdido los huesos, los tendones y los músculos; parecían haberse convertido en simples palillos de gelatina que al final se hacían agua. Se desplomó en el suelo como un bulto.
   “Súbitamente, una voz empezó a hablar desde el aparato de música sintética. La Voz de la Razón, la Voz de los Buenos Sentimientos. La cinta sonora formulaba su discurso sintético antidisturbios número 2 (grado medio). Directamente desde las entrañas de un inexistente corazón, la voz decía:
   “—¡Amigos míos, amigos míos!
   “Era una voz tan conmovedora, con aquel matiz de reproche tan infinitamente tierno que, detrás de sus máscaras antigás, hasta los ojos de los policías rebosaban de lágrimas al instante.” 
    [...]
   “Dos minutos después, la voz y los vapores de soma habían producido su efecto. Llorando, los Deltas se besaban y acariciaban unos a otros: media docena de gemelos juntos en un amplio abrazo. Incluso Helmholtz y el Salvaje estaban a punto de llorar. El Tesorero Central hizo llegar una nueva provisión de pastilleros con soma. Se repartieron apresuradamente y, al son de la abaritonada despedida de la cariñosísima voz, los gemelos se dispersaron, lloriqueando como si se les partiese el alma.” 

V de V
El lector puede preguntarse qué fue de los jóvenes Helmholtz Watson y Bernard Marx exiliados, al parecer, en una misma isla. Y qué ocurre en esas ínsulas, que son prisiones, donde están agrupados los humanoides, de castas superiores, que desarrollaron una marcada individualidad y capacidad de pensar más allá del dogma y de sus narices, pese a haber sido preconcebidos y procreados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial y a su consecutivo, dizque “sabihondo” y dizque infalible condicionamiento hipnopédico. ¿Cómo los ubicuos y dizque omniscientes Diez Controladores Mundiales dirigen y orquestan el control y la dictatorial vigilancia en el interior de ese disperso archipiélago de soledades? ¿De qué tipo de limitadas libertades gozan? ¿Cómo transcurre su cotidianidad de ser “alguien”? ¿Les brindan reguladas dosis del adictivo e imprescindible soma? ¿Siguen con su apariencia de jovenzuelos de 17 años hasta el inicio de la sexta década?, pues en el caso de la madre del Salvaje no fue así. ¿Continúan sometidos y contentos con su ombligo y consigo mismos? ¿Son puros ejemplares machos o también hay hembras? ¿Y si acaso hay hembras fértiles, aún están obligadas al “condicionado” uso de los anticonceptivos? ¿Formulan algún tipo de filosofía radical y de pensamiento emancipador? ¿Son parte de alguna clandestina y subterránea resistencia? ¿Organizarán alguna revolución social y política que derroque a la “benevolente” dictadura del Estado Mundial? 
Henry Ford
(1863-1947)
        Vale decir, por último, que en esa oscura y malévola Era Ford, el consubstancial Dios al que adoran y tributan las castas superiores e inferiores a través de la ficticia, impuesta, obligatoria y única pseudorreligión (el fordismo) —la religión es el opio de los pueblos, Karl Marx dixit—, no parece ser el norteamericano Henry Ford (1863-1947), introductor, en la vida real, de la cinta de montaje en la fabricación de autos y con ello precursor de la industrial producción en masa, específicamente, en el contexto de la novela, del celebérrimo Modelo T (fabricado por la Ford Motor Company entre 1908 y 1927) —de ahí que los humanoides, producidos en masa y en series, se persignen (quizá con el dedo eréctil) haciendo la señal de la T (parodia de la señal de la Cruz), que el símbolo de la T se observe por todas partes (en lo alto de la Torre de Charing-T, por ejemplo), y que en el laboratorio los envases para varones sean etiquetados con una T—, sino que el mero e intangible Dios (el supuesto ser divino tras el pestilente cómodo de sus “Forderías”) —ubicuo, tácito e implícito— parece ser el ruso Iván Pávlov (1849-1936), pues el “método neopavloviano” trasmina el “método de la hipnopedia” con que dogmáticamente son “condicionadas” —desde que son “interminables filas de bebés en frascos”— las castas superiores e inferiores, tanto en su conducta, individual y grupal, como en sus limitadas y preconcebidas facultades físicas y niveles cognoscitivos.  



Iván Pávlov
(1848-1936)
  


Aldous Huxley, Un mundo feliz. Traducción del inglés al español, prólogo, notas y bibliografía de Jesús Isaías Gómez López. Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra. Madrid, 2013. 496 pp.


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Metrópolis (1927), largometraje dirigido por Fritz Lang (versión restaurada y con rótulos en español).