sábado, 24 de diciembre de 2016

El ponche de los deseos


                
¿Qué cuesta el mundo entero?
¡Dinero! ¡Dinero!


                                   Para Rebeca Madrid, dotada para lo visual

Escrita en alemán y traducida al español por Jesús Larriba y Marinella Terzi, El ponche de los deseos (1989), novela para niños, adolescentes y adultos, del germano Michael Ende (1929-1995), es un abrazo de Año Nuevo: los buenos deseos (imposibles de realizar) de un moralista que quisiera un mundo mejor. 


Michael Ende
    El ponche de los deseos ocurre durante unas horas de un solo día: de las 5 de la tarde a las 12 de la noche, es decir, hasta el momento en que las campanas de la Iglesia anuncian el punto de la celebración de San Silvestre y el comienzo del Año Nuevo. Al mago Belcebú Sarcasmo, Consejero Secreto de Magia y distinguido Miembro de la Academia de Negras Artes, precisamente a las 17 horas con 11 minutos, lo visita el burócrata Maledictus Oruga, enviado nada menos que por el mero Belcebú (de quien el mago es tocayo), el mero Ministro de las Tinieblas Supremas. Maledictus Oruga le recuerda a Belcebú Sarcasmo que no ha cumplido con su cuota de maldades pactadas en un contrato, cuyo plazo vence a la medianoche, y que de no cumplir (lo cual es poco probable), será secuestrado y remitido por siempre jamás al horrorosísimo Infierno. Esta es una de las razones por las cuales cada capítulo de la obra está precedido por el dibujo de la carátula de un reloj, cuyas manecillas van indicando el avance inmisericorde del tiempo.
   
(Ediciones SM/Thienemann, Madrid, 1989)
     El mago Belcebú Sarcasmo egresó del Instituto de Sodoma y Gomorra y de la Universidad de Técnicas Mágicas de Hediondburgo; ahora es Encargado de la Cátedra de Infamia Aplicada, Doctor Horroris Causa y Miembro del Consejo Supremo de Aquelarres. Paralelamente a su infausto destino, ocurre que su tía Tirania Vampir también ha recibido la visita del mismo burócrata Maledictus Oruga, y que ella, como bruja multiplicadineros, tampoco ha cumplido con su contrato, mismo que por igual vence a la medianoche.
      Ante los males que diezman la flora y la fauna del globo terráqueo, el Consejo Supremo de los Animales ha distribuido espías por todos los rumbos del planeta. Su cometido es indagar quiénes son los malandrines que los causan. Así, el mago Belcebú Sarcasmo y la bruja Tirania Vampir cohabitan, cada uno en su respectiva mansión, con su correspondiente espía: el cuervo Jacobo Osadías, vagabundo, perspicaz y pesimista, convive con la bruja; y el gato Félix —medio tonto, megalómano y gordinflón, quien se hace llamar Maurizio di Mauro— con el mago.
     Belcebú Sarcasmo se halla deprimido ante la certidumbre de que no salvará su maligno pellejo. Así, escribe su testamento. De pronto lo visita su tía Tirania Vampir. Entre la lucha que implica el egoísmo y la ambición sin límite de ambos, la bruja le confiesa que trae la mitad de una receta (la del ponche de los deseos) que con toda probabilidad salvará a quien lo tome y le cumplirá todos los negros y crueles propósitos que pronuncie. Pero hay un pero: el ponche tiene que ser preparado y bebido antes de la primera campanada de la medianoche de San Silvestre; si no es así, su poder de inversión se torna nulo. 
El poder de inversión del ponche consiste en que, por ejemplo, si el santo bebedor recita a gaznate pelado: 

                            Que diez mil árboles enfermos
                            vuelvan a brotar 

      En realidad está deseando y ordenando lo contrario.
  Belcebú Sarcasmo tiene la otra mitad de la receta del ponche de los deseos. Como el tiempo corre vertiginoso y sin que nadie lo detenga, no les queda más que pactar entre sí. El mago hace que las dos mitades de la receta se unan; ésta resulta ser una serpiente de pergamino con más de cinco metros de largo (¡una auténtica mazacuata prieta!). Mientras efectúan el complicado proceso de desciframiento y preparación del ponche de los deseos, la pugna entre ambos permanece latente; es decir, llegado el momento, cada uno pretenderá exterminar al otro y ser el único que lo tome.
      Cuando el gato Félix y el cuervo Jacobo Osadías, que no eran amigos, oyen, ocultos en un depósito de residuos especiales, los nefastos planes de la bruja y del mago, se unen y emprenden una azarosa búsqueda del medio que los auxilie para impedir la hecatombe mundial. Así, transformados en representantes del Bien, en previsibles héroes y salvadores del planeta Tierra, trepan, no sin esfuerzos que ponen en peligro sus deterioradas vidas, hasta lo alto de la torre de la Iglesia, con el fin de adelantar la campanada que vuelva nulo el poder de inversión del ponche de los deseos. San Silvestre, quien reside, convertido en piedra, en lo alto de la torre de la Iglesia, cobra vida para ejecutar su tradicional concierto de 12 campanadas. Debido a las explicaciones y peticiones del cuervo y del gato, San Silvestre les regala, congelada en un trozo de hielo, la primera de las 12 campanadas, que deberán mezclar al ponche de los deseos. 
  El cuervo Jacobo Osadías y el gato Félix lo hacen, no sin eludir otros inconvenientes, y así anulan el poder de inversión del ponche. De este modo, la bruja y el mago, que se embriagan bebiendo la pócima e improvisando y vociferando versos. Por ejemplo: 

     Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
     ¡Se acabó la matanza de focas, fuera el comercio de marfil!
    ¡Salvemos las ballenas, quedan pocas! ¡Abajo el tratante vil!

   Pues así deben cifrar los negros y malvados deseos, y por ende, sin saberlo, firman el acta de su condena transmutados en benefactores del planeta Tierra, de todos los animales y de la humanidad entera, pese a que nadie lo sepa.  
       
Michael Ende
(1929-1995)
       Se trata, como se ve, de una proverbial y edificante lucha entre el Bien y el Mal, en la que el triunfo del Bien, reza la cuentística y ancestral tradición, beneficia y premia a los héroes, pequeños y de origen humilde, que lucharon por él: el cuervo Jacobo Osadías, de debilucho y desplumado, queda convertido en un pajarraco fuerte y con el plumaje de un galán de cine; mientras que el gato Félix, de gordito, enano, con ridículos colores, sin voz, se transfigura en un bicho musculoso y atractivo, con dotes de cantante de ópera. 

   La fantástica novela-fábula El ponche de los deseos expresa una victoria utópica, idealista, un sueño evanescente e inasible, desde luego, acentuada por la nota angelical (el elemento clave del triunfo) que a los animales les regala San Silvestre. Sin embargo, en el transcurso, la obra no elude flechazos críticos y cáusticos, que son parte de la carga moral, quizá concientizadora. De pasadita se dice que los rincones de la Iglesia no sirven de escondite, porque es posible que los funcionarios infernales entren y salgan de allí con toda libertad. Se dice que un jefe de estado (arquetipo de la demagogia, de la insaciable corrupción, de las impolutas Casitas Blancas y de los pseudodemocráticos pactos del blablabá), cliente del malvado mago Belcebú Sarcasmo, le encargaba lágrimas de cocodrilo. Se dice que siempre ha habido, y sigue habiendo, hombres que no retroceden ante nada con tal de conseguir el poder y el dominio sobre los otros.
        Entre las sanguinarias y apestosas especialidades del mago Belcebú Sarcasmo se cuentan la contaminación del aire, el envenenamiento de mares y ríos, la destrucción de bosques y campos, las enfermedades de humanos y fauna, pero también el congelamiento de los espíritus elementales (que no pueden morir), como los gnomos, los elfos, las ondinas, los juzgalibros (seres diminutos y prescindibles que suelen pasar su somnífera vida poniendo reparos a los libros, a veces en un blog en la web). El mago Belcebú Sarcasmo, como arquetipo y cerebro de laboratorio, es el paradigma del científico involucrado, moral y políticamente, en empresas privadas e instituciones públicas, cuyos experimentos e investigaciones inciden en la polución atmosférica, en el exterminio de las especies y en la degradación de los ecosistemas. Esto se subraya al referir su cuota contractual y al cifrar sus supuestos buenos deseos mientras bebe el ponche (y en ello no se encuentra ni por encima ni por debajo de la bruja), pero también se transluce en las maldiciones que lanza en sus explosivos enojos, pataletas y berrinches: “por todos los pesticidas”; “por la lluvia ácida”; “por el estroncio radiactivo”; “por todos los genes clonizados”. Mientras que la bruja Tirania Vampir, como arquetipo multiplicadineros, es el paradigma de los grandes capitalistas y especuladores bursátiles (que emplean técnicos, economistas y científicos): los banqueros con estratosféricos aguinaldos (gordinflones, pelotudos, sin ningún catarrito, tránsfugas y fanáticos, detrás de la barrera, de los trumpistas cortos de terror), los manipuladores de la bolsa, los poseedores de las acciones de las empresas e industrias transnacionales que dañan el orbe y propician el cambio climático: el ultracacareado calentamiento de la aldea global con sus consabidos desastres, exterminios y tragedias. Así, la villana Tirania Vampir presume ser la presidenta de la Sociedad Internacional de Níquel Corrosivo e intenta que su malévolo sobrino Belcebú Sarcasmo jure por el Tenebroso Banco-Palacio de Plutón. Y en una de sus cantaletas radiográficas, grita: 

           ¿Qué cuesta el mundo entero?
           ¡Dinero! ¡Dinero!” 
Michael Ende
  En este sentido, ante sus pestilentes negocios y confabulaciones, el cuervo, metido a filósofo de cine, le dice al gato: “Entre los hombres, te lo aseguro, el dinero es el punto capital, especialmente en el caso de tu maestro y mi madam. Hacen todo por dinero, y con dinero pueden hacer todo. Es el peor instrumento mágico que existe.”

      Como se advierte, El ponche de los deseos es una caricaturesca novela-fábula, placentera, que además celebra los juegos de palabras y la improvisación que implica el verso popular. Por ejemplo: 

           Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
           Las acciones de Talar y Hermanos comenzarán a bajar
           y sólo como papel higiénico
           se podrán utilizar.
    
     De cumplirse los buenos deseos de Año Nuevo que, sin querer, expresan los horrorosísimos malvados (y que en realidad son los del recóndito espíritu de Michael Ende), se estaría ante la reinvención del Paraíso Terrenal y quizá en vías del regreso al auténtico Jardín del Edén, a esa eternidad, que según San Silvestre, como si escuchara a San Agustín, está más allá del tiempo, de la dualidad del mundo, donde sólo existe el Bien sin contrincante. 
  La descripción de los personajes, de los objetos, de las escenas, refrendan que Michael Ende era un colorista, un magnífico tejedor de fantasías, de filigranas, un dotado para lo visual. Es por ello, en parte, por lo que sus novelas Momo (1973) y La historia interminable (1979) fueron adaptadas al cine. Y es por ello, al parecer, que el binomio Ediciones SM/Thienemann reza en las solapas que Michael Ende se sentía influido por su padre Edgar Ende (pintor surrealista), por El Bosco, por Brueghel y por Klee.




Michael Ende, El ponche de los deseos. Traducción del alemán al español de Jesús Larriba y Marinella Terzi. Viñetas en blanco y negro. Colección Gran Angular (101), Ediciones SM/Thienemann. Madrid, 1989. 242 pp. 


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Enlace a "La jota de la jota", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).
Enlace a "Las brujas", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cinco esquinas

Lamer los zapatos que los patean

Editada por Alfaguara, la primera edición mexicana de la novela Cinco esquinas apareció en “marzo de 2016”, lo cual coincidió, de manera publicitaria y celebratoria, con el 80 aniversario de Mario Vargas Llosa, su autor, pues nació en Arequipa, Perú, el 28 de marzo de 1936.
Primera edición en México: marzo de 2016
      El novelista y Premio Nobel de Literatura 2010 preludia su libro con una declaración de principios que reza: “Cinco esquinas es una obra de ficción en la que, para la creación de algunos personajes, el autor se ha inspirado en la personalidad de seres auténticos, con los que, además, comparten nombre, aunque a lo largo de toda la novela son tratados como seres de ficción. El autor ha asumido en todo momento libertad absoluta en el relato, sin que los hechos que se narran se correspondan con la realidad.” En este sentido, Mario Vargas Llosa se cura en salud para utilizar y contar lo que se le antoje (y como se le antoje) y para que de manera inapelable no se le objete que en la histórica caída de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos (y en el encarcelamiento de ambos) no “fue clave” la supuesta revelación periodística que se narra en su novela. Revelación que dizque se destapa en un semanario populachero, de índole escandalosa y amarillista, que se edita en una Lima asediada por la violencia, los apagones, los secuestros, la delincuencia común, la abundante pobreza, el terrorismo de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, el toque de queda, la represión, y el sanguinario y genocida manejo de los mass media que orquesta y manipula “el todopoderoso Doctor”, nada menos que “el jefe del Servicio de Inteligencia” de la dictadura, de quien la vox populi dictamina: es “el que manda y hace y deshace”, pese a que Fujimori sea el presidente.  
 
Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa,
una pareja de película.
         No obstante los crímenes y actos delictivos que se aluden y se narran, Cinco esquinas es un divertimento, una novela lúdica, gozosa, ligera, amena, salpimentada con episodios pornoeróticos y no exenta de peruanismos, modismos y vulgarismos (entertainment químicamente puro, fácilmente adaptable y explotable por la churrería cinematográfica hollywoodense o no); con un cariz, no de alta literatura, sino de literatura popular, que recuerda el tremendismo de los radioteatros que urde Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor (Seix Barral, 1977). De sobra es consabido que Mario Vargas Llosa es un consumado maestro de la intriga y del suspense, de modo que esto lo despliega, entreteje y dosifica desde la primera a la última página, que concluye con un final ambiguo y abierto a la especulación del lector.  
  Dividida en veintidós capítulos con rótulos y numerados con romanos, los sucesos que se narran en Cinco esquinas se ubican entre las postrimerías del régimen de Fujimori y tres años después (cuando gobierna “el cholo Toledo”, y el chino Fujimori y el Doctor ya están en la cárcel, y también los líderes terroristas: Abimael Guzmán, cabecilla de Sendero Luminoso, y Víctor Polay, cabecilla del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Los hechos centrales giran en torno al chantaje y la coacción monetaria que Rolando Garro, el repulsivo y fétido director de Destapes (un pobretón semanario amarillista que exhibe y explota las zonas oscuras del mundillo de la farándula y del espectáculo) intenta endilgarle al ingeniero Enrique Cárdenas, “uno de los hombres más poderosos del Perú”, cuya riqueza ha acumulado en el ámbito de la minería. “Las fotos de Chosica”, una veintena de imágenes de una orgía clandestina ocurrida hará unos dos años y medio, son el arma con que el gacetillero pretende chantajear y hacer fortuna. Enrique Cárdenas se niega a “invertir” en Destapes y con insultos pone de patitas en la calle a Rolado Garro; quien días después de publicar las fotos en su semanario aparece asesinado “en Cinco Esquinas, uno de los barrios más violentos de Lima, con asaltos, peleas y palizas por doquier”; por lo que parece “normal” que el cadáver de Garro luzca numerosas puñaladas en el cuerpo y el rostro destrozado a pedradas.
   Ante la opinión pública de Lima y del Perú, el ingeniero Enrique Cárdenas figura como el rico y poderoso que mandó a matar al periodista Rolando Garro. Paradójicamente, Julieta Leguizamón, alias la Retaquita, oscura redactora estrella de Destapes, también cree esto y lo denuncia ante las autoridades; es decir, no infiere ni logra entrever la mano negra y asesina del Doctor. Presunto responsable del asesinato de Rolando Garro, el ingeniero Enrique Cárdenas es detenido por la policía y encerrado en una cárcel, primero en un separo solitario y luego en una hedionda y hacinada celda colectiva en la que predominan y dominan los homosexuales de baja ralea; donde de un modo inverosímil lee una filosófica sentencia versificada escrita con corrección y no con las infalibles y consabidas faltas de ortografía: “Y cuando esperaba el bien,/ Sobrevino el mal;/ Cuando esperaba la luz, vino/ La oscuridad”.
   Paralelo al dilema del ingeniero Enrique Cárdenas, Marisa, su bellísima esposa gringa, y Chabela, la no menos bella esposa de Luciano Casasbellas, su enriquecido e influyente abogado y su mejor amigo desde chicos, inician, favorecidas por el toque de queda, una cachonda y subrepticia relación lésbica (que a la postre se trasforma en triángulo sexual).
   A través de tres hombres camuflados de civil, el temible Doctor hace llevar a la Retaquita, encapuchada, hasta su búnker oculto en Playa Arica, donde le anuncia y ordena que va a trabajar para él y que Destapes reaparecerá con ella de directora. Lo cual implica, además de la bonanza económica que le permitirá dejar su minúsculo agujero en Cinco Esquinas y cambiarse a una casa amueblada en Miraflores, que ella hará lo que él mande para desacreditar a opositores políticos y críticos del régimen y que no dejará de meter las narices en la bacinica mediática, es decir, en lo que se publique en el semanario: “Fíjate tú misma cuánto quieres ganar como directora. Nosotros nos veremos poco. Yo quiero aprobar el número armado antes de que vaya a la imprenta y yo pondré los titulares.” Y además de advertirle que tendrán “una comunicación semanal, por teléfono, o, si el asunto es delicado, a través” del capitán Félix Madueño (quien hace trabajos secretos, cruentos y sucios para el Doctor), le reitera y recalca su imperativa amenaza (de muerte): “Pero no olvides la lección: yo perdono todo, salvo a los traidores. Exijo una lealtad absoluta a mis colaboradores. ¿Entendido, Retaquita? Hasta pronto, pues, y buena suerte.”
   Vale observar que “apenas unos mesecitos” después del asesinato de Rolando Garro, meses en los que la Retaquita ha cumplido con obediencia perruna las imperativas órdenes del Doctor y ya vive en Miraflores, ella, en calidad de directora de Destapes, con enorme inverosimilitud, decide darle vuelta a la tortilla y traicionar a su patrón, “jefe del Servicio de Inteligencia de Fujimori”, pese a que de primera mano sabe que no le tiembla la sanguinaria manaza para ordenar, ipso facto, el asesinato encubierto de los colaboradores que lo traicionan. En este sentido, con la confabulación del fóbico, tontorrón y frágil fotógrafo de Destapes (autor de las fotos de la orgía de Chosica) y de una vulnerable redactora del semanario, jugándose el pellejo, preparan un número especial, donde, además de la apología del supuesto periodismo de Rolando Garro y de supuestamente redimir su imagen y memoria y de relatar su cuestionable proceder ante el ingeniero Enrique Cárdenas, hacen la crónica del asesinato del ex director de Destapes ordenada por el Doctor, de la calumniosa inculpación de tal crimen, supuestamente realizado por un anciano pobrísimo y amnésico (Juan Peineta, otrora sensiblero y popular declamador de poemas e infausto cómico en “Los Tres Chistosos”, programa de América Televisión), y donde además la Retaquita narra cómo grabó las inculpatorias conversaciones que tuvo con el “jefe del Servicio de Inteligencia”; material (37 grabaciones) que fue entregado a la Fiscalía de la Nación y al Poder Judicial con el objetivo de que “el asesino de Rolando Garro sea juzgado y sentenciado merecidamente por su luctuoso proceder”. Cosa que, según la novela, se logró, además de incidir en la caída del Doctor y del chino Fujimori. Es decir, lo inverosímil también radica en que los curtidos y serviles esbirros del siniestro Doctor no hayan espiado a la Retaquita ni detenido la impresión del semanario ni confiscado el tiraje y su distribución, ni que la hayan cacheado con rigor y por ende ella pudo grabarlo a sus anchas, pues solía esconder la pequeña grabadora entre los pechos. A esto se añade que el Doctor no haya respondido ipso facto; es decir, no ordenó el asesinato inmediato de la Retaquita y sus colaboradores (simulando un atraco, por ejemplo), ni provocó ningún incendio en Destapes ni hizo colocar alguna estruendosa carga explosiva que peliculescamente hiciera polvo el conjunto. 
    Así que tres años después de las fotos de Chosica, la Retaquita, siguiendo los pasos de su mentor, heroína y oronda ahora tiene su propio programa televisivo: La hora de la Retaquita, de la misma índole vulgar, populachera, amarillista y chismográfica que cultivaba Rolando Garro, al que, también increíblemente, se ha vuelto aficionado (y admirador de la diminuta e intrépida “periodista”) nada menos que el riquísimo ingeniero Enrique Cárdenas, supuestamente culto, libertino en secreto, refinado y coleccionista de arte en sus ámbitos íntimos y domésticos, y pese a que la denuncia de ella lo privó de la libertad e hizo vivir y experimentar terribles horas de pánico, angustia y desesperación en la cárcel, y un inconfesable y bochornoso episodio en la celda colectiva plagada de nauseabundos y mafiosos homosexuales.
     
El Premio Nobel y la Reina de Corazones,
estrellas del periodismo rosa.
         Cabe observar que del capítulo uno al diecinueve la novela Cinco esquinas desarrolla la serie de las historias de una manera progresiva y alterna; y sólo en el capítulo veinte, “Un remolino”, Mario Vargas Llosa hace uso de un recurso narrativo que, muchas veces, ha utilizado con maestría y mayor complejidad: de un modo polifónico y fragmentario en un mismo párrafo (y párrafo tras párrafo) intercala voces, lugares y tiempos; es decir, narra diálogos, hechos y episodios que se suceden entre sus distintos personajes. El capítulo veintiuno esboza, literalmente, el contenido de la citada “Edición extraordinaria de Destapes”. Y la pregunta que titula al capítulo veintidós (el último): “¿Happy end?”, implica el susodicho final ambiguo y abierto a la especulación del lector, relativa al trasfondo e intríngulis del referido triángulo sexual (y quizá algo más o no).

Mario Vargas Llosa, Cinco esquinas. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, marzo de 2016. 320 pp.



El último día de Terranova

Chetos mirándose el ombligo

Nacido en La Coruña el 25 de octubre de 1957, el prolífico narrador Manuel Rivas escribió en gallego su novela El último día de Terranova. Y traducida al español por María Dolores Torres París fue editada en España, por Alfaguara, en noviembre de 2015, y, en México, en abril de 2016. En “Liquidación Final/ Galicia, otoño de 2014” —el primero de los 28 capítulos con rótulos que la integran—, el viejo Vicenzo Fontana, el protagonista, quien se desplaza con muletas frente al mar, bosqueja pormenores de su persona y personalidad, y rememora algunos rasgos y episodios trascendentales de su pretérito que lo marcaron para siempre (como la juvenil imagen de “Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas”, y la poliomielitis que él contrajo en la infancia, en 1957, y que lo confinó una temporada en el infierno de un estrecho e inmovilizante “Pulmón de Acero, en el Sanatorio Marítimo”). Pero el drama inmediato que lo confronta al desasosiego de su incierto destino está cifrado en el letrero que escribió en el escaparate de Terranova, la vieja y entrañable librería familiar (abierta en 1946, por Comba Ponte, su madre, en el número 24 de Atlantis, en el puerto de La Coruña), que ha heredado y de la que es responsable: Liquidación final de existencias por cierre inminente
Primera edición mexicana, abril de 2016
        La novela El último día de Terranova es un puzle repleto de anécdotas y digresiones, salpimentado y recamado con abundantes citas y florituras librescas de erudito gourmet, en cuya urdimbre narrativa (poco verista) bullen los nombres, las fechas, los hechos y los episodios extirpados de la globalizada historia de la literatura y de la globalizada historia social y política. Si bien el decurso del presente (relativo a 2014) es progresivo y oscila en torno al probable descalabro de la librería (debido a la amenaza de desahucio y lanzamiento por parte de los propietarios del inmueble: Old Nick y Nick Junior, asociados a un oscuro y ambicioso Máster), Manuel Rivas, de manera alterna, hace incursiones a diversos pasados en distintos ámbitos temporales y narrativos. En este sentido, descuella lo que concierne a Garúa (una joven argentina) en los años 70 del siglo XX, a quien Vicenzo Fontana conoce en noviembre de 1975, en Madrid, y con quien viaja en tren a La Coruña, directamente a la librería Terranova (que además es casa familiar y refugio de menesterosos y de la idiosincrasia republicana), precisamente el día que en la capital española se efectúan las multitudinarias exequias del generalísimo Francisco Franco. Período y estancia en Terranova que concluye en 1979, cuando Garúa se marcha para siempre de allí (y a quien nunca vuelve a ver), luego de que Rodolfo Almirón, un sanguinario agente de la extemporánea Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), guiado y acompañado por Pedrés, “inspector de la Brigada Político-Social”, respaldados por un grupo de policías que rodearon la librería, asombrosamente no la detienen el día que se presentan para llevársela, pese a que con antelación la tenían ubicada e identificada con fotos de su historial en las huestes clandestinas de los Montoneros, con quienes desde La Coruña mantenía contacto secreto por correo y por teléfono desde una cabina pública cercana al Faro, y por ende un par de ellos, “en un Mini Morris rojo con techo blanco”, pasan a recogerla en Chor, sitio de la Casa Grande de los Fontana que ella eligió para despedirse del núcleo familiar, donde dizque alfabetizó a Expectación, la criada que amamantó a Vicenzo de una teta (mientras de la otra teta amamantaba a Dombodán, su propio hijo), quien dizque desde que aprendió a leer, sólo ha leído un libro: no la Biblia, sino Pedro Páramo, dizque “diez o quince veces”; mientras que Garúa, de la librería Terranova sólo se lleva “La Odisea en braille”. Es decir, Garúa, liada con los Montoneros (guerrilleros o terroristas, o la dos cosas a la vez), está en España porque “Consiguió huir de Argentina cuando iban a cazarla” (incluso “le pusieron una bomba al apartamento donde vivía”). Y ese “asesino Almirón, el gorila que visitó Terranova y que anda de pistolero suelto por España”, obviamente la rastreó y localizó (era él quien traía las fotos de ella); no obstante, luego de apersonarse en la librería no la sigue (en solitario o con otros pistoleros), no la embosca ni la caza ni la secuestra ni la mata, pese a que, según le dijo Garúa a Vicenzo, era “un policía corrupto con un horrible historial, uno de los organizadores de la Triple A, que con la guerra sucia abrió paso a la Dictadura argentina, mercenario en actos terroristas en España, como el de Montejurra, en esa primavera de 1976”. Y Garúa, repartidora de libros en bicicleta, junto a su apariencia de no matar una mosca ni morder un plátano, algo sabe (y podría ser torturada para que hable y delate a sus correligionarios), pues se incorporó en misiones de inteligencia para los Montoneros, luego de que “un día de diciembre de 1974”, en “una casa paqueta en Buena Vista”, en Buenos Aires, donde daba de clases de piano a una niña convaleciente, descubriera, sin proponérselo y oculta tras una mirilla de cristal, las reuniones secretas, cruentas y exterminadoras que una fauna de informantes y miembros de la Triple A periódicamente tenían en un salón. “Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros...”, oyó Garúa que planea el Almirante Cero. Quien en la vida real (Emilio Eduardo Massera) dirigió la tenebrosa ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) y fue parte de la junta miliar que el 24 de marzo de 1976 derrocó a Isabelita (la presidenta María Estela Martínez de Perón). Y según le confiesa Garúa a Vicenzo antes de marcharse de Terranova, las fotos que el Negro Tero (un camarada de ella) reveló en Madrid en torno a la capilla ardiente de Franco, precisamente en el piso del teatro abandonado donde Vicenzo subsistía con la pinta y el maquillaje del Duque Blanco Cojo (un híbrido de David Bowie y Alice Cooper), eran explosivos documentos reveladores y comprometedores: “¿Sabés de quiénes eran las fotos que revelamos en Madrid? Coincidiendo con los funerales de Franco, se juntaron jefes de los servicios de Inteligencia y policiales de las dictaduras latinoamericanas, agentes de la CIA y miembros de grupos neofascistas, como el italiano Delle Chiaie. Allí se dejó atada, y no después, la Operación Cóndor. La caza de huidos y exiliados para ser intercambiados por los aparatos represivos. También colabora la policía franquista. Hay torturadores en mi país que recibieron cursos en España. Cursos de tortura. ¿Qué te parece? ¿Y a qué vas de viaje, cariño? A un cursillo de tortura.” 

Vale observar que el cometido de apresar a la Mata Hari de los Montoneros en la librería Terranova se frustra porque Eliseo, el tío materno de Vicenzo, confronta, él sólo y con un revólver, al inspector Pedrés, a su adjunto Cotón y a tal Rodolfo (mientras en el exterior los uniformados policías se chupan el dedo y sólo esperan órdenes). Y además de que se marchan con las manazas vacías en tanto el inspector Pedrés alude la consabida y supuesta enfermedad del tío Eliseo Ponte, el hilarante detalle (quizá inverosímil) radica en que “el Seis Luces no tenía balas”, y quien lo advierte no es ninguno de los tres rapaces agentes, sino Vicenzo. 
Ese supuesto padecimiento del tío Eliseo es su homosexualidad, lo cual implica, ante las autoridades responsables, un vínculo de soborno, tolerancia y corrupción sistémica en ámbitos del franquismo, pues Eliseo ha sido confinado, supuestamente, en un manicomio. Es decir, el tío Eliseo había sido detenido “varias veces en redadas policiales por homosexual. Y lo del psiquiatra era una forma de evitar la cárcel”. Y eso se arreglaba “con la comprensión de un juez. Y pagando, por supuesto.” Así que el sanatorio mental en el que Eliseo ha estado, no es, precisamente, una rigurosa, dura, claustrofóbica y torturante clínica psiquiátrica parecida a la clínica de Santander donde en 1940 estuvo recluida Leonora Carrington (por órdenes de su padre), sino que, según le explica Vicenzo a Garúa, “En el sanatorio del doctor Esquerdo, en las afueras de Madrid, además de los pabellones de los enfermos había un espacio con chalés donde residía gente como Eliseo. Gente que podía pagarlo, claro. Era una zona, por así decir, de descanso. No podían salir, pero hacían su vida. Había médicos reaccionarios que consideraban la homosexualidad una tara, pero también los había que combatían esa represión. Recuerdo una ocasión en que fuimos a visitarlo, nos dijo: ¡Estoy leyendo cien libros a la vez! Y era cierto. Allí, con aquellas compañías tan especiales, compartía libros que en muchos casos hallaron refugio final en Terranova.”
Y esto, al parecer, es así. Pues cuando Vicenzo aún ignoraba la inclinación sexual del tío Eliseo, éste le decía, y se le decía, que había ido de viaje a Francia o a países de América Latina y que desde donde andaba enviaba cartas y libros a Terranova; librería donde entonces oficiaba Amaro Fontana, alias Polytropos (el padre de Vicenzo), “El hombre que más sabe de Ulises”, conocido en la comisaría de La Coruña por ser “El mayor abastecedor de libros prohibidos en Galicia” (los cuales llegaban de contrabando ocultos en embalajes y maletas con doble fondo). Pero el meollo del caso es que, pese a sus cartas, a las historias de sus viajes, de sus estadías en varios países, de sus vívidas andanzas con escritores legendarios y celebérrimos, y a los envíos de libros censurados y prohibidos, el tío Eliseo, en realidad, “no estuvo nunca” en los lugares donde decía haber estado: “No estuvo en América”, “Ni en Argentina, ni en México, ni en Cuba. Aparte de un viaje a Barcelona invitado por el editor Janés, sólo estuvo en Portugal. A Lisboa y a Amarante sí que fue.” Le revela Comba Ponte a Garúa.
Manuel Rivas
(Foto de Sol Mariño en la 2
ª de forros )
        Es decir, si Manuel Rivas pone particular énfasis en la descripción y relato de las peculiaridades de sus personajes y su coloquial manera de apodar y apostrofar, el rasgo más acusado del tío Eliseo es su facilidad para fantasear, inventar y contar historias, cualidad con la que otrora embelesó al niño Vicenzo confinado en el Nautilus (el Pulmón de Acero), e incluso a Garúa durante su estancia en Terranova, y que despliega, ante el juez, en el microrrelato sobre la supuesta Operação Papagaio (dizque una “revolución” en ciernes “del grupo surrealista del café Gelo”, en 1962 y en Portugal, para “pasar a la acción y poner fin” a “la Dictadura de Salazar”), donde iba a usar “el Seis Luces”, “pero sin munición”. Virtud de cuentero oral que también transluce Garúa (cuyo ventrílocuo y titiritero es Manuel Rivas) y que saca a relucir, en la librería Terranova (e incluso imita la manera de andar “de Chaplin, de Carlitos el Pibe”), al contar el histriónico, trapecista y circense episodio de cuando en la primavera de 1973, a sus 21 años, se exhibió y presentó ante Borges (rubricando su salida con una chaplinesca pantomima), quien estaba en una mesa de La Biela, el famoso café de Buenos Aires cercano al cementerio de la Recoleta. 

     Así que después de la sorpresiva visita del sanguinario agente de la Triple A y del inspector Pedrés y su coreográfico grupo de policías, “Eliseo se fue ‘de viaje’. Habían llegado a esa componenda. Esta vez las cosas eran más complicadas, con el enfrentamiento policial de por medio. Iba a ser un viaje muy largo. Y ya no volvería a Terranova.” Y según rememora el viejo Vicenzo Fontana, no volvió, pero no dejó de enviar cartas, las cuales empezaron a espaciarse después de que “en la primavera de 1980” se fugó, sin violencia, del sanatorio. La última carta data de “la primavera de 1989”. Y “en mayo de 1990” un enorme paquete remitido de París (con su retrospectiva clave y toque poético en el interior), le notificó la muerte del tío Eliseo en un asilo.  
Aunado a ello, 1990 fue un año muy álgido para Vicenzo Fontana, pues pese a los intríngulis simbólicos, rituales y crípticos del acto, su padre, que era diabético, en el otoño se quitó la vida. Y lo hizo en el “cementerio donde está enterrado su amigo Atlas. Se aposentó allí. Enterró la Piedra del Rayo. Se inyectó la insulina de la diabetes. No la dosis prescrita, sino doble. Se cubrió con una manta. Y se quedó dormido. Ya no despertó.” El tal Atlas era un cantero fortachón llamado Henrique Lira, nativo de Chor, el pueblo donde también nació Amaro Fontana. Y en una excavación arqueológica del Seminario de Estudios Gallegos, donde brillaba el joven maestro universitario Amaro Fontana (egregio miembro de la “Generación de las Estrellas”), fue Atlas quien halló “el bifaz”, “la Piedra del Rayo”, un “hacha paleolítica” (con forma acorazonada) resguardada como reliquia en la librería Terranova. Y según le explica Amaro a Garúa, “Había una leyenda. Los románticos creían que esas piedras no eran tallas humanas. Habían sido fecundadas por el rayo al penetrar la tierra. Quien tuviese la piedra, protegía a todos.” No obstante, según le dice, “En el verano del treinta y seis, una de las primeras medidas de los golpistas en Galicia fue destruir el Seminario de Estudios. Asesinaron a diecisiete miembros, y treinta y uno consiguieron huir al exilio”. Y Garúa, además del “bifaz”, observó un par de viejas fotos, una de estudio, “posterior a la excavación”, datada en “junio de 1936”, donde posan el tío Eliseo, Atlas y Amaro Fontana muy atildados, y otra de un grupo numeroso del Seminario de Estudios. Y en torno a Atlas, Amaro le revela a Garúa algo del inefable e indeleble carozo de la mazorca: “El tercero por el que preguntas fue asesinado”. “Creo que lo mataron porque me tenían que matar a mí. Pero a mí no me mataron. Mis padres pagaron para que no me matasen. Fue así. Éramos amigos. Éramos felices. Y en minutos, en horas, él estaba sin vida. Y yo era un ‘topo’. Él encontró la Piedra del Rayo, pero había insistido en que yo la custodiase.” 
     
Manuel Rivas
         En el decurso de El último día de Terranova, Vicenzo Fontana alude cierto distanciamiento con su padre (peyorativamente lo llamaba “el Hombre Borrado”), vertiente que Manuel Rivas no ahonda ni desarrolla, pese al seminal indicio (entro otros) de que cuando estuvo prisionero en el batiscafo (el Pulmón de Acero) casi no lo visitó (y casi no le habló) y a que hubo un tiempo en que sólo se comunicaban por escrito. Y en contraste y contradicción, lo que sobresale y disemina a lo largo de las páginas es la admiración que Vicenzo siente ante las cualidades intelectuales y polígrafas de Amaro Fontana, de cuya impronta, cobijo y protección nunca busca destetarse. Y amén de mencionarlo, tampoco narra anécdotas donde se vea al tío Eliseo y a Amaro Fontana de “topos” en la librería Terranova, no en un subterráneo o camuflado escondrijo, sino deambulando vestidos de mujer. Y nada sobre las agresiones que los falangistas infringieron contra la librería Terranova. Y ningún episodio sobre la homosexualidad del tío Eliseo. Y fuera de referirlo e ilustrarlo con una anécdota (el viaje en LSD, con Dombodán, en el tejado de la catedral de Santiago en la “primavera de 1974”, preludio de su desplazamiento a Madrid), tampoco explora el trasfondo y los matices de la juvenil drogadicción de Vicenzo. Pero sí narra el modo en que la vieja librería Terranova —por azares y coincidencias del destino en el que juega un papel audaz un ex sacerdote armado con un rifle (refugiado en Terranova), más las revelaciones delincuenciales de una marginal pareja de jóvenes: Vania y Zas (los últimos refugiados, padres de la bebé Estela Marina, “La primera nativa de Terranova”)— logra defenderse ante las perentorias amenazas de lanzamiento y del criminal y furtivo intento de incendio promovido por el mafioso Máster a través de dos matones (Boca di Fumo y el Bate), estrategia defensiva donde descuella cierta reflexión detectivesca, intuición y olfato de Vicenzo y su parcial buena estrella (paradójicamente signada por una Virgen Grávida, una pieza religiosa del siglo XIV que otrora estuvo en la Casa Grande de Chor, preservada en ultrasecreto por la vieja matrona Expectación). 


Manuel Rivas, El último día de Terranova. Traducción del gallego al español de María Dolores Torres París. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, abril de 2016. 290 pp.



Vida y época de Michael K



Tan insustancial como el aire

El sudafricano John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, febrero 9 de 1940), Premio Nobel de Literatura 2003, obtuvo en Francia el Premio Fémina a la mejor novela extranjera y en 1983 su primer Booker (“el premio más prestigioso de la literatura inglesa”) con su obra Vida y época de Michael K, “el libro que le valió fama internacional”.
J.M. Coetzee
Premio Nobel de Literatura 2003
Pese al título, J.M. Coetzee no elabora la total cronología biográfica de Michael K, ni tampoco un minucioso análisis o esquema de los marcos sociopolíticos de las etapas que vive en Sudáfrica (donde nace y muere). Es decir, si bien vierte pasajes retrospectivos, anécdotas y pinceladas sobre la génesis y la genealogía del personaje, el tiempo presente de la novela y su entorno social, que es el que predomina, se constriñe alrededor de un año (o un poquitín más), entre los 31 y los 32 años del protagonista, lapso en el que su patético y lastimero itinerario traza un zigzagueante círculo concéntrico.
A sus 31 años, Michael K, quien es un jardinero en un parque circunscrito al “departamento municipal de Parques y Jardines de Ciudad del Cabo”, es requerido por Anna K, su madre enferma de hidropesía y casi desahuciada, quien (por la misericordia de sus nebulosos y luego ausentes patrones) subsiste en un cuartucho de Côte d’Azur, un edificio en Sea Point que colinda con el mar.
Después de que un sangriento accidente de tráfico provocado por un jeep del ejército convirtió la zona de Côte d’Azur en un violento y  peligroso polvorín, Anna K, ante su miseria y la enfermedad y los destrozos circunvecinos, y frente a las truncas y ominosas perspectivas del futuro inmediato y a largo plazo, decide que ambos irán a vivir a Prince Albert (no le dice a su hijo, pero ella, quien siente cercana la muerte, quiere morir allí), el distrito donde estuvo la granja en la que nació y vivió de niña. Y con ello comienza el último periplo de la triste y desventurada odisea del protagonista, cuyo objetivo entreve y fermenta con una visión onírica y paradisíaca que el tiempo y los terribles sucesos tornarán inasible: “una casa de campo encalada en el extenso veld, el humo saliendo de la chimenea, y en la puerta a su madre sonriente y sana preparada para darle la bienvenida a casa después de un largo día”.
No es fortuito que Vida y época de Michael K inicie con un epígrafe que reza: “La guerra de todos es padre y de todos es rey./ Muestra a unos dioses y a otros hombres./ Hace a unos esclavos y a otros libres.” Es decir, el drama anecdótico y personal de Michael K no estriba únicamente en ser un tipo de labio leporino, con dificultades para el habla y con un limitado coeficiente intelectual, hijo de una pobrísima criada que ya no puede caminar (quien de niño lo dejara en un orfanato hasta sus quince años), sino también en la coercitiva circunstancia de que en tal Sudáfrica del siglo XX se sucede una cruenta guerra intestina signada por el dictatorial poder militar y su consecuente dominio y restricción de las libertades individuales y sociales; por ende impera el toque de queda y proliferan los campos de concentración de todo tipo (de desplazados, de reeducación, de trabajos forzados y de castigo).
Así, Michael K, sin papeles de identidad y sin el permiso oficial para desplazarse de un lugar a otro, emprende el viaje de Ciudad del Cabo a Prince Albert llevando a su madre en una rudimentaria carreta habilitada por sus incompetentes manos; pero durante el accidentado y más o menos subrepticio trayecto Anna K muere en el hospital de Stellenbosch, por lo que él se propone llevar sus cenizas al distrito de Prince Albert, cosa que no sin peripecias y a su debido tiempo logra y en consecuencia las esparce en el fértil sitio donde supone estuvo el ámbito de la granja donde ella naciera y creciera.
Premio Booker 1983
Premio Fémina 1983
(Mondadori, 1ª edición mexicana, junio de 2006)
      Vida y época de Michael K (traducida al español por Concha Manella) se divide en tres partes. La primera está narrada por una voz omnisciente y ubicua, la cual concluye cuando un grupo de soldados, al rastrear la zona del Karaoo donde se halla la granja de los Visagie en el distrito de Prince Albert, descubren a K (casi un kafkiano insecto) subsistiendo en un rudimentario habitáculo al ras de la tierra (mal construido por él). Estúpidamente los militares creen que escamotea contactos con los guerrilleros, es decir, que cultiva las calabazas para éstos y que esconde víveres y armamento. Por ende, minan la pila y la bomba del agua, el disperso sembradío de calabazas y la abandonada y astrosa casa de los Visagie y explosionan el conjunto.
La segunda parte de la novela es contada por la voz y la perspectiva de un joven farmacéutico que en el antiguo hipódromo de Kenilworth, dispuesto a modo de campo de reeducación (con alrededor de 600 descalzos prisioneros), sirve de médico militar encargado de la escuálida enfermería, donde conoce a K (flaquísimo e incapaz de ingerir alimentos) y a quien todos llaman Michaels, gracias a que así lo reconoció y bautizó el rubio capitán Oosthuizen, quien lo identifica como fugado de Jakkalsdrif, el mísero y humillante campo de trabajo donde K estuvo recluido y donde absurdamente se le acusa de ser de los pirómanos que atacaron Prince Albert.
Tal idealista doctor se obsesiona con K y tanto sus actividades médicas y burocráticas, como sus reflexiones y divagaciones personales, denotan e implican una gran calidad humana y ética que en algunos puntos se imbrican con la postura moral y el fastidio del viejo Noël, el jefe militar del campo, quienes reveladoramente llaman “Castillo” al despótico y kafkiano cuartel general.
En la tercera y última parte de la novela, la omnisciente y ubicua voz narrativa retoma el hilo conductor. Michael K, después de tres meses en Kenilworth (esquelético, enfermo y desahuciado), se ha escapado y retorna al edificio de Côte d’Azur con la intención de introducirse en el cuartucho donde vivió su madre (quizá inconscientemente buscando refugio y sentido en el otrora seno materno). Pero antes de lograrlo, en la playa, conoce a tres vagos que se le acercan: un proxeneta y dos mujerzuelas (una de ellas con un bebé); durante la noche, el delincuente intenta robarle el saquito que guarda en su overol (pero sólo lleva semillas). Y al día siguiente una de las rameras, por lástima, lo manosea y le hace una felación, lo cual, al parecer, a sus 32 años de pálida y borrosa vida ha sido su única vivencia sexual con una hembra. 
Por último, K, sin autorización y subrepticiamente, penetra en el cuartucho de Côte d’Azur y todo sugiere que, dada su debilidad y fragilidad, vivirá los últimos estertores de sus lastimeros días de prescindible y minúsculo insecto (“el más oscuro de los oscuros”), en los que se vio impelido a esconderse en el campo, a comer aves cazadas con su resortera, raíces, bulbos, puñados de flores, lagartijas y larvas de hormigas, lo cual implica su deficiencia mental (su creciente solipsismo que colinda o se entronca con una especie de autismo) y las rémoras de su introspectiva imaginación con gérmenes de pensamiento mítico (ve los frutos y semillas que cultiva como su descendencia personal). Pero también el hecho de que como citadino ratonzuelo de fétida y oscura alcantarilla no pudo subsistir solitario en el campo, pues el bagaje práctico, cognoscitivo y comunitario de la civilización le era necesario para sobrevivir y para atacar la ignorancia, las carencias y los padecimientos que sufrió durante su estadía de bicho ermitaño. 
Viéndolo cadavérico, con su organismo negado a alimentarse y ausente en sí mismo (como preparándose para el último suspiro en el otrora reducto materno), cabe citar un pasaje de las reflexiones del médico donde lo visualiza así (casi un defectuoso, torpe y rabínico golem o un homúnculo liliputiense manufacturado por un aprendiz de alquimista que no aprobó ni de panzazo):
“Cuando miraba a Michaels, siempre me parecía que alguien había cogido un puñado de polvo, había escupido en él y le había dado la forma de un hombre rudimentario, cometiendo uno o dos errores (la boca, y sin duda el contenido de la cabeza), y olvidando uno o dos detalles (el sexo), pero logrando finalmente la forma de un hombrecillo genuino de barro, como los hombrecillos que se ven en algunas figuras de la artesanía popular salir al mundo de entre los muslos abiertos de su madre, los dedos ya torcidos, la espalda ya doblada, preparados para una vida de labranza, un ser que pasa su vida consciente inclinado sobre la tierra, que cuando llega al fin su hora cava su propia tumba, se desliza en ella y arroja la tierra pesada sobre su cabeza como una manta, sonriendo por última vez, y se vuelve dejándose llevar por el sueño, al fin en casa, mientras que, más inadvertida que nunca en algún lugar lejano, la rueda de la historia continúa girando.”


J.M. Coetzee, Vida y época de Michael K. Traducción del inglés al español de Concha Manella. Literatura Mondadori (297). 1ª edición mexicana. México, junio de 2006. 292 pp.



El ruido y la furia



La vida no es más que una sombra

William Faulkner
(1897-1962)
The Sound and the Fury, novela del norteamericano William Faulkner (1897-1962), fue editada en Nueva York, en 1929, por Jonathan Cape & Harrison Smith. Al español, al parecer desde 1947, no pocos traductores han traducido el título como El sonido y la furia, sin prescindir del “Apéndice” que el novelista escribió ex profeso para The Portable Faulkner (Viking Press, Nueva York, 1946), antología de Malcolm Cowley, mismo que el autor incorporó en su novela a partir de la “edición corregida” que Random House publicó en 1946 en la serie Modern Library.  Pero Ana Antón-Pacheco, cuya traducción data de 1986, optó por El ruido y la furia para estar más acorde con lo tempestivo y dramático de la trama, pese a que no ignora que, se dice, Faulkner tomó el título de un parlamento de una versión de Macbeth (“Acto V, Escena V”) que en español reza así:


                               ¡La vida no es más que una sombra...
                               un cuento narrado por un idiota,
                               lleno de sonido y furia
                               que nada significa!
 
Reeditada en España, en 1995, por Ediciones Cátedra con el número 226 de la serie Letras Universales, la traducción al español de Ana Antón-Pacheco, profesora de Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid, figura con bibliografía y notas incorporadas por la prologuista María Eugenia Díaz Sánchez, profesora de Filología Inglesa en la Universidad de Salamanca, ya de su cosecha o transcritas “de las que David Minter preparó para la edición crítica de Norton en 1987”.
(Cátedra, 7ª edición, Madrid, 2008)
  No obstante, las notas no son exhaustivas ni agotan las menudencias que podrían ser comentadas o aclaradas. Además hay ciertas ligerezas y descuidos que se leen en el prólogo; por ejemplo, Díaz Sánchez dice que Faulkner recibió el Nobel en 1950, pero fue en 1949; o da por hecho que Borges no tradujo The Wild Palms (Random House, 1938), sino su madre, tomando como prueba un artículo de Douglas Day que sólo alude y no cita con precisión, amén de que, según dice, “Las palmeras salvajes en 1940 tuvo una repercusión muy favorable en el público de habla hispana en general”; pero la traducción de Borges de Las palmeras salvajes (le haya ayudado su madre o no) data de 1944 y no de 1940 y fue impresa en Buenos Aires, por primera vez, por Editorial Sudamericana en la Colección Horizonte. Sin embargo, el prólogo de la profesora y los árboles genealógicos de la familia Compson y de la familia Gibson propuestos por el profesor Cleanth Brooks, son muy necesarios para introducirse en el complejo ámbito narrativo de El ruido y la furia
Las palmeras salvajes, novela de William Faulkner
Traducción de Jorge Luis Borges
Colección Horizonte, Editorial Sudamericana
Buenos Aires, 1944
        En su prefacio, Díaz Sánchez alude las peculiaridades idiomáticas que caracterizan el habla de los personajes creados por Faulkner en inglés y las numerosas libertades y caprichos que se permitió para construir (o deconstruir) la sintaxis y las normas de la puntuación. Urdida con un estilo elíptico, arbitrario y fragmentario y con constantes cambios de tiempo y de voces —sobre todo en las dos primeras partes— comprende cuatro capítulos que compendian los cuatro principales puntos de vista a través de los cuales el lector, especie de ojo avizor, arma el intrincado rompecabezas de los sucesos, en cuyos episodios incide el drama idiosincrásico, atávico y cotidiano del par de susodichos núcleos familiares venidos a menos: la familia Compson, de blancos, cuya astrosa casona se halla en las inmediaciones de Jefferson, Mississippi (pueblo ficticio cuyo modelo parece ser Oxford, Mississippi), y la humilde familia Gibson, de negros, al servicio de los primeros.
En “Siete de abril de 1928”, el primer capítulo, predomina la perspectiva de Benjy, el menor de los cuatro hermanos Compson, quien ese día, Sábado de Gloria, cumple 33 años de edad; pero es un idiota de nacimiento con la mente y la conducta de un escuincle de tres, por ello es pastoreado por Luster, un adolescente negro, nieto de Dilsey Gibson, la anciana sirvienta que le da cierta cohesión y estabilidad al inestable, egoísta, patético, mórbido y neurótico entramado familiar de los Compson (de hecho, es ella quien compra el pastel con que celebra el aniversario de Benjy). A esas alturas del tiempo ya murió el alcohólico señor Compson (en 1912); Caroline, su mujer, hipocondríaca y eternamente enferma, ha delegado la responsabilidad de la casona y el manejo de su dinero en Jason, su hijo predilecto, nacido en 1894, quien es un maldito y un auténtico pillo; Quentin, el primogénito, se suicidó a los 20 años de edad (el 2 de junio de 1910) cuando era estudiante en la Universidad de Harvard; Caddy, la hija nacida en 1892, ha sido proscrita del hogar y maldecida por su madre (de furcia no la baja) tras el fracaso de su interesado matrimonio con Sydney Herbert Head, un ricachón que supuestamente le habría dado holguras pecuniarias a la familia si además Jason hubiera trabajado en su banco, pero esto se truncó tras descubrir que el embarazo de su esposa no era cosa suya y por ende se separó de ella; Benjy alguna vez fue castrado (solía asustar a las niñas con uniforme entre las que berreando buscaba a Caddy); la adolescente Quentin, hija natural de Caddy, nacida en 1911, vive en la casona desde bebé, odiada y acosada por su tío Jason; y el tío Maury Bascomb es el vividor e inútil hermano de Caroline, quien escribe cartas con regularidad anunciando que ha sustraído un dizque préstamo de la cuenta bancaria de ella y que nunca repone.
En ese entorno, Benjy, tolerado por su madre y despreciado por Jason (para él su sitio está en el manicomio de Jackson), pasa el día de su cumpleaños en lo que queda del prado (el resto fue vendido y ahora es un campo de golf) berreando al recordar a su amorosa hermana Caddy (se calma oliendo una de sus viejas zapatillas: “Caddy olía como las hojas”, Caddy olía como las hojas cuando llueve”), mientras Luster busca obtener 25 centavos para la función en una carpa de cómicos itinerantes donde se presenta un músico que toca un serrucho y que admira e imita.
“Dos de junio de 1910”, el segundo capítulo, está concebido desde la muy fragmentaria perspectiva de Quentin Compson, el estudiante de Harvard, quien ese día orquesta su suicidio y se mata arrojándose al río Charles con dos planchas. Al parecer, entre el oscuro leitmotiv que suscitó tal decisión, muy por encima de la deuda moral ante sus progenitores (su padre vendió tierras para costearle los estudios), descuella un anacrónico y obtuso sentido del honor ante la consabida y presunta promiscuidad de su hermana Caddy (y quizá cierta inconfesable e irracional frustración incestuosa), casada apenas el 25 de abril de 1910, en Jefferson, Mississippi, con Sydney Herbert Head. 
Si en la traducción al español se han perdido los tonos y modismos coloquiales y el habla de los personajes (el acento de los negros, por ejemplo, o la torpe manera de parlotear de Jason), la cualidad de prosa poética de la segunda parte se ha esfumado y sólo queda un fragmentario, caprichoso, arbitrario, telegráfico, elíptico y constantemente interrumpido puzzle a veces abstruso e inteligible, pero otras no.  
“Seis de abril de 1928”, el tercer capítulo de El ruido y la furia, formula la perspectiva de Jason Compson durante ese Viernes Santo, amén de que brinda datos sobre la geografía y la población de Jefferson (Jason es empleado en una tienda) y en torno a lo que se bosqueja en los dos primeros capítulos; pero también eso ocurre en el cuarto capítulo, que lo iguala en legibilidad y donde se leen más datos sobre el pueblo, por ejemplo, en lo que concierne a las casuchas del sector llamado la Cañada de los Negros y a las ropas que éstos visten en su segregada iglesia durante la ceremonia del Domingo de Resurrección. 
        Jason es el villano de la novela, un egocéntrico y un egoísta que encarna el mal. Inculto, malhablado, racista, sarcástico, misógino y megalómano. Siempre resentido ante la suerte que le tocó vivir y envidioso ante la suerte de quienes lo rodean, no quiere a nadie que no sea él mismo. Desde su mediocre postura se camufla como empleado en la antedicha tienda en Jefferson (tiene su propio auto y dizque deposita su salario en la cuenta de su madre, de quien es su apoderado) y desde la oficina de telégrafos trata de capitalizar en la bolsa de Nueva York el dinero que, hipócritamente y con engaños, le ha venido robando a su progenitora y a su sobrina Quentin, quien con periodicidad recibe cheques de Caddy, pero él monta la farsa para hacerles creer, a su sobrina y a su madre, que son quemados por ésta (“salario del pecado”, lo llama ella). Sin embargo, el destino parece castigar sus latrocinios y fechorías, pues casi al unísono de la pérdida en la bolsa, su sobrina Quentin sustrae de su recámara tres mil dólares que él ocultaba en una caja cerrada y huye con su recién enamorado, músico o actor en la carpa, la cual ese mismo día se ha ido a Mottson, un pueblo cercano.  
En “Ocho de abril de 1928”, el cuarto y último capítulo, predomina la perspectiva de Dilsey durante ese Domingo de Resurrección. Además de que se amplían los datos de la geografía física y humana de Jefferson, también se bocetan los rasgos corpóreos de varios de los protagonistas. Y en contraste con la decadencia, con lo patológico, con el odio y la maldad que pulula y repta entre los Compson (con excepción de Benjy), la negra y anciana Dilsey encarna el bien y la bondad, y es la fuerza moral y afectiva que hace que el desvencijado ámbito de los Compson no se venga abajo en un tris. En este sentido descuella toda la escena final, cuando en el destartalado birlocho, por indicaciones de su abuela, Luster lleva de paseo a Benjy rumbo al cementerio, pero al cruzar por la plaza de Jefferson, donde se halla la estatua del soldado confederado, de pronto Benjy empieza a berrear como si viera al mismo diablo, y es que el colérico y frustrado Jason intempestivamente a toda carrera los aborda y ataca, repartiendo puñetazos, insultos y amenazas.  

William Faulkner
Premio Nobel de Literatura 1949
Tiene razón la profesora y prologuista cuando dice que el “Apéndice” “no forma parte de la novela”. Y el lector puede leerlo o no, o tomar de él lo que le parezca. Y no sólo por antojo, sino por lo que ella dice en su prefacio, pese a que en la novela nunca se menciona el imaginario Condado de Yoknapatawpha: “El ‘Apéndice’ relata la cronología de los Compson desde 1699, pasando por la llegada a Estados Unidos en 1745 (batalla de Culloden), hasta 1945. Faulkner está creando la historia dentro de la ficción, quiere que sus personajes tengan coordenadas históricas, porque en su visión personal del entramado de Yoknapatawpha estos personajes son auténticos seres con vida propia. La introducción del ‘Apéndice’ destruye parte de su naturaleza elíptica, incluye nuevos datos biográficos que no están explícitos en el texto, y en lugar de aportar beneficios a la novela crea discrepancias [por ejemplo, dice que Quentin antes de suicidarse esperó ‘completar el curso académico’, pero en realidad lo interrumpe y abandona]: muchas fechas son incorrectas, hay datos que no conocíamos en la novela y por tanto modifican datos de una novela que ya creíamos fijada con anterioridad. Habrá también quienes opinen que este ‘Apéndice’ es positivo porque incrementa y hace más verosímil la sensación de comunidad ligada al condado de Yoknapatawpha.”


William Faulkner, El ruido y la furia. Prólogo, notas y bibliografía de María Eugenia Díaz Sánchez. Traducción del inglés al español de Ana Antón-Pacheco. Iconografía en blanco y negro. Letras Universales (226), Ediciones Cátedra. 7ª edición. Madrid, 2008. 360 pp.