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lunes, 12 de febrero de 2018

El Golem


   El nombre es arquetipo de la cosa
                               
I de II
Sucesivos y numerosos lectores, ocultos en las catacumbas de la recalentada aldea global (y de distintos idiomas), acceden por primera vez a El Golem (“en hebreo significa terrón de tierra, así como Adán quiere decir arcilla”) —legendaria novela del vienés Gustav Meyrink (1868-1932) escrita en alemán y editada en 1915, en Leipzig, por Kurt Wolff, en un libro ilustrado con ocho litografías de Hugo Steiner-Prag— inducidos por las breves y dispersas alusiones que de tal obra hace el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) y al unísono sobre la antigua y epónima leyenda popular judeocabalística.
Margarita Guerrero en 1945
Foto: Grete Stern
    Por ejemplo, en uno de los textos breves del célebre Manual de zoología fantástica (FCE, México, 1957), urdido con la inasible y evanescente Margot: Margarita Guerrero; en su poema “El Golem”, fechado en 1958 e incluido en El otro, el mismo (Emecé, Buenos Aires, 1964); en su conferencia “La cábala”, de Siete noches (FCE, México, 1980), en cuya transcripción y corrección participó el periodista y diplomático argentino Roy Bartholomew; en su prólogo a El cardenal Napellus, narraciones de Gustav Meyrink (La Biblioteca de Babel núm. 3, Siruela, Madrid, 1984); en dos brevísimas notas publicadas en la revista de señoras elegantes El Hogar, es decir, en un par de los llamados Textos cautivos (Tusquets, Barcelona, 1986) por Emir Rodríguez Monegal y Enrique Sacerio-Garí: la reseña, del “16 de octubre de 1936”, sobre El ángel de la ventana occidental, novela de Gustav Meyrink, de 1920, que Borges leyó en alemán, y la biografía sintética que le dedicó el “29 de abril de 1938”. Y en un minúsculo comentario dicho por Borges que se puede oír en todo el globo terráqueo en YouTube y en Borges por él mismo, disco compacto editado con un libro en 1999, en Madrid, con el número 128 de la Colección Visor de Poesía, Serie El poeta en Su Voz; grabación hecha originalmente a través de “un convenio entre la Universidad Autónoma de México y AMB Discográfica de Buenos Aires”, que cierta élite asentada en la capital mexicana otrora pudo escuchar, pues en 1968 el Departamento de Voz Viva, de Difusión Cultural de la UNAM, la publicó con el número 13 de la serie Voz Viva de América Latina —la segunda y última edición data de 1982—, cuyo elepé incluye un cuaderno adjunto con los comentarios, prosas y versos que el poeta ciego de Buenos Aires dijo de memoria, más un prólogo que Salvador Elizondo firmó en “Oberengadin, Suiza, 15 de febrero, 1968”.

   
Jorge Luis Borges, Octavio Paz y Salvador Elizondo
Capilla del Palacio de Minería
México, abril de 1981
        Tal comentario de Borges, al parecer improvisado, precede a su recitación de “El Golem” y dice a la letra: “El primer libro que leí en alemán, que descifré en alemán, mejor dicho, fue la novela Der Golem de Gustav Meyrink. El tema, el tema de un hombre fabricado por los cabalistas, me impresionó. Después leí el libro de 
[Gershom] Scholem, al cual hago alusión en el texto y el libro de Frachtenberg [Abraham von Franckenberg sobre supersticiones judías. Mi amigo Adolfo Bioy Casares dice que este poema es el mejor de los muchos, de los demasiados poemas que he perpetrado. Creo que tiene razón, ya que este poema, si no me engaña la vanidad, se aúnan lo patético y lo humorístico. El Golem es al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios y es también lo que el poema es al poeta.”
La familia Borges tras su llegada a Ginebra a mediados de abril de 1914
Los papás: Jorge Guillermo Borges y Leonor Rita Acevedo
Los hijos: Norah y Georgie
      Esto remite al hecho (esbozado por todos los biógrafos habidos y por haber) de que los Borges vivieron en Ginebra entre 1914 y 1918 (los aciagos años de la Gran Guerra), y que durante tal período, en 1916, el joven Georgie empezó a enseñarse a sí mismo el germano con el auxilio de un diccionario alemán-inglés y “los primeros poemas de Heine, el Lyrisches Intermezzo”. Esto también lo menciona el propio Borges en su parcial y polémico Autobiographical Essay, escrito en inglés con el norteamericano Norman Thomas di Giovanni de amanuense, publicado el 19 de septiembre de 1970 en la revista The New Yorker, e incluido en el libro antológico The Aleph and other stories, 1933-1969 (Dutton, New York, 1970); Ensayo autobiográfico póstumamente prologado y traducido al español por Aníbal González, precisamente para la edición conmemorativa del centenario del nacimiento del argentino, impresa en España, en 1999, por Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores y Emecé, con un epílogo de María Kodama y numerosas fotos en blanco y negro. Allí, en la página 40 dice Borges: “Poco a poco, y dado el sencillo vocabulario de Heine, descubrí que podría prescindir del diccionario. Pronto me abrí camino entre los encantos de ese idioma. También conseguí leer El Golem, la novela de Meyrink. (En 1969, estando yo en Israel, hablé sobre la leyenda bohemia del Golem con Gershom Scholem, destacado erudito del misticismo judío, cuyo apellido utilicé dos veces como única rima adecuada en mi poema sobre el Golem.)” Vale recordar, entre paréntesis, que en Israel, el 19 de abril de 1971, Borges recibió la cuarta entrega del “Premio Jerusalén, dotado de 2.000 dólares”.

Norman Thomas di Giovanni y Borges
        Curiosamente, en la página 174 de La cábala y su simbolismo (impreso en alemán en 1960, traducido al español por Juan Antonio Pardo y desde 1978 sucesivamente reeditado en México por Siglo XXI), Gershom Scholem 
—cuyo libro más célebre es Las grandes corrientes de la mística judía (FCE, México, 1993), cuya primera edición en inglés data de 1941 transcribe una versión tardía de la antigua leyenda judaica, “tal como la describió con visión penetrante Jakob Grimm [uno de los celebérrimos Hermanos Grimm] en el romántico Periódico para eremitas, del año 1808 [‘Según Rosenfeld’].
   
Gershom Scholem
(Berlín, diciembre 5 de 1897-Jerusalén, febrero 21 de 1982)
        “Los judíos polacos modelan, después de recitar ciertas oraciones y de guardar unos días de ayuno, la figura de un hombre de arcilla y cola, y una vez pronunciado el šem hameforáš [‘el nombre divino’] maravilloso sobre él, éste ha de cobrar vida. Cierto que no puede hablar, pero entiende bastante lo que se habla o se le ordena. Le dan el nombre de Gólem, y lo emplean como una especie de doméstico para ejecutar toda clase de trabajos caseros. Sin embargo, no debe salir nunca de casa. En su frente se encuentra escrito emet [‘verdad’], va engordando de día en día y se hace enseguida más grande y fuerte que todos los demás habitantes de la casa, a pesar de lo pequeño que era al principio. De ahí que, por miedo de él, éstos borren la primera letra, de forma que queda sólo met [‘está muerto’], y entonces el muñeco se deshace y se convierte en arcilla. Pero hubo una vez uno que, por un descuido, dejó crecer tanto a su Gólem que ya no podía llegarle a su frente. Movido por un gran miedo, ordenó a su criado que le quitase las botas, pensando que, al doblarse, le podría llegar a la frente. Ocurrió tal como pensaba el dueño, y éste pudo felizmente borrar la primera letra, pero toda la carga de arcilla cayó sobre el judío y lo aplastó.”

Borges y María Esther Vázquez
(Rosario, Argentina, 1983)
         La argentina María Esther Vázquez, colaboradora de Borges en Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965) y en Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965) y autora de la biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996) y, entre otros libros, de las entrevistas Borges, sus días y su tiempo (Punto de lectura, Madrid, 2001), colaboró con él en La Biblioteca di Babele, serie de 33 libros de literatura fantástica que Borges dirigió y prologó (en su mayoría) a petición de Franco Maria Ricci, adinerado y exquisito editor europeo que la publicó en italiano, en Parma y Milán, entre 1975 y 1985; la cual, entre 1983 y 1988 apareció en español editada en Madrid por Ediciones Siruela —la editorial fundada por el adinerado y exquisito Conde de Siruela—, precedida por los seis títulos de la colección editados en Buenos Aires, entre 1978 y 1979, por Ediciones Librería de la Ciudad. En el citado prefacio a El cardenal Napellus 
número 3 en Siruela (Madrid, 1984) y número 4 en Ediciones Librería de la Ciudad (Buenos Aires, 1979)—, que además del relato que le da título al librito incluye los cuentos “J.H. Obereit visita el país de los devoradores del tiempo” y “Los cuatro hermanos de la luna. Un documento” (trilogía traducida del germano por María Esther Vázquez), Borges, al inicio, vuelve a recordar su aprendizaje del alemán en Ginebra, en 1916, y su descubrimiento de El Golem, y más adelante dice: “Hacia 1929 yo vertí al español el primer texto de este volumen, que procede del libro de relatos Fledermäuse, y lo publiqué en un diario de Buenos Aires, que envié a Meyrink. Éste me contestó con una carta en la que, a través del desconocimiento de nuestro idioma, ponderaba mi traducción. Me envió a sí mismo su retrato. No olvidaré los finos rasgos del rostro envejecido y doliente, el bigote caído y el vago parecido con nuestro Macedonio Fernández. En Austria, su patria, los muchos acontecimientos de la literatura y de la política casi han borrado su memoria.”
     
Gustav Meyrick
(Viena, enero 19 de 1868-Starnberg, diciembre 4 de 1932)
        Y bueno, otra indeleble referencia que Borges hizo sobre el Golem y la novela homónima de Gustav Meyrink, es el prólogo que escribió (dictando y corrigiendo de oído) cuando incluyó a ésta en el número 41 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, que él pergeñó y codirigió con María Kodama (quien era su secretaria, lazarilla y amanuense), libro impreso por Hyspamérica Ediciones, en 1985, en Madrid. (Vale observar que tal colección de 75 números, tres de ellos sin prólogo de Borges, editados por Hyspamérica entre 1985 y 1986, tuvo la particularidad de que se distribuyó a través de estanquillos de periódicos de España y América Latina). En tal prólogo dice Borges:

“Los discípulos de Paracelso acometieron la creación de un homúnculo por obra de la alquimia; los cabalistas, por obra del secreto nombre de Dios, pronunciado con sabia lentitud sobre una figura de barro. Ese hijo de una palabra recibió el apodo de Golem, que vale por el polvo, que es la materia de que Adán fue creado. Arnim y Hoffmann conocieron esa leyenda. En el año 1915, el austríaco Gustav Meyrink la renovó para la escritura de esta novela. Harta de sonoras noticias militares, Alemania acogió con gratitud sus fabulosas páginas, que le permiten olvidar el presente. Meyrink hizo del Golem una figura que aparece cada treinta y tres años en la inaccesible ventana de un cuarto circular que no tiene puertas, en el ghetto de Praga. Esa figura es a la vez el otro yo del narrador y un símbolo incorpóreo de las generaciones de la secular judería. Todo en este libro es extraño, hasta los monosílabos del índice: Prag, Punsch, Nacht, Spuk, Licht. Como en el caso de Lewis Caroll, la ficción está hecha de sueños que encierran otros sueños. Hacia esa fecha, Meyrink había dejado la fe cristiana por la doctrina del Buddha.
“Antes de ser un buen terrorista de la literatura fantástica, Meyrink fue un buen poeta satírico. Su Cornucopia del burgués alemán data de 1904. En 1916 Meyrink publicó El rostro verde, cuyo protagonista es el Judío Errante, que en alemán se llama Judío Eterno; en 1917 La noche de Walpurgis; en 1920 una novela que hermosamente se titula El ángel de la ventana occidental. La acción ocurre en Inglaterra, los personajes son alquimistas. Gustav Meyrink, cuyo prosaico nombre era Meyer, nació en Viena en 1868 y murió en Starnberg, Baviera, en 1932.”


II de II
Pero si seducido e inducido por las fragmentarias referencias borgeseanas (no exentas de crítica y de algún yerro), el novicio lector de las catacumbas de la recalentada aldea global piensa que en la novela de Gustav Meyrink accederá a los desvelos y afanes de un erudito rabino empeñado en dar vida a un Golem de barro mediante el dominio de los secretos de la supuesta mística judía, es decir, de la cábala; y más aún: que será testigo del destino del Golem, de sus torpezas en la sinagoga al ejecutar las rudas labores domésticas para las que fue creado, de su incapacidad para hablar y comprender más allá de su frente y nariz (quizá a imagen y semejanza del Herman Monster televisivo o del Frankenstein cinematográfico corporificado por Boris Karloff), de su constante y descomunal crecimiento, y de algunos otros meollos que según la antigua tradición suscita, como aplastar y despanzurrar al rabino en el instante en que éste determine su fin, hay que decirle que el asunto no va por allí, y que ante el trazo, reescritura y transformación que hizo Gustav Meyrink, Gershom Scholem, en el citado libro La cábala y su simbolismo (Siglo XXI, México, 1978), antes de iniciar el análisis de “La idea del Gólem en sus relaciones telúricas y mágicas”, dice, entre otras cosas, que en El Gólem de Meyrink “queda poco de la tradición judía”; que en su “cabalística hipotética [...] se presentan unas ideas de salvación más de corte hindú que judaico”; y que pese a “su desordenada y caótica confusión”, los “elementos de una profundidad —e incluso grandeza— incontrolable se confunden con una extraña facilidad para la charlatanería mística y para el épater le bourgeis”, lo cual, dado que en la lengua de Cervantes significa “espantar al burgués”, quizá pudo haber regocijado al joven Georgie, en Ginebra, quien en tanto alumno del Colegio Calvino (el Collège de Gèneve fundado por Juan Calvino en 1559), donde estuvo inscrito entre 1914 y 1917 (“su última experiencia académica como alumno”), con su condiscípulo y amigo judío Simon Jichlinski hacía largas caminatas y excursiones, mientras que con Maurice Abramowicz, su otro amigo judío, a quien  al parecer conoció en 1917 —el año en que Borges empezó a escribir sonetos en francés e inglés, pero no en español—, compartía también el descubrimiento filosófico y literario (los simbolistas franceses, el expresionismo alemán, Henri Barbusse, Romain Rolland, Johannes Becher, Walt Whitman, Gustav Meyrink, etc.), andanzas nocturnas y tabernarias, y recitaciones de poemas frente al Ródano (Les fleurs du mal de Baudelaire y Le bateau ivre de Rimbaud, etc.), e incluso se tiraban clavados y nadaban a brazo batiente, más una óptica antibelicista, antimilitar, anticapitalista, revolucionaria, maximalista y pro bolchevique.
Curso escolar 1916-1917 del Colegio Calvino de Ginebra
(el Collège de Gèneve fundado por Juan Calvino en 1559)

Borges, en la fila superior, en el centro, con los brazos cruzados y sin corbata.
Su amigo, Simon Jichlinski, en la tercera fila, el tercero por la derecha.
  En la novela de Gustav Meyrink —cuya primera edición por entregas apareció en diciembre de 1913, en Leipzig, en Die Weissen Blätter, revista del expresionismo alemán, donde en octubre de 1915 se editó La metamorfosis de Franz Kafka (que Kurt Wolff llamaba la historia de la chinche)—, Zwakh, un viejo marionetista y cuentero ambulante, narra pormenores de la leyenda oral del Golem, la cual, según él, se gestó en el siglo XVI en la calle de la Antigua Escuela del añejo gueto de Praga, sitio donde viven y dialogan los personajes en un tiempo onírico ubicado a fines del siglo XIX o a principios del XX. Desde entonces, cada 33 años (la edad de Cristo) aparece el Golem, homúnculo que súbitamente se suele ver en las callejas del gueto o en un alto cuarto de la Antigua Escuela: aquel cuyo único acceso es una ventana enrejada que da a la calle.

Así, las premoniciones oníricas y los presagios en la vida cotidiana se suceden y anuncian la inminente aparición del Golem. Por ejemplo, Zwakh, quien habla con otros tres alrededor del ponche (Prokob, músico; Vrieslander, pintor; y Pernath, tallador de piedras preciosas), dice que supo del Golem hace 66 años, en su infancia, cuando sus rasgos faciales aparecieron al fundir plomo; y hace 33, cuando inesperadamente tropezó con él en una calle del gueto. 
En este sentido, en el ojo del huracán de la cabalística fecha y de tal atmósfera premonitoria y propiciatoria, casi al concluir la charla, Pernath y Zwakh ven que los rasgos del Golem se esbozan por sí mismos en la cabeza de la marioneta que Vrieslander talla en madera, los cuales Zwakh había reconocido en los rasgos de un tipo que Pernath vio en un sueño, ámbito donde al parecer le entregó el libro de Ibbur que, oh paradoja, posee en la supuesta realidad.
Athanasius Pernath, el protagonista, sujeto de señales y presagios que anuncian la aparición del Golem, se introduce, desde su cuarto y sin proponérselo, en un oscuro laberinto subterráneo bajo el gueto que lo conduce a la alta habitación que sólo tiene una ventana enrejada, donde halla la túnica medieval que identifica al Golem y un juego del tarot (que dentro de la superstición de la novela significa lo mismo que la Torá, la ley judaica), cuyos 22 arcanos mayores son el mismo número de las letras del alfabeto hebreo; es decir, según la novela se trata de una especie de libro donde está cifrada la cábala, la mística judía para concebir al Golem. Pero Pernath —quien habla alemán, ignora el hebreo y el significado de los arcanos del tarot— sólo extrae y guarda en su bolsillo la carta del fou (el loco), tras sufrir una pesadillesca y recíproca magnetización ante tal imagen; la cual se enfatiza aún más si se piensa que el fou representa su alter ego y a sí mismo, puesto que estuvo en el manicomio, no recuerda su pasado ni cómo aprendió su oficio de tallista de piedras preciosas; y en el gueto, pese a su fama de hacedor de rutilantes gemas, lo tildan de loco. 
En tales circunstancias, dos veces encarna el fantasma del Golem, dos posibles vaticinios de su verdadera aparición en el gueto de Praga: cuando unas ancianas lo oyen y lo ven gritar encerrado en lo alto del cuarto sin acceso; y cuando en la calle, todavía ataviado con la túnica medieval, suscita pánico entre quienes creen ver al auténtico, horrorosísimo y espeluznante Golem.
Shemajah Hillel, archivero en el ayuntamiento y en la sinagoga Altneus (cercana a la Antigua Escuela) donde se guarda la “figura de barro de la época del emperador Rodolfo” (los restos de un Golem, dicen algunos), es un individuo bondadoso y desprendido que inspira respeto y que mediante la hipnosis conjura la catalepsia que ataca al angustiado, fóbico y amnésico de Pernath. Por sus conocimientos del hebreo, del tarot, de la cábala y por ende del Libro del Esplendor o Zohar—la obra central de la mística judía o tradición de las cosas divinas, urdida en el siglo XIII por Moisés de León (quien se la atribuye a Shimon bar Yojai)—, pese a que no es un rabino (de hecho en la novela no actúa ninguno), podría ser el que ante un montón de arcilla moldeada con la figura de un hombre convocara el surgimiento del Golem tras escribir en su frente la palabra emet (verdad) y al pronunciar la cifra divina: “el Nombre que es la Clave” (concebido al combinar y permutar “las letras de los inefables nombres de Dios”); es decir, el que día a día, mientras el Golem engorda y crece, lo activara colocándole detrás de los dientes la secreta inscripción que atrae “las libres fuerzas siderales del universo”; y el que pudiera dictar su necesario e irremediable fin tras borrar la primera letra de la citada palabra, de modo que quedaría met (muerto).
Sin embargo, el Golem nunca aparece corporificado en una figura de barro, sino sólo aludido como un terrorífico fantasma acuñado por la tradición y el inconsciente colectivo, ante el cual, cuando alguien se encontrara con él, según rezan las anécdotas sin que ocurra ningún caso que lo compruebe, sentiría el vértigo y la certeza de hallarse frente a sí mismo, ante su propia alma, frente a un doble que es él y todos los individuos a la vez.
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 41
Hyspamérica Ediciones
Madrid, 1985
  En su citado prólogo a El Golem, Borges dice que se trata de una novela onírica: “Como en el caso de Lewis Carroll, la ficción está hecha de sueños que encierran otros sueños”. Es cierto. La obra inicia con una serie de sueños y pesadillas que pertenecen a Athanasius Pernath (imágenes repletas de símbolos que denotan la pagana y abigarrada afición del vienés Gustav Meyrink por la fantasía hermética y esotérica, por las antiguas religiones, por la videncia onírica, y por la moda del subconsciente, del psicoanálisis y de la interpretación de los sueños). 

Pero sólo al término se sabe que el total de lo soñado y vivido por el bueno de Athanasius Pernath (incluidas las videncias y confluencias oníricas y lo evocado, vivido, leído, escrito y soñado por los otros personajes) en realidad ha sido soñado en el lapso de una hora por un hombre que por equivocación tomó, en la catedral de Hadschrim, el sombrero de Pernath, el cual suscitó tooooooodo el sueño (que es todos los sueños) y le reveló las pistas que lo guían para devolvérselo a éste, quien aún vive, pese a que el viejo gueto del sueño ya no existe como tal.
Ahora que si el sombrero de Athanasius Pernath es una especie de objeto mágico, sosias o doble del protagonista, cabe añadir que la novela de Gustav Meyrink es, además, una apología y deificación de las supuestas virtudes trascendentales y cósmicas del amor, dado que Pernath y Miriam (quien en su pobreza esperaba milagros) encarnan la fusión místico-erótica de la dualidad (el retorno a la dualidad primigenia), la rosa sin por qué que para ellos —“espejos de Dios”, “profetas”— es representada por la imagen de un semidiós hermafrodita, dizque del antiguo culto egipcio a Osiris, no como “una meta final”, sino “como principio de un nuevo camino, eterno... sin fin”. 
De ahí que los detalles de tal culto se encuentren plasmados a lo largo de los mosaicos azul turquesa con frascos dorados que cubren toda la muralla del jardín de la casona de ambos, y que la gran puerta de ésta, como si fuera el grueso y alto portón de un antiguo templo sagrado, esté adornada con el regio y barroco hermafrodita: una hoja es la figura femenina y la otra es la masculina.


Gustav Meyrink, El Golem. Traducción del alemán al español de Celia y Alfonso Ungría. Prefacio de la serie y prólogo de Jorge Luis Borges. Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 41, Hyspamérica Ediciones. Madrid, 1985. 280 pp.


***

Nota bene: Recién he leído la edición de El gólem (Letras Populares núm. 11, Ediciones Cátedra, Madrid, 2013), traducida del alemán, anotada y prologada por Isabel Hernández (quizá la mejor entre las distintas versiones que circulan en el mercado del idioma español), donde, entre las previsibles variantes de la traducción, descuella el hecho de que cuando Athanasius Pernath se introduce en el cuarto (sin puertas y con una sola ventana enrejada) donde la leyenda reza que aparece el gólem cada 33 años, la primera carta del tarot que observa y que al salir de allí guarda en su bolsillo, no es la del fou (el loco), como sucesivamente se lee en la traducción de Celia y Alfonso Ungría, sino la del mago, lo cual implica otro sentido y las subsiguientes repeticiones, acepciones y consonancias.



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Enlace a "El Golem", poema de Jorge Luis Borges comentado y recitado por él mismo. 

Enlace a Der Golem, wie er in die Welt kam (1920), con rótulos en español.


martes, 6 de febrero de 2018

Los primeros hombres en la Luna

Náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología

De 1901 data la primera edición en inglés de Los primeros hombres en la Luna (The first men in the Moon), celebérrima y fantástica novela de aventuras y ciencia ficción del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946) —varias veces recordada por Jorge Luis Borges—, donde hay una mínima y elíptica alusión a las no menos célebres novelas del escritor francés Julio Verne (1828-1905): De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune, 1865) y Viaje alrededor de la Luna (Autour de la Lune, 1870). Lo cual evoca el influjo que esos libros ejercieron en la lúdica imaginación del cineasta Georges Méliès (1861-1938) para crear su ultracelebérrima y caricaturesca película Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902). Baste recordar en el filme, sobre lo que concierne a Verne, la nave que transporta a los estrafalarios y locuaces astrónomos: una especie de rudimentaria, enorme y hueca bala metálica (construida por operarios que golpean y laboran sobre un yunque y sobre el metal de la estructura) que es disparada por un descomunal cañón tras encender la mecha con un largo mechero; y en lo que corresponde a Wells: las cavernas de la Luna, la exuberante vegetación lunar en la que descuellan los enormes hongos, y las características físicas de la tribu de selenitas (en particular sus manazas semejantes a pinzas y sus ojos parecidos a los ojos de las aves) y sus rupestres lanzas, quienes incluso llevan prisioneros a los terrícolas, con las manos atadas por detrás, frente a su monarca: una especie de Gran Lunar apoltronado en su trono, rodeado por la guardia real (armada con lanzas) y por edecanes (quizá concubinas) de apariencia terrestre. 
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
        Traducida al español por Jaime Elías y publicada en Barcelona, en 1971, por Plaza & Janés en la extinta colección de libros de bolsillo: Rotativa, Los primeros hombres en la Luna —la novela de H.G. Wells que incidió (con el conjunto de su obra) en que la Unión Astronómica Internacional le otorgara su nombre a un cráter de la Luna—, se divide en veintiséis capítulos con títulos y números romanos (impresos con liliputiense tipografía y salpimentados con algunas erratas, sin duda implantes de algún chocarrero duende lunar con rostro de hormiga alienígena). La novela es un supuesto relato testimonial escrito y contado por un tal Bedford; y en el decurso narrativo se distinguen dos momentos. En el primero, el tal Bedford, que es británico, se halla en Italia, en Amalfi, donde rememora y relata cómo recién llegado a Lympne —pueblo del condado de Kent, en Inglaterra— conoció a un tal Cavor (un peculiar científico e inventor), y cómo con él realizó un inesperado y sorprendente viaje a la Luna (poco después de que el 14 de junio de 1899 quedara descubierta la fórmula exacta para elaborar la cavorita) y cómo regresó solo a la Tierra, cayendo la esfera (el vehículo en que se transportaron a la Luna) en las aguas del Canal de la Mancha, cuya marea la lleva flotando a la playa de Littlestone, en el condado de Kent, donde, con el aspecto de un desaseado y hediondo salvaje en harapos, se hospeda en el balneario; y, para que un acreedor no lo localice y así no pagarle nada, con el apellido Blake  —neurótico, imperativo y gritón— contrata el depósito, en el Banco de New Romney, de las pesadas barras de oro y las cadenas del mismo metal que trajo de la Luna. Luego, tras perder la esfera que ideara y construyera Cavor (un chiquillo travieso la activó y se fue en ella), se traslada a Amalfi, donde escribe el relato (homónimo de la novela de H.G. Wells), el cual publica por entregas en el Strand Magazine. De Amalfi se va a Argel. Y después de seis meses de estar allí, Julius Wendigee, un lejano y borroso ingeniero electricista holandés que al parecer leyó la historia escrita por Bedford, se pone en contacto con él porque “estaba recibiendo, día tras día, un mensaje fragmentario en inglés, que sin duda procedía de Cavor, desde la Luna”.

(Plaza & Janés, Barcelona, 1971)
       Esto es así porque Julius Wendigee posee un pequeño observatorio en San Gotardo, en Suiza, “en la falda del Monte Rosa”, donde “estaba haciendo experimentos con ciertos aparatos semejantes a los que Tesla utiliza en Norteamérica en sus intentos de descubrir algún método de comunicación con Marte”. Según reporta Bedford: “Mr. Wendigee recibió el primer mensaje cuando se hallaba ocupado en una investigación completamente distinta. El lector recordará, sin duda, el estado de excitación en que se sumió el mundo a principios de siglo, cuando Nikola Tesla, el célebre electricista americano [de origen serbio], anunció que había recibido un mensaje de Marte. Esta declaración atrajo de nuevo la atención pública a un hecho que, desde tiempo atrás, había sido familiar a los hombres de ciencia, es decir, al descubrimiento de que desde algún punto desconocido del espacio llegan continuamente a la Tierra ondas electromagnéticas, totalmente semejantes a las utilizadas por Marconi para su telegrafía sin hilos. Además de Tesla, otros muchos investigadores han estado perfeccionando aparatos para recibir y registrar vibraciones, aunque muy pocos se atreven a afirmar que son mensajes procedentes de algún lugar extraterrestre. Pero entre esos pocos debemos contar a Mr. Wendigee, que desde el año 1898 se había consagrado casi enteramente a este asunto, y que, por ser hombre de abundantes medios pecuniarios, ha erigido un observatorio en la falda del Monte Rosa, en una situación perfectamente adecuada para tales observaciones.”

Nikola Tesla
(1856-1943)
Según apunta Bedford, apenas han transcurrido dos años desde que Cavor se quedó en la Luna (con los secretos para elaborar la cavorita y la esfera). Y él y Julius Wendigee, antes de una última interrupción y silencio final de Cavor (se disponía a transmitir la fórmula de la cavorita), sólo recibieron “dieciocho largas descripciones lunares” (marconigramas en código Morse, se infiere, dado que utilizó “la clave usual en telegrafía”), que son fragmentarias e interrumpidas, de las que ambos, “el próximo mes de enero”, publicarán “una edición completa y con anotaciones”, “junto con una detallada descripción de los instrumentos empleados”, que será un “informe completo y científico”, del cual Bedford, para los atónitos, boquiabiertos, estrábicos y sedientos lectores, hace “un resumen”. En este sentido, el segundo gran momento de la novela lo conforman las fragmentarias, pero minuciosas descripciones y observaciones que en primera persona hace Cavor sobre el maravilloso e increíble orbe multitudinario descubierto en el laberíntico y cavernoso interior de la Luna; reportes apostrofados con los comentarios, abreviaciones, síntesis, discrepancias e ironías de Bedford.

Guillermo Marconi
(1875-1956)
  Pese a que Bedford declara sobre su relato: “he adulterado muy poco la verdad y no he suprimido nada”, desde el inicio de la historia no tiene escrúpulos ni rubor en aludir y exhibir su naturaleza pícara y oportunista, incluso inmoral (quizá porque Wells quiso esbozar un estereotipo de esas características), propia de alguien que busca el monopolio de la riqueza y del poder en un santiamén (haiga sido como haiga sido). “Mágico metal que da a su poseedor el dominio sobre los demás hombres”, dice exultante del oro descubierto en la Luna (donde abunda), del que se hubiera traído todo lo posible y luego regresado por más y más; y quizá desencadenado entre la caterva de insaciables y codiciosos terrícolas una belicosa fiebre del oro lunar, y tal vez una quimérica traslación del mito del Dorado. 

     
Cartel alemán de La mujer en la Luna (1929
       Por otra parte, valga la digresión, la existencia de ese oro lunar imaginado por H.G. Wells quizá influyó en el leitmotiv del argumento de La mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929), largometraje silente, del expresionismo alemán, con cierta comicidad, intriga y melodrama amoroso, dirigido por Fritz Lang (1890-1976), con guion de él y Thea von Harbou (1888-1954), donde un anciano y empobrecido astrónomo dio, hace 30 años, el jueves 17 de agosto de 1896, una conferencia ante el Congreso Astronómico Internacional en la que expuso su Hipótesis sobre el contenido aurífero en las montañas de la Luna, la cual suscitó burlas y risotadas. Para el caso, hay que destacar que el cohete para el viaje a la Luna se logra construir no sin la intromisión y coacción delincuencial de un consorcio mafioso que pretende el monopolio del mercado del oro lunar, por ende entromete en el proyecto a un agente suyo hábil para los disfraces (viaja con facha de militar nazi y pelo parecido al de Hitler), quien hace el aventurado viaje con el grupo de cosmonautas: el anciano astrónomo (que lleva en una jaula a su adorada ratoncita), el ingeniero que diseñó la nave espacial, el ingeniero amigo de éste (jefe de los Astilleros Aéreos Helius) y su bella prometida (que es astrónoma), y un chiquillo polizón con fantasías de astronauta. 

     
Fotograma de La mujer en la Luna (1929)
         Para el caso, vale destacar que entre las historietas que lleva el niño hay una donde se lucha contra vacas lunares. Que en las profundidades de la Luna 
“el astrónomo W.H. Pickering, director del Observatorio Astronómico de Mandeville, en Jamaica, cree haber observado enjambres de insectos”. Y que Helius, el apellido del constructor de la nave espacial (y propietario de los Astilleros Aéreos Helius), tiene una notable y reveladora asonancia con la palabra “helio”, que es el elemento clave para la elaboración de la cavorita, que, según la lega y postrera información que reporta Bedford, se lo enviaron al científico desde Londres en tarros de porcelana herméticamente cerrados”. Según comenta Bedford: Ha habido dudas sobre este punto, pero yo estoy casi seguro de que era helio lo que le enviaban desde Londres en tarros de porcelana. Se trataba, ciertamente, de algo gaseoso y tenue. Si yo hubiera pensado en tomar apuntes...
Bedford, sin conocimientos científicos ni formación científica, llegó a Lympne huyendo de sus malos negocios y de un acreedor y rentó, por tres años, “un hotelito” (en realidad una casa) donde se dispone a escribir un libreto teatral que le dé dinero. En ese neurótico quebradero de cabeza se halla cuando a través de la ventana observa la singular figura de Cavor, que le resulta molesta e irritante (“¡Maldito sea!”, piensa, “¡Cualquiera diría que está ensayado para convertirse en marioneta!”) y a quien se le acerca para ahuyentarlo de ahí (como si fuera una fastidiosa y golosa mosca) y después para incluirlo como “personaje cómico-sentimental” de su obra. Según Bedford, “Era un individuo de baja estatura, grueso de cuerpo y flaco de piernas, que se movía con ademanes espasmódicos. A su extraordinaria imaginación le había parecido conveniente adoptar como indumentaria una gorra de cricket, chaqueta, pantalón corto y calcetines de ciclista [atavío del día a día con que luego viaja a explorar la Luna; no obstante, en un reporte dice que los calcetines eran ‘de jugar golf’]. Era una fortuita concurrencia de prendas, cuya causa nunca me fue conocida. Gesticulaba con brazos y manos, sacudía la cabeza de un lado a otro y zumbaba. Zumbaba como si fuera un instrumento eléctrico. Nunca he oído un zumbido semejante. Y de vez en cuando se aclaraba la garganta haciendo todo el ruido posible.”
(George Newnes & Co., London, 1901)
        El caso es que de visita en la casona del científico (quien quiere comprarle el “hotelito” al recién llegado para que lo deje a sus anchas en sus cotidianos paseos y meditaciones por el rumbo), el aspirante a dramaturgo descubre que Cavor, pese a “su aspecto de loco”, tiene su vivienda convertida en taller y laboratorio (casi de alquimista y ciencias ocultas), donde trabaja con el auxilio manual de tres ayudantes adiestrados y dirigidos por él; y que su objetivo inmediato es fabricar una “sustancia opaca a la gravitación valiéndose de una complicada aleación de metales y de algo nuevo”. Oyendo al científico (quien parlotea hasta la saciedad para pensar y oírse a sí mismo y por carecer de alguien que comprenda sus conocimientos y pesquisas), Bedford entrevé las múltiples posibilidades para aplicar y capitalizar la sustancia que luego llaman cavorita. Según dice, “Después de mi primera visita a aquella casa, no recuerdo haber dedicado a mi drama una hora completa de trabajo. Parecía que no existían límites para los alcances de tal sustancia; cualquiera que fuese el objeto al que imaginara aplicarla, me hacía pensar en milagros y revoluciones. Por ejemplo, si uno deseaba alzar un peso, por enorme que fuese, con sólo poner debajo de él una lámina de aquella sustancia, podría levantarlo como una paja. Mi primer impulso natural fue aplicar este principio a cañones y acorazados y a todos los materiales y métodos de guerra; de aquí pasé a la navegación mercante, a la locomoción, a la construcción y a todas las formas concebibles de la industria humana. La casualidad que me había conducido a la misma cuna de los nuevos tiempos —porque el descubrimiento marcaría una época— era una de esas casualidades que se presentan una vez cada mil años. El asunto se desarrollaba, se extendía, se concretaba. Entre otras cosas vi en ello mi retorno a los negocios. Vi ya creada una compañía principal y compañías secundarias, patentes a la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos, privilegios y concesiones que brotaban y se esparcían hasta que una vasta y magnífica compañía Cavorita manejaba y gobernaba al mundo. ¡Y yo estaba mezclado en ello!” 

H.G. Wells (c. 19005)
        Bedford —ambicioso y megalómano y frotándose las manos— empieza a hablarle al científico dando por hecho que él ya es parte angular e imprescindible del proyecto. Abandona la escritura de su drama y se propone ayudarlo en la fabricación y capitalización del negocio, pues según dice, Cavor “pensaba como un niño”; sólo pensaba que “Si llegaba a fabricar la materia, pasaría a la posteridad con el nombre de Cavorina o Cavorita”; que se le otorgaría un título de “Miembro de la Real Sociedad de Ciencias” y que “su retrato aparecería en La Nature”. Según supone Bedford, “su invento hubiera sido desdeñado o sólo apreciado a medias, como otros descubrimientos de no pequeña importancia que los hombres de ciencia han regalado al universo”. (Para el caso, el modelo de ese lugar común podría ser el Nikola Tesla de la vida real.) De modo que, apunta, “Me puse en pie de un salto y comencé a recorrer la habitación de un lado para otro gesticulando como si [el científico] tuviera veinte años. Intenté hacerle comprender sus deberes y responsabilidades. Le aseguré que podríamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social, que podríamos ser poderosos y dar órdenes en el mundo entero. Le hablé de compañías, patentes y garantías para mantener el secreto de nuestras fórmulas. Todo esto le resultaba tan incomprensible como sus matemáticas lo habían sido para mí. En su rubicunda cara se retrató la perplejidad. Balbuceó algo sobre su indiferencia hacia las riquezas, pero refuté sus palabras. Tenía que hacerse rico, y de nada servirían sus titubeos.”

Casi como si se tratase de una receta mágica y se hubiera cocinado a fuego lento en el oculto caldero del brujo (con gorro de cucurucho y larga túnica estampada con estrellas, cometas y mediaslunas), la fórmula exacta de la cavorita queda descubierta al producirse, por accidente, una especie de gran explosión que hace despegar por los aires buena parte de la casona del científico (e incendia el resto), cuyo estruendo y onda expansiva provoca destrozos de árboles, fauna y casas del entorno (seguramente habitadas); incluso Cavor, que caminaba rumbo a la casa de Bedford, sale volando y dando piruetas por el espacio, y antes de caer con maromas e indemne en un bosquecillo sigue pensando “en resolver ciertos interesantes problemas relativos a una máquina de volar”. Esto implica y transluce un lado oscuro y antiético en el ideario del científico, pues para proseguir con sus indagaciones y planes sin pagar un solo clavo ni asumir la mínima responsabilidad por nada, Cavor escurre el bulto ante los daños causados (“por valor de miles de libras”, amén de las tácitas vidas) y le propone a Bedford, callar el meollo y atribuir los destrozos y las pérdidas a un supuesto ciclón. A esta indiferencia y frialdad se añade el menosprecio que hace de sus operarios (dizque “tres mártires de la ciencia”): “Mis tres ayudantes pueden o no haber perecido. De suyo, no tiene importancia. Si han muerto, la pérdida no es muy grande porque eran más trabajadores que inteligentes, y este prematuro acontecimiento es debido, seguramente, a su descuido del horno. Si no han parecido, dudo que tengan la inteligencia suficiente para explicar el asunto. También ellos aceptarán la historia del ciclón.”
Cavor, entonces, se instala en la casa de Bedford, donde reconstruyen el laboratorio y prosigue con su inventiva labor de Ciro Peraloca (la fabricación de la cavorita y la construcción de la esfera para viajar a la Luna) y a él se le añaden los tres operarios, quienes no murieron ni se perdieron más allá de la atmósfera terrestre (ídem la celebérrima y legendaria perra Laika) por haber ido a la taberna a discutir sus responsabilidades en los menesteres del horno.
La perra Laika en una estampilla rumana de 1959
La leyenda dice: Laika, primera viajera al Cosmos
          Desde su óptica, Bedford narra los incidentes y los pormenores del despegue de la esfera, del viaje a la Luna y del alunizaje en el fondo de un cráter: “Nos hallábamos en un enorme anfiteatro, una extensa planicie circular que constituía el fondo del gigantesco cráter. Sus muros rocosos nos rodeaban por todas partes.” (De ahí las mil y una razones por las que un cráter de impacto situado en la cara oculta de la Luna haya sido bautizado con el nombre de H.G. Wells —justo al sureste de éste se localiza un cráter de impacto de menor tamaño denominado Tesla, por Nikola Tesla—; bautizo que, curiosamente, contrasta con la idea de Bedford: “Algún día mandaré poner una inscripción en este lugar”.) 

     
Cráter lunar H.G. Wells
     
Cráteres lunares H.G. Wells y Tesla
         Al salir de la esfera, luego de que su respiración se adecúa al oxígeno y a la atmósfera de la Luna, entre lo que descubren descuella el hecho de que al dar un paso, con un solo impulso avanzan “siete u ocho metros” o “cosa de unos diez” (lo cual evoca las célebres “botas de siete leguas” que calzan Pulgarcito y Maese Gato), por ende vuelan con cada tranco y por instantes se quedan suspendidos en el aire y pueden observar lo que hay en derredor. A esto se añade la inestabilidad de la vegetación: crece con rapidez y sin cesar; fenómeno que sólo ocurre durante el caluroso día lunar y desaparece, con la totalidad de la flora, durante la helada y larga noche lunar. Intríngulis que incide en que pierdan la esfera y se esmeren por encontrarla. Y lo más sorprendente: observan una manada de carneros lunares y a un pastor selenita. Según dice Bedford del primer ejemplar de ese tipo de res: “El diámetro de su cuerpo sería de unos veinticuatro metros, y su longitud de unos sesenta. Sus flancos se elevaban y caían bajo el impulso de su fatigosa respiración. Observé que su gigantesco cuerpo se hallaba pegado al suelo y que su piel era de un color blanco que se hacía más oscuro en el lomo. No pudimos verle las patas.” “Por contraste con los carneros”, dice, “el selenita parecía un ser insignificante, una simple hormiga de un metro y medio de altura”. Y según él: “Nuestra primera impresión fue que aquélla era una criatura compacta y erizada, con muchas de las características de un complicado insecto: tentáculos en forma de látigos y un brazo que surgía de su reluciente y cilíndrico cuerpo. La forma de la cabeza quedaba oculta por un enorme yelmo provisto de innumerables puntas (más tarde descubrimos que utilizaban aquellas puntas para dominar a las reses indómitas). Un par de gafas de cristal oscuro, daban una apariencia de pájaro al artefacto metálico que le cubría la cabeza. Sus brazos no se proyectaban más allá del cuerpo, y andaba sobre unas piernas muy cortas, que aunque cubiertas con gruesas telas, a nuestros ojos terrestres nos parecieron extraordinariamente delgadas. Los muslos eran muy cortos, las tibias larguísimas y los pies pequeños.”

En la búsqueda de la esfera, llegan a una “zona circular que no era otra cosa que una gigantesca tapa que en aquel momento se deslizaba encima de la enorme abertura que cubría, y se introducía en una ranura preparada para ello.” Se trata, efectivamente, de un profundo pozo que conduce a un ámbito subterráneo donde se sucede y se oye una incesante actividad que apenas logran entrever y que a Cavor le hace pensar en “¡Fábricas...! Deben vivir en esas cavernas durante la noche y salir durante el día.” Lo que de inmediato recuerda la trágica división que, en La máquina del tiempo (1895), el viajero halla en el futuro del planeta Tierra (en el otrora ámbito londinense): dos razas y dos orbes contrapuestos: el Mundo Superior (donde son mantenidos y criados, como en granjas de lechones Pata Negra, los infantiles, angelicales, bellos, desmemoriados, fóbicos y tontorrones Eloi) y el Mundo Subterráneo, donde se pertrechan y agrupan los feos, malditos, sádicos, nocturnos, supersticiosos y carnívoros Morlocks, que algo saben de mecánica y procedimientos fabriles y por ende en sus oscuros linderos zumba maquinaria. Pero el caso es que en la Luna, si bien hay una serie de profundos pozos artificiales que conducen a un orbe subterráneo, cavernoso y laberíntico —carozo de la mazorca que intuye y deduce Cavor, y luego, sobre todo, descubre y reporta él en solitario— no hay en ella una sangrienta y feroz guerra de dos mundos antagónicos (pese a las armas que poseen), ni la guerra de un mundo que acosa y expolia a otro mundo más débil y vulnerable (tal y como hacen los Morlocks con los Eloi), sino algo distinto: un complejo y único orden social monárquico y entomológico (con visos absolutistas y totalitarios) evolucionado, multiplicado, macerado, cultivado y meticulosamente diseñado (con la incubación, el invernadero y el laboratorio) a través de la infinita e insondable noche de los tiempos, y una intrínseca y utilitaria idiosincrasia que rechaza la guerra y por ende la belicosidad del género humano les resulta peligrosa y adversa para su organismo. 
 
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la infructuosa búsqueda de la esfera el hambre los agobia y, pese a ciertos reparos de Cavor, ambos ingieren una variedad de hongos anaranjados o amarillos que les causa una especie de embriaguez. En su tóxico delirio, Bedford no deja de fantasear con el leitmotiv de su ambición y megalomanía (y nunca lo hace ni lo hará): “Tenemos que anexionarnos esta Luna” “y dejarnos de tonterías. Esto es una parte de los dominios del hombre blanco. Cavor... nosotros somos... ¡hip...! unos sátra... unos sátrapas. Un imperio como el que Cesar nunca soñó. Lo pu... lo publicarán todos los periódicos. Cavorecia. Bebfordecia, Bebfordecia... ¡hip...! Sociedad limita. ¡Quiero decir...ilimitada...!” Pero ese hilarante y turbio episodio culmina cuando seis selenitas los descubren y encierran en una oscura y subterránea celda donde recuperan el sentido tras la inconsciencia de la borrachera. Les han quitado los zapatos; tienen las “chaquetas desabrochadas” y están encadenados “de pies y manos, extenuados y sucios, con una barba de tres centímetros y la cara ensangrentada y llena de arañazos”. Allí, de pronto, con una previa luz azul que ilumina la mazmorra, ven que un selenita ha ido a observarlos por unos momentos. Según dice Bedford, “Permanecimos en silencio, de espaldas a aquella extraña luz azul, mirando a un monstruo que parecía un engendro de Durero.” Ese espeluznante selenita es el primero que ven de cerca. En su breve estancia en la Luna, Bedford, con el científico, verá otros ejemplares de selenitas; pero sólo Cavor observará, en el asombroso y laberíntico interior de la Luna, toda una gama de múltiples formas y tamaños de selenitas (incluso minúsculos), cuya morfología y taxonomía de cada espécimen y serie de prototipos (ya originados través del proceso evolutivo y de adaptación biológica, o de una manera eugenésica, inducida y cultivada desde la incubación y el infantil criadero, o en el paréntesis del impasse y latencia del invernáculo, e incluso intervenida y diseñada con cirugía y en el laboratorio) corresponde a su función y trabajo en el complejo ecosistema y organigrama sociológico, industrial y arquitectónico de ese orbe orgánico, subterráneo y laberíntico que le hace pensar en la complejidad de una colmena y de un hormiguero, donde el epicentro de la vida, del pensamiento, de la filosofía y del poder es el monarca.
 
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Según Bedford, ese primer selenita tenía el “cuerpo flaco y enjuto” y “la cabeza hundida entre los hombros. No llevaba puesto el casco ni las vestiduras que usaban en el exterior.” [...] “Saltaba como un pájaro, y al hacerlo sus pies caían uno delante del otro.” [...] “Aquello no parecía una cara, sino una máscara, un horror, una deformidad que de un momento a otro sería borrada o transformada en algo más normal. No tenía nariz, pero sí dos grandes ojos saltones situados uno a cada lado de la cabeza. Al ver su contorno recortado contra la luz, había imaginado que aquello serían las orejas. No tenía orejas... He intentado dibujar una de aquellas cabezas, pero no me ha sido posible conseguirlo. Tenía la boca curvada hacia abajo, como una boca humana en una cara que nos mirara con ferocidad.” [...] “El cuello sobre el que la cabeza descansaba tenía articulaciones semejantes a las que poseen los cangrejos en las patas. No pudimos ver las articulaciones de los demás miembros porque los llevaba envueltos en una especie de vendas que constituían su única vestimenta.” “¡Y aquello nos miraba fijamente!”
     En ese oscuro calabozo, Cavor infiere que los selenitas “son criaturas razonables”. Y puesto que allí “El aire es más denso”, supone que deben “estar a una profundidad de casi una milla de la superficie de la Luna.” Pero lo más sorprendente y relevante es que Cavor colige que “La Luna debe ser enormemente cavernosa y debe tener una atmósfera interior y un mar en el centro de la caverna”. (No se equivoca, vale adelantarlo; pero el lector sólo descubre lo extraño y las maravillosas minucias de ese mundo subterráneo al leer la transcripción y el resumen de sus postreros e interrumpidos reportes.) Y añade: “Sabíamos que la Luna tenía una gravitación específica menor que la de la Tierra, sabíamos que en su superficie exterior había poco aire y poca agua; sabíamos también que era un planeta semejante a la Tierra y que era inadmisible la idea de que su composición fuera diferente a la de nuestro planeta. La deducción de que está hueca hubiera debido resultarnos tan clara como la luz; no obstante, nunca se nos ocurrió pensar en ello. Kepler, naturalmente...” [...] “Kepler tenía razón con sus ‘subvolvani’” (sic).
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la oscuridad de esa celda, Bedford y el científico discuten con rispidez, pero son interrumpidos por varios selenitas que les llevan de comer en unos recipientes metálicos. Ambos devoran la “materia blanquecina” que tal vez haya sido una especie soma o magma de carnero y hongos. Pero lo curioso es que los brazos que les sirven el alimento y les aflojan las cadenas para que coman, no terminan “en manos, sino en una especie de pinza carnosa, parecida al extremo de la trompa de un elefante”. Saciada esa imprescindible necesidad biológica, les vuelven a encadenar las manos, les aflojan la cadena de los tobillos y les sueltan la cadena que rodea su cintura. Y uno de los selenitas, el “más bajo y mucho más grueso que los demás”, para comunicarse con ellos, no hace uso de alguna línea o figura geométrica, como Cavor había pensado hacer recurriendo a las “proposiciones de Euclides”, sino de la más llana y elemental mímica. De modo que forman un cortejo (con visos policíacos o militares) para conducirlos, presos, a algún sitio. Según dice Bedford, “Vimos que cuatro de los selenitas que se hallaban inmóviles junto a la puerta, eran más altos que los demás y estaban vestidos del mismo modo que los que habíamos visto en el cráter, es decir, con yelmos redondos y puntiagudos, y con forros o cajas cilíndricas alrededor del tronco. Vimos también que cada uno de ellos llevaba una especie de lanza cuya punta era del mismo metal que las cazuelas. Los cuatro se nos acercaron, colocándose a ambos lados de nosotros mientras salíamos de la cámara en la que nos encontrábamos para entrar a la caverna de donde procedía la luz.”
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
       En ese trayecto, maniatados con cadenas y con grilletes en los tobillos y sin zapatos, observan una “vasta maquinaria en movimiento” que los impresiona, donde laboran maquinales selenitas que parecen enanos compenetrados en el mecanismo. Por lo que apunta Bedford, el lector infiere que con esa clase de ciclópea maquinaria (cuya función él no comprende) se produce la sustancia fosforescente y azul que corre por conductos e ilumina todos los vericuetos, pozos, túneles y cavernas del interior de la Luna; una sustancia que puede untarse en los pantalones del terrícola y delatar su presencia o hacer luminosos a los selenitas. Por lo que con posteridad observa y reporta Cavor en solitario —además de las “plantas fungoideas” (sic) que emiten luz brillante, “algunas muy parecidas a nuestros hongos terrestres, pero tanto o más altas que un hombre”—, en las inmediaciones del agitado y subterráneo “Mar Lunar” —que es “una región de fosforescencia” iluminada por arroyos y cascadas de agua azul que “corrían cada vez con más abundancia hacía el mar central”—, esas aguas azules “sin duda contenían algún organismo fosforescente”. Por ende puede deducirse que esa especie de organismos fosforescentes (microscópicos al parecer) son utilizados por los selenitas en la gigantesca maquinaria que observan por primera vez los patidifusos terrícolas. Según dice Bedford, “Por entre todas aquellas piezas [de la maquinaria] se movían diminutas figuras que nos parecieron algo distintas de los seres que nos rodeaban. Cada vez que los tres brazos de la máquina se hundían, se oía un gran estruendo, y por encima del cilindro vertical se desbordaba una sustancia incandescente que iluminaba el local y corría como corre la leche que hierve en una vasija. Aquella materia se derramaba después sobre un depósito luminoso situado debajo. Era una luz fría y azul, una especie de fulgor fosforescente pero infinitamente más intensa que la fosforescencia terrestre, y desde los depósitos en que caía corría por conductos a través de la caverna.” [...] “Tuf, tuf, tuf, hacían los grandes vasos del complicado aparato mientras la sustancia luminosa silbaba y se desbordaba. Al principio me pareció que la maquinaria tenía un tamaño razonable, pero al ver lo pequeños que parecían los selenitas que trabajaban en ella, comprendí la inmensidad de la caverna y del aparato.”
     Pese al interés intelectual que el científico expresa con ademanes  frente a la maquinaria y hablando a la Tarzán (trata de demostrar que son seres inteligentes y no animales), los selenitas hacen caso omiso, y a empellones y pinchazos de los lanceros los conducen hasta el límite de lo que parece un delgadísimo puente o “cuerda floja” sobre un abismo que deben cruzar a pata pelada, pese al vértigo que les suscita. (Posteriormente el científico deduce que los conducían al interior de un globo.) Mientras Cavor trata de conservar la cabeza fría, puesto que infiere que sus anfitriones son razonables y por ende de recíproco interés científico, Bedford, que logra liberar sus manos mientras avanzan, reacciona con voces agresivas ante los empujones y pinchazos; de modo que ante un segundo pinchazo, en lugar de obedecer y cruzar el puente, según dice, “Dirigí un potente puñetazo al rostro del selenita de la lanza. Al hacerlo tenía la cadena enrollada en la mano.” Entonces, para sorpresa suya y para la sorpresa de los boquiabiertos lectores, descubren la vulnerabilidad física de los selenitas y su nula habilidad para el combate cuerpo a cuerpo: “Mi puño pareció atravesarle. Su cara se aplastó como un merengue duro por fuera y líquido por dentro. Era como si hubiera golpeado a un enorme sapo. Su cuerpo salió disparado unos doce metros por el aire y cayó produciendo un ruido sordo. Quedé estupefacto, sin poder creer que un ser viviente ofreciera tan poca resistencia. Por un instante me pareció que todo aquello era un sueño.” 
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         Tal asesinato suscita expectación en el corro y es el inicio de un episodio de violencia y acción: un lancero ataca a Bedford; éste lo confronta y termina aplastándolo con un pie, mientras los otros dos lanceros salen huyendo. Bedford libera de las cadenas a Cavor e inician el escape hacia la superficie de la Luna. En ese subterráneo trayecto, no exento de sorpresas y peligros, para el regocijo y la onírica ambición de Bedford, advierten que las cadenas que llevan son de oro. Cavor, por su parte, prosigue con sus casi certeras deducciones de raciocinador empedernido; según colige: “Su mundo central, su mundo civilizado, debe estar más abajo, en la profundas cavernas que rodean su océano. La región de la corteza, en la que nos encontramos, no es más que un distrito remoto, una zona rural. Estoy convencido de ello. Los selenitas que hemos visto, equivalen, en cierto modo, a los cowboys o a los obreros que trabajan en fábricas aisladas de los núcleos urbanos. El uso de estas lanzas (que probablemente utilizan para dirigir a las reses), la falta de imaginación que demuestran al creer que nosotros podemos hacer lo que ellos hacen [cruzar el delgado puente sin sentir vértigo, por ejemplo], su indiscutible brutalidad, todo parece indicar algo por ese estilo. Pero si soportáramos...”
       El caso es que trepan a un declive desde donde observan una caverna, iluminada por “tres arroyos de fluido azul”, en la que una clase de parlanchines selenitas “estaban descuartizando reses lunares, del mismo modo que la tripulación de un barco ballenero descuartiza las ballenas. Cortaban la carne a tiras, y en algunos de los cuerpos más lejanos aparecían ya desnudas las blancas costillas. El sonido que habíamos oído desde abajo, era producido por sus hachas. Un poco más lejos, una especie de vagoneta cargada de trozos de carne corría hacia arriba por el inclinado suelo de la caverna. Aquella enorme acumulación de cuerpos destinados a convertirse en alimento, nos dio la idea de la vasta población lunar.” Y más aún: Bedford ve que el mobiliario del matadero, el vehículo y las herramientas de esos matarifes son de oro.
   
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Observando esa labor, unos lanceros les dan alcance por la grieta que subieron para llegar al declive y a través de una rejilla empiezan a atacarlos. Esto es el principio de otro episodio de violencia y acción (narrado con agilidad y visualidad por H.G. Wells) que culmina con una masacre de selenitas y la dispersión de una multitud. Con torpeza y poco tino, los pastores los acosan y atacan con sus lanzas y los carniceros con pequeños machetes. En la pelea, Bedford, que es herido sin grandes complicaciones (una jabalina le da en el hombro, la lleva clavada por unos instantes y luego se la arranca), se arma con dos palancas de oro (de “unos dos metros de longitud”) que los carniceros utilizan “para dar vuelta a las reses muertas” (que son las pesadas barras de oro con que luego regresa a la Tierra, ligeras para él en la Luna). Pero además de la especie de ballesta que lanzaba “una especie de jabalina”, los selenitas los agreden con “una de sus rápidas ballestas-ametralladoras” que disparaba “tres o cuatro flechas”. No obstante, ambos salieron indemnes de la escaramuza. Según dice Bedford:
    “Durante cosa de un minuto, aquello fue una verdadera matanza. Yo estaba demasiado furioso para tener compasión, y los selenitas demasiado asustados para defenderse. En realidad, ni siquiera llegaron a atacarme. Ebrio de ira, irrumpí entre aquellos insectos de cuero segando y golpeando a diestro y siniestro. A un lado y a otro saltaban pequeñas gotas pegajosas. Mis pies caían sobre cosas que se aplastaban, se hundían y me hacían resbalar. Los selenitas no tenían plan de defensa. Cierto que me lanzaron algunas flechas y que una me alcanzó en el brazo y otra en la oreja, pero eso no lo descubrí hasta más tarde, cuando la sangre tuvo tiempo de brotar y enfriarse.
    “No sé lo que hizo Cavor. Por mi parte, llegó un momento en que tuve la impresión de que el combate había durado un siglo, y de que se prolongaría para siempre; después, de pronto, todo terminó y no vi más que los cogotes de los selenitas, que subían y bajaban alejándose en todas direcciones... No había sido herido de gravedad. Avancé unos pasos, grité, y luego me volví. Estaba atónito.
    “Mis saltos me habían llevado al mismo centro del grupo, y todos habían echado a correr de aquí para allá intentando esconderse.
     “Sentí un enorme asombro y no poco orgullo ante el resultado del gran combate en que me había enzarzado. No pensé que lo que había descubierto era la inesperada debilidad de los selenitas, sino mi gran fortaleza. Me eché a reír estúpidamente. ¡Aquella Luna era fantástica!
    “Contemplé durante un momento los aplastados cuerpos de los selenitas que se retorcían desparramados por la caverna, y luego me precipité detrás de Cavor.”
    El caso es que logran escabullirse a la superficie de la Luna; y lo hacen cruzando pasadizos, cavernas y túneles, y subiendo y trepando por la espiral de un profundo pozo que, infiere Cavor, es el mismo que descubrieron al correrse la enorme tapa circular (orificio por donde salen y entran los selenitas y las reses lunares) y que además se prolonga hacia abajo hasta el abismal mar central, según infiere entre lo que oyen y entrevén tras el tamiz del resplandor azul. Afuera del hoyo es de día, pero se ven las estrellas y el sol y hace mucho calor; y descubren que buena parte de las selváticas “plantas habían perdido su tierno verdor, y que, ennegrecidas, secas y duras, se perdían de vista formando una espesa maraña sobre las rocas”. Según calcula Bedford, llevan en la Luna “Dos días de la Tierra, quizá” (y sólo han comido una vez, enfatiza); pero según calcula Cavor (cuyo cerebro bulle en reflexiones y deducciones no sólo al observar la posición de las estrellas) llevan allí casi diez días lunares: “El sol ha pasado su cenit y se inclina ya hacia poniente. Dentro de cuatro días o menos, empezará la noche lunar.” Dice y por ende contemplan “el avanzado otoño de la tarde lunar”. 
     En ese episodio Cavor decide la estrategia para localizar la esfera, necesaria para su perentorio regreso a la Tierra. Dando saltos, cada uno busca por distinto lado del cráter, luego de atar un pañuelo a un arbusto (el punto de partida y reencuentro). La búsqueda concluye cuando Bedford halla la esfera. Entonces empieza a localizar al científico; pero en lugar de encontrarlo ve tirada “la gorra de cricket que Cavor usaba” y “un pedazo de papel arrugado” con manchas de sangre, donde éste le dejó un mensaje, escrito de prisa con lápiz, en el que le dice que se hirió la rodilla (luego reporta que se fracturó la rótula) y por ende no puede correr ni arrastrarse, que lo persiguió y atrapó “una clase de selenitas completamente distinta”, y que no le han disparado ni hecho daño. Pero ante el repentino y vertiginoso hecho de que el cielo se nubla y se oscurece, baja la temperatura y empieza a nevar, Bedford da por perdido a Cavor; y, dando saltos que le parece “cada uno duraba siete siglos”, logra, con tropiezos y caídas, dirigirse hacia la esfera, introducirse en ella, atornillar la tapa y activarla, pese que ignora “el manejo de los registros” y a que “ni siquiera los había tocado en el viaje de ida”.
   
Borges y el aleph
       En el previo diálogo que el científico y Bedford sostienen antes de buscar la esfera para irse a la Tierra, descuellan dos pasajes. En uno —con una mezcla de conjetura y presagio (como si viera a través de un aleph borgeseano o la superficie y las minucias del interior del globo lunar comprimido en una mágica bola de cristal), donde también se reitera su prejuiciosa supremacía al menospreciar y minusvalorar a los trabajadores manuales— Cavor se lamenta y reflexiona sobre el subterráneo orbe que, supone (y casi no se equivoca), existe en el interior de la Luna: “[...] pero ya nunca tendremos ocasión de llevar a cabo lo que ha estado en nuestras manos hacer. Bajo nuestros pies hay un mundo. ¡Imagine lo que debe de ser ese mundo! ¡Recuerde aquella máquina, la inmensa tapa, el arroyo azul! Y esas cosas estaban situadas a gran distancia del centro; las criaturas que hemos visto y contra las que hemos luchado, no eran más que ignorantes campesinos, habitantes de las capas exteriores, patanes y labradores semejantes a animales. ¡Pero más abajo...! Cavernas bajo cavernas, túneles, construcciones, caminos... Este mundo debe abrirse y ensancharse haciéndose cada vez más grande y populoso cuanto mayor es su profundidad. No me cabe duda: debe descender hasta llegar al mar central que se agita en el mismo corazón de la Luna. ¡Figúrese sus negras aguas bajo el resplandor de las luces! ¡Eso, por supuesto, en el caso de que necesiten luces! ¡Las cascadas tributarias que se precipitan hacia el centro para alimentar ese mar! ¡Las mareas de su superficie, sus oleajes y temporales! Es posible que tengan barcos para navegar sobre él; acaso allá dentro haya grandes ciudades, regidas por un orden y una sabiduría superiores a los del hombre. ¡Y pensar que podemos morir aquí arriba, sin llegar a ver nunca a los dueños de todo esto! Podemos helarnos y morir aquí; el aire se congelará y entonces... Entonces nos encontrarán, encontrarán nuestros cuerpos inmóviles y silenciosos, encontrarán nuestra esfera perdida, y comprenderán al fin, demasiado tarde, todo el esfuerzo que con nuestra muerte se habrá desperdiciado en un desenlace estéril.”
    En el otro pasaje, con su conjetural perspectiva de oráculo, Cavor sopesa la desmedida ambición del género humano y su inextricable, intrínseca y consubstancial belicosidad, que supone trasladaría a la Luna y en consecuencia haría añicos la vida y el universo subterráneo de ese planeta (¡habría una guerra de los mundos!); lo cual Bedford (arquetipo de la índole predadora, racista y expoliadora del hombre y del corsario inglés con o sin patente de corso) reitera al termino de unos de sus comentarios entreverados entre los reportes de Cavor: “una extraña raza contra la que, inevitablemente, tendremos que luchar... Allí el oro es tan común como aquí el hierro o la madera...”. Intríngulis que —oyendo en el palacio real las explicaciones y relatos de Cavor sobre “las historia de las guerras terrestres”, sobre las poderosas armas y sobre el hecho de que para la “raza anglosajona” la guerra es “el acto más glorioso de la vida”— “el Gran Lunar, que es el dueño y Señor de la Luna”, también colige y lo horroriza, y por ende las misivas telegráficas del terrícola fueron vigiladas, interferidas y bloqueadas sin que él pudiera advertirlo ni impedirlo. Le dice Cavor a Bedford antes de separarse en busca de la esfera: “Yo fui quien encontró la manera de venir aquí, pero encontrar un camino no es siempre dominarlo. Si vuelvo a la Tierra con el secreto, ¿qué sucederá? No creo que pueda guardarlo durante un año, ni siquiera durante medio año. Más pronto o más tarde saldrá a la luz, y entonces... Gobiernos y Estados lucharán unos contra otros por venir aquí, lucharán entre sí y contra los habitantes de la Luna; mi secreto sólo servirá para aumentar los odios y multiplicar los motivos de guerra. Si revelo mi secreto, dentro de poco, dentro de muy poco este planeta quedará cubierto de cadáveres hasta lo más profundo de sus galerías. Hay muchas cosas que admiten dudas, pero ésta es indiscutible. Y, sin embargo, la Luna servirá de muy poco a los hombres. Porque, en resumen, ¿qué han hecho de su propio planeta? Convertirlo en campo de batalla, en el escenario de sus insensateces y locuras. Pequeño como es su mundo y corto como es el plazo de sus vidas, los hombres tienen demasiado que hacer en la Tierra para ocuparse de cosas nuevas. ¡No! La ciencia ha trabajado demasiado creando armas para ponerlas en manos del hombre. Ya es tiempo que suspenda esa labor. Que los hombres descubran el secreto por sí mismos... dentro de mil años. [...] Hemos empleado la violencia contra los habitantes de la Luna, les hemos demostrado de lo que somos capaces, y las perspectivas que ahora tenemos ante nosotros son las mismas que tendría un tigre que se hubiera escapado y hubiera matado a un hombre en Hyde Park. La noticia de nuestra actuación debe ir corriendo de galería en galería, hacia las regiones centrales... Después de haber visto nuestro comportamiento ningún selenita que esté en sus cabales nos permitirá que llevemos de nuevo la esfera a la Tierra.”
     

      Para trasladarlo de la superficie hacia abajo, los selenitas llevan a Cavor a bordo de un globo, que es un vehículo común entre ellos para bajar por los “pozos verticales” e ir y venir por los vericuetos de caracol, túneles transversales y cavernas de la Luna. (Algunos selenitas, además, para descender por los pozos usan paraguas como si fueran paracaídas.) Por órdenes del Gran Lunar, el soberano absoluto y el cerebro más grande y poderoso de la Luna, instalaron a Cavor en una celda, donde le asignaron dos mentores que de él aprendieron el inglés (pero no le enseñaron el habla selenita) y donde poco a poco ganó cierta libertad; misma que le sirvió para, con la anuncia de los selenitas, manipular sus “juguetes eléctricos” y el aparato con que hizo los envíos telegráficos (o marconigramas) a los terrícolas. Según supone Bedford, “En algún lugar de la Luna, Cavor debió tener acceso durante mucho tiempo a una gran cantidad de aparatos eléctricos, y es de creer que logró construir (quizá furtivamente) un artefacto emisor del tipo de los de Marconi.” No obstante, Bedford y Julius Wendigee, si bien captaron sus mensajes a través del “aparato detector de trastornos electromagnéticos” de éste, nunca lograron comunicarse directamente con él: nunca conversaron. Quizá por la preventiva y secreta interferencia utilizada por la invisible inteligencia selenita, que si bien permitió que Cavor enviara mensajes a la Tierra, acabó bloqueándolo e impidiendo que transmitiera la fórmula de la cavorita. Vale puntualizar, entonces, que el científico nunca supo quién recibía sus mensajes y cuál fue el destino de Bedford y de la esfera.
     
Cráter lunar Jules Verne
        Con sus parámetros y analogías terrestres, la descripción de las características de la fauna selenita que hacen Bedford y sobre todo Cavor (“aquí, una criatura mitad insecto y mitad vertebrado, por la menor gravitación de la Luna, logra alcanzar dimensiones humanas y ultrahumanas”, dice) sin duda se ubica en el inagotable abrevadero de la antigua tradición fantástica (incluso mítica) de todos los lugares y tiempos. 

  
Éduard Riou:
Voyage au centre de la Terre (1864)
      Y en el caso particular de las subterráneas cavernas y del mar en el centro de la Luna, al parecer hay un influjo del Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), la celebérrima y popular novela de Julio Verne (punto de partida de varios filmes), pues en ésta, mucho antes de arribar al laberíntico y peligrosísimo límite de la subterránea y azarosa expedición, los tres exploradores —que hace 47 días descendieron por el cráter del Sneffels, un volcán en Islandia (y luego por una chimenea cuyo fondo se bifurca en dos linderos, etcétera)— descubren, iluminados por una subterránea y continua “aurora boreal” de extraño “origen eléctrico”, titánicas cavernas de granito, nubes, cascadas de agua dulce, copiosa vegetación (entre ella un bosque de colosales hongos), grandes huesos y enormes osamentas de animales “de la segunda época del mundo” (del mastodonte, del dinoterio, del megaterio), y un mar con marea, furiosas tempestades con rayos y truenos, y fauna marina (no sólo monstruosa, antediluviana y gigantesca, como el plesiosauro y el ictiosauro) entre la que se puede pescar arcaicos y extintos peces ciegos, y navegar en una magnífica almadía armada con “madera fósil” por el nativo guía (que incluso prepara un “delicioso moka”), y descubrir, en medio de ese océano, un solitario “islote volcánico” con forma de “inmenso cetáceo” en reposo, del que constantemente brota un sonoro y enorme géiser cuya agua tiene “un calor de 163°”. Y luego, tras cruzar ese mar en el que estuvieron a punto de irse a pique, el científico y su sobrino hallan una “vasta llanura de osamentas” de “animales prehistóricos”, incluidos fósiles intactos de hombres de la “época cuaternaria”; y más adelante un bosque sin sombras cuya gigantesca y pálida vegetación parece de la “época terciaria”; y luego ven, estupefactos, “un rebaño de mastodontes vivos”, custodiados por un rupestre y gigantesco “pastor antediluviano” que 
“Blandía con la mano un tronco enorme” a manera de cayado. Intacta y natural cápsula del tiempo de la que huyen despavoridos como si hubieran visto al Coco o al todopoderoso Diablo rojo con su amenazante tridente y con una pata de macho cabrío y la otra de gallo salvaje, y esa visión no fuera indicio de una tribu y quizá de una civilización primitiva, y como si no los animara la sapiente curiosidad ni el espíritu científico y expedicionario. De ahí que el joven Axel —la voz narrativa y oriundo de Hamburgo, quien al ver por primera vez esas colosales cavernas evoca “la gruta de Guachara, en Colombia,” y “la inmensa caverna de Mammouth [sic], en Kentucky”)— apunte atónito como si viera, con desmesurados ojos de plato y los pelos de punta, el paisaje de un planeta nunca antes visto por un infinitesimal terrícola: “Contemplaba silencioso tan grandes maravillas, faltándome palabras para transmitir mis sensaciones. Creía hallarme en algún planeta lejano, en Urano o en Neptuno, contemplando fenómenos de los que mi naturaleza terrenal no tenía conciencia. Nuevas sensaciones requerían nuevas palabras, que mi imaginación no me prestaba. Contemplaba, pensaba, admiraba con asombro algo mezclado de espanto.” 
     
Julio Verne
(1828-1905)
        Según se lee en la transcripción de Bedford:  
    “Este Mar Lunar —sigue Cavor— no es un océano estancado; una marea solar le empuja en perpetuo flujo hacia el eje lunar, y en sus aguas se desarrollan extrañas tormentas, hervores y agitaciones. A veces hay vientos fríos y truenos que ascienden por las populosas vías de esta especie de hormiguero. El agua de este mar sólo irradia luz cuando está en movimiento; en sus raros períodos de calma, es completamente negra. Por regla general, sus olas se alzan y se arremolinan formando en la aceitosa superficie grandes y espesas capas de espuma. Los selenitas navegan por sus cavernosos estrechos y lagunas en pequeños botes parecidos a las canoas terrestres; aún antes de mi viaje a las galerías que rodean al Gran Lunar, que es el Señor de la Luna, se me permitió hacer una breve excursión por estas aguas.
“Las cavernas y los pasadizos son muy tortuosos. Gran parte de esas vías sólo son conocidas por los más expertos pescadores y ocurre con frecuencia que los selenitas se pierdan en sus laberintos. Según me han dicho, en las regiones más remotas hay extraños animales, algunos de ellos terribles y peligrosos, a los que toda la ciencia de la Luna ha sido incapaz de exterminar. El más notable es el Rapha, inexplicable masa de tentáculos que al romperse en pedazos se multiplica; también está el Tzee, un animal velocísimo que nadie ha podido ver, tan sutil y repentinamente mata...” Bestezuelas lunares (amén de la estirpe de selenitas soñados por H.G. Wells) que tal vez deberían figurar en alguna nota o en algún pie de página de un célebre bestiario; por ejemplo, el Manual de zoología fantástica (1957) y El libro de los seres imaginarios (1967), etcétera.
[...]
Itiocentauro
(Tinta y acuarela sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
      “Esta excursión [sigue Cavor] me recordó lo que he leído acerca de las cuevas de Mammoth [se hallan en el centro de Kentucky, Estados Unidos]; si hubiera tenido luz amarilla en lugar de la eterna luz azul y un remero de apariencia terrenal en lugar de un selenita con cara de insecto, sentado en un extremo de la canoa, podría haberme imaginado que había vuelto a la Tierra de improviso. Las rocas que nos rodeaban eran muy variadas: a veces negras, a veces de un azul veteado, y en cierta ocasión brillaron y refulgieron como si hubiéramos entrado en una mina de zafiros. Por las oscuras aguas vi pasar y desvanecerse en las fosforescentes profundidades un gran número de peces también luminosos y fantasmagóricos. Luego, de pronto, tropezábamos con la corriente de uno de los canales de tráfico, con un desembarcadero o con uno de aquellos enormes pozos verticales.

“En un vasto espacio lleno de estalactitas, un grupo de selenitas se ocupaba en sus labores de pesca. Nos acercamos a una de las barcas y pude contemplar a aquellas criaturas de largos brazos en el momento en que sacaban una red. Eran seres pequeños y jorobados, de brazos muy fuertes, piernas cortas envueltas en tela, y caras arrugadas. Mientras tiraban de la red, ésta me pareció la cosa más sólida de la Luna; estaba terriblemente cargada, y tardaron mucho tiempo en extraerla porque en aquellas aguas los peces más grandes y exquisitos se hallan en el fondo. Los que la red había aprisionado salieron como sale a veces la Luna en el cielo terrestre, teñidos de un azul refulgente.
La Peluda de la Ferte-Bernard
(Tinta sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
  “Entre lo que habían pescado se hallaba un animal de muchos tentáculos y de ojillos malignos, que se agitaba ferozmente y cuya aparición fue recibida con gritos y murmullos. En el acto le hicieron pedazos valiéndose de unas pequeñas hachas que manejaban con movimientos rápidos y nerviosos. Una vez descuartizado el monstruo, sus miembros continuaron retorciéndose y azotando el aire de un modo amenazador. Más tarde, cuando caí presa de la fiebre, soñé una y otra vez con ese agresivo y furioso animal que surgió de las profundidades de aquel mar desconocido. Ése ha sido el más maligno y repelente de cuantos seres vivientes he conocido en este mundo interior de la Luna... 

   “La superficie de este mar debe hallarse a unas doscientas millas bajo la superficie de la Luna; he sabido que todas las ciudades de la Luna se levantan inmediatamente encima del mar central, en espaciosas cavernas y galerías artificiales como las que he descrito, y que se comunican con el exterior por enormes pozos verticales que desembocan invariablemente en lo que los astrónomos de la Tierra llaman ‘cráteres’ de la Luna. En el transcurso de las exploraciones que precedieron a mi captura, vi la plataforma que cerraba una de tales aberturas.” 
    El científico no reporta nada de las capas intermedias de la Luna, es decir, de los túneles, serpentinos pasadizos y cavernas que se hallan entre el mar central y la superficie lunar. Zonas que no conoce (con excepción de la celda en la que estuvo preso con Bedford y del matadero que ambos observaron); de ahí que sobre ellas el propio Cavor podría repetir: “Hasta ahora, mi conocimiento de estas cosas es el mismo que un zulú podría tener en Londres de las reservas de cereales en el Imperio Británico.” No obstante, para el científico la Luna “es una especie de esponja rocosa”: “Esta porosidad —dice Cavor— es en parte natural, pero se debe casi toda a la enorme industria de los selenitas en tiempos pasados. Los grandes montes circulares formados por rocas y tierra, constituyen en torno de los túneles los ‘volcanes’, como les llaman los astrónomos terrestres, engañados por su falsa analogía.”
    Vale observar, además, que en la pintoresca y utilitaria estratificación de la diversidad biológica y de la múltiple tipología selenita que reporta Cavor, desde la abundante y variada “clase obrera”, hasta los más complejos y complicados cerebros, cada espécimen  “Ama su trabajo y cumple, completamente feliz, las obligaciones que justifican su existencia” planificada, diseñada y ordenada en ese orbe único. 
   
Aldous Huxley
(1894-1963)
          Se trata, entonces y en cierto modo, de una especie de embrionaria anticipación orgánica, biológica, química, eugenésica, política, ideológica y social de la pesadillesca distopía terrestre, futurista y totalitaria de Un mundo feliz (Brave New World, 1932), la celebérrima novela de Aldous Huxley (1894-1963). 
Entre la variedad de tipos de selenitas destacan los “intelectuales”, “especie de aristocracia”, cuyas peculiaridades resultan lúdicas e hilarantes caricaturas de consabidos estereotipos de terrícolas; por ejemplo, el dibujante, el matemático y los eruditos, egocéntricos y abstraídos en su especialidad cultivada y premeditada desde su nacimiento, adaptación y desarrollo (lo cual comprende el gineceo, el parvulario, el laboratorio, la cirugía y los narcóticos). A los distinguidos y apapachados “intelectuales” pertenecen Phi-oo y Tsi-puff, los dos “fantásticos hombres-insectos”, “de grandes cabezas”, designados por el propio Gran Lunar “para vigilarle, estudiarle y establecer con él la comunicación verbal que fuera posible”, auxiliados por un dibujante y por un experto con “una enorme cabeza en forma de balón de fútbol” (que descifra “complicadas analogías”). Phi-oo pertenece a la clase de “los administradores” (“selenitas de considerable iniciativa y versatilidad”) y Tsi-puff a la clase de “los eruditos” (“depositarios de todos los conocimientos”), quien se convirtió en “el primer profesor lunar de lenguas terrestres”. No obstante, cuando Cavor por fin comparece y dialoga con el Gran Lunar, es Phi-oo quien hace el papel de traductor y Tsi-puff de instantáneo diccionario parlante. En este sentido, sobre “los eruditos” descuella una relevante singularidad que reporta Cavor: “es curioso observar que el ilimitado desarrollo del cerebro ha hecho innecesaria la invención de las ayudas mecánicas para el trabajo cerebral, que han sido siempre imprescindibles para el hombre. No existen libros, archivos, bibliotecas ni instituciones culturales. Todo conocimiento está almacenado en cerebros distendidos, del mismo modo que las hormigas melíferas de Texas almacenan la miel en sus abdómenes. El Archivo Histórico de la Luna y su Biblioteca Nacional, son colecciones de cerebros vivientes...”
   Así, cuando Cavor por fin es conducido ante al trono (en medio de un impresionante, masivo y alharaquiento cortejo y desfile) para acceder a la esperada “entrevista trascendental” con el Gran Lunar —“cuya caja craneana debía tener muchos metros de diámetro” y por ende una serie de criados en semicírculo le sostienen la cabeza y otros le riegan el “gran cerebro con un líquido refrescante”—, además de las ineludibles presencias de Phi-oo y Tsi-puff, los acompañan “un escogido grupo de sabias cabezas, una especie de enciclopedia viviente” que el Gran Lunar (con su cuerpo diminuto y “encogido y miembros de insecto, peludos y blancos”) puede consultar en un tris. Y que quizá en el actual (pero ya vetusto y arcaico) período del siglo XXI, esa poderosa “enciclopédica galaxia de sabios” hubiera sido sustituida por una minúscula terminal de la computadora más potente de la Luna y quizá del Sistema Solar.
   
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
           Vale añadir, por último, que el curioso inventor y científico en medio del “inmenso hormiguero” —que es la masiva y abigarrada multitud de espeluznantes selenitas que asisten a la regia ceremonia— llega a sentirse horrorizado y fóbico como un “náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología”. No obstante, en calidad de “huésped de honor”, fue trasladado en un navío por los canales del mar central (con toda una comitiva cargada de objetos y lacayos) y luego sentado en una litera hacia la serie de excavaciones y cavernas que conforman el “palacio del Gran Lunar”. Pero lamentablemente para él es que en medio del fasto y de la regia y sonora pompa va a prosternase y a comparecer ante Su Graciosa Majestad con la risible pinta de un pestilente pordiosero desarrapado recién salido de la alcantarilla. Según reporta: “Debo confesar que todo aquello me hizo considerarme miserable e indigno. No estaba afeitado ni peinado (no tenía navaja de afeitar) y una enmarañada barba me cubría la boca. En la Tierra siempre me sentí inclinado a desdeñar toda exhibición de pulcritud que no fuese absolutamente necesaria, pero en aquellas excepcionales circunstancias, en virtud de las cuales era el representante de mi planeta y de la especie humana, hubiera dado cualquier cosa por llevar algo más presentable y artístico que los harapos que me cubrían. Había estado tan seguro de que la Luna no era habitable, que no había tomado ninguna precaución en este sentido. Iba vestido con una chaqueta de franela, calzón corto, calcetines de jugar al golf, manchados con toda la suciedad que puede encontrarse en la Luna; zapatillas (por cierto que había perdido el tacón de la izquierda) [deben ser zapatillas lunares, pues los zapatos terrestres se quedaron en la celda donde estuvo encerrado con Bedford], y una manta con un agujero en medio, por el que sacaba la cabeza. (Naturalmente, sigo vistiendo las mismas ropas.) Las barbas, que me habían crecido libremente, podían serlo todo menos una mejora en mi rostro, ya de por sí nada bello; en un flanco del calzón llevaba un gran roto que se veía perfectamente cada vez que me movía, y el calcetín de la pierna derecha persistía en caérseme, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Me hago completo cargo del mal lugar en que mi aspecto dejó a la Humanidad, y si de algún modo hubiera podido hacerme más presentable, lo hubiera hecho. Pero eso no estaba en mi mano. Me las arreglé lo mejor que pude con la manta, envolviéndome en ella como si fuera una toga, y me mantuve tan erguido como me lo permitió el balanceo de la litera.”




Herbert George Wells, Los primeros hombres en la Luna. Traducción del inglés al español de Jaime Elías. Colección Rotativa, Plaza & Janés. Barcelona, 1971. 190 pp. 

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