lunes, 24 de agosto de 2015

Crónica de una muerte anunciada





Nos dijo el milagro pero no el santo

                                 
I de II
Además de las invenciones, veras y equívocos que se leen en “El cuento del cuento”, artículo de Gabriel García Márquez publicado en dos entregas (“26 de agosto de 1981” y “2 de septiembre de 1981”), reunido en el volumen Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984, cuyo copyright data de 1991, las principales biografías del Premio Nobel de Literatura 1982 —por ejemplo, la de Gerald Martin: Gabriel García Márquez. Una vida (Debate/Random House Mondadori, Colombia, 2009), y la de Dasso Saldívar: García Márquez. El viaje a la semilla (Alfaguara, Madrid, 1997), sobre todo ésta—, aportan anécdotas (e imágenes) en torno al asesinato de Cayetano Gentile Chimento (marzo 6 de 1927-enero 22 de 1951), crimen ocurrido en Sucre y que particularmente conmocionó a Gabo y a su familia (la cual, entre 1939 y 1951, vivió allí), y que es el germen de su novela Crónica de una muerte anunciada, cuya primera edición colombiana fue publicada en Bogotá, en 1981, por La Oveja Negra; la cual fue adaptada el cine (con guión de Tonino Guerra) en una homónima película de 1987 dirigida por Francesco Rosi.
(La Oveja Negra, Bogotá, 1981)
  Dispuesta en cinco capítulos sin títulos, Crónica de una muerte anunciada no sigue al pie de la letra la real reconstrucción del caso. De ahí que, por ejemplo, el pueblo sin nombre sea un puerto fluvial al que arriban buques y no sólo tácitas lanchas y vaporcitos con rueda de madera; que el asesinado no se llame Cayetano Gentile Chimento (cuyos orígenes eran italianos), sino Santiago Nasar Linero (de origen árabe por la vía paterna); que los asesinos no sean los hermanos Víctor Manuel y José Joaquín Chica Salas, sino los gemelos Pedro y Pablo Vicario; que el novio ofendido no sea Miguel Palencia, sino Bayardo San Román; que la novia mancillada no sea Margarita Chica Salas, sino Ángela Vicario; y que desde la terraza de la quinta del viudo de Xius (situada “en una colina barrida por los vientos”, donde los novios iban a vivir su primera luna de miel) “en los días claros del verano” se alcance “a ver el horizonte nítido del Caribe, y los trasatlánticos de turistas de Cartagena de Indias”.

Pese a que a priori se tenga noticia de que Crónica de una muerte anunciada está basada en dramáticos hechos reales, muy pronto el lector advierte los acentos y rasgos superlativos y lúdicos que caracterizan la hiperbólica escritura de Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-Ciudad de México, abril 17 de 2014) y que sólo obedecen a su poderosa imaginación y virtud narrativa fuera de serie; por ejemplo, al contar el poder de una bala blindada de la 357 Magnum que Santiago Nasar solía llevar en el cinto cuando iba al monte a caballo para atender los asuntos de la hacienda ganadera heredada de su padre, y a la que ya en casa (ubicada en la plaza central del pueblo) le extraía los proyectiles y los escondía lejos: “Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una mañana en que una sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda, y la pistola se disparó al chocar contra el suelo, y la bala desbarató el armario del cuarto, atravesó la pared de la sala, pasó con un estruendo de guerra por el comedor de la casa vecina y convirtió en polvo de yeso a un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza.”
Aunado al título, el íncipit de la novela anuncia a los cuatro vientos quién es la víctima y por ende sugiere que se van a narrar los pormenores y la causa del asesinato: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” De hecho es así: diseminados a lo largo de la trama (y buscando el suspense), paulatinamente se desgranan ciertos datos que anuncian y divulgan la inminencia del crimen, cuyo escenario y acto sangriento es narrado casi al final de la obra.
Desde la primera página el lector advierte que el asesinato ocurrió hace más de 20 años. Y pronto descubre que la voz narrativa que evoca y cuenta los hechos y que investigó para urdir la Crónica de una muerte anunciada (por ejemplo, “27 años después” habló con Plácida Linero, la madre de Santiago Nasar) es un alter ego de Gabriel García Márquez que, aunque nunca dice su nombre ni nadie lo llama con él, a todas luces le corresponde, dadas las noveladas alusiones autobiográficas. De modo que la obra también le sirve para lúdicamente homenajear a consabidos miembros de su familia haciéndolos aparecer en diversos episodios y anécdotas imaginarias. Así, por ejemplo, Santiago Nasar lleva ese nombre por el nombre de la madre del narrador: Luisa Santiaga —que es el nombre de la progenitora del Gabo de carne y hueso, de apellidos Márquez Iguarán (1905-2002)—, quien “era además su madrina de bautismo, pero también tenía un parentesco de sangre con Pura Vicario, la madre de [Ángela Vicario] la novia devuelta” por Bayardo San Román tras descubrir en la noche de bodas que no era virgen. En este sentido, cuando Margot (la hermana del narrador) —quien minutos antes del crimen había estado con Santiago Nasar y Cristo Bedoya observando desde el muelle el paso del obispo—, le informa a su madre del inminente asesinato que trunca el desayuno de caribañolas de yuca al que estaba invitado en la casa familiar de los García Márquez, Luisa Santiaga sale de prisa de ésta a prevenir a Pura Vicario, llevando de la mano a “Mi hermano Jaime”, dice el narrador, “que entonces no tenía más de siete años”. Pero en el camino a pie, alguien le grita: “No se moleste, Luisa Santiaga”, “Ya lo mataron”. 
(Ediciones B, 2013)
  Además de Margot (Barranquilla, noviembre 11 de 1929), otros dos hermanos del narrador eran amigos de Santiago Nasar: Luis Enrique (Aracataca, septiembre 8 de 1928) y su hermana monja, quien en la vida real se llama Aída Rosa García Márquez; nacida en Barranquilla el 17 de diciembre de 1930 y ya retirada de los hábitos monacales, recién publicó un libro de memorias de poca o nula circulación en México: Gabito, el niño que soñó Macondo (Ediciones B, 2013). En la novela, el domingo de febrero en que se casaron Bayardo San Román y Ángela Vicario, el narrador, su hermano Luis Enrique (que tocaba la guitarra) y Santiago Nasar continuaron la parranda de la boda (que agitó a todo el pueblo) hasta muy entrada la madrugada de ese lunes fatal en que éste sería asesinado a cuchilladas (en la plaza central, frente a su casa) entorno a las 7 de la mañana, mientras el narrador se recuperaba “de la parranda de la boda en el regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes”, la hetaira que, según Gabo y los biógrafos, sí existió con ese nombre y con quien su generación perdió la virginidad. La tía Wenefrida Márquez, quien en la vida real era hermana del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937), el abuelo paterno del escritor, vio a Santiago en las últimas cargado sus vísceras. “Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas”, le testimonió al sobrino.

Aída García Márquez con un retrato de Gabito
  “Yo conservaba un recuerdo muy confuso de la fiesta antes de que hubiera decidido rescatarla a pedazos de la memoria ajena”, apunta el narrador. “Durante años se siguió hablando en mi casa de que mi padre [Gabriel Eligio García Martínez, 1901-1984] había vuelto a tocar el violín de su juventud en honor de los recién casados, que mi hermana la monja [Aída Rosa] bailó un merengue con su hábito de tornera, y que el doctor Dionisio Iguarán, que era primo hermano de mi madre, consiguió que se lo llevaran en el buque oficial [en el que llegó el padre del novio y su familia] para no estar aquí al día siguiente cuando viniera el obispo [...] Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo, cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal como ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años después.” 

Mercedes Barcha Pardo y Gabriel García Márquez
  En la vida real, Mercedes Barcha Pardo (Magangué, noviembre 6 de 1932) se casó con Gabriel García Márquez “el 21 de marzo de 1958 a las once de la mañana en la iglesia del Perpetuo Socorro”, en Barranquilla. La fecha del lazo matrimonial induce a suponer que el crimen que narra la novela no ocurrió en 1951, sino en 1944 y podría ser. Pero también pudo ocurrir en los años 20 o 30, si se piensa que la primera vez que arriba al pueblo el padre del novio: el general Petronio San Román, con su mujer y dos hijas, lo hace manejando un peliculesco “Ford T con placas oficiales cuya bocina de pato alborotó las calles a las once de la mañana”. 

El general Petronio San Román, que en la boda lucía “un penacho de plumas y la coraza de medallas de guerra”, fue, apunta el narrador, “héroe de las guerras civiles del siglo anterior, y una de las glorias mayores del régimen conservador por haber puesto en fuga al coronel Aureliano Buendía en el desastre de Tucurinca. Mi madre fue la única que no fue a saludarlo cuando supo quién era. ‘Me parecería muy bien que se casaran —me dijo—. Pero una cosa era eso, y otra muy distinta era darle la mano a un hombre que ordenó dispararle por la espalda a Gerineldo Márquez.’” Coroneles de imaginaria y consabida acuñación garciamarquiana que remiten, centralmente, a Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967).


II de II
En la novelística reconstrucción del asesinato de Santiago Nasar, de 21 años, que en Crónica de una muerte anunciada (1981) hace el homónimo alter ego de Gabriel García Márquez, descuella el hecho de que ocurre en un pueblerino y limitado entorno social —conservador, católico y machista— repleto de rancios atavismos y prejuicios decimonónicos. 
(Diana, 29ª impresión con erratas, México, septiembre de 2002)
  Después de la apoteósica celebración y francachela de la boda que un domingo de febrero excitó al pueblo entero, Bayardo San Román, un advenedizo con solvencia económica, tras descubrir en la intimidad de la primera noche de amor que Ángela Vicario no era virgen, la devuelve en la madrugada a la casa de su familia con claros visos de violencia: “Llevaba el traje de raso en piltrafas y estaba envuelta con una toalla hasta la cintura.” Pura Vicario, su madre y esposa de Poncio Vicario, un modesto orfebre ciego, manda a llamar a Pedro y Pablo, sus hijos gemelos que aún andan de parrada. Al llegar encuentran a su hermana “tumbaba bocabajo en una sofá del comedor y con la cara macerada a golpes [que le dio su progenitora], pero había terminado de llorar”. Y casi de inmediato y sin replicar les revela el nombre del supuesto responsable de la pérdida de su honor: Santiago Nasar, que en ese violento e intolerante contexto social equivale a una infalible e irrevocable sentencia de muerte que los gemelos cumplen unas horas después utilizando, cada uno, un cuchillo; instrumentos de matarifes de la cría de cerdos cuya hedionda pocilga cultivan en la casa familiar.

Los gemelos Pedro y Pablo Vicario también eran amigos de Santiago Nasar y alternaron con él en la parranda de la boda y después de la boda y al parecer no hubieran querido matarlo a cuchilladas y por ende durante varias horas de la madrugada y del amanecer de ese lunes fatídico pregonaron su inminente crimen a quien pudo oírlo, con tal de que alguien hiciera algo para impedirlo. No obstante, declararon: “Lo matamos a conciencia”, “pero somos inocentes”. Y más aún: “El abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia”. En este sentido, luego de que “En el panóptico de Riohacha [...] estuvieron tres años en espera del juicio porque no tenían con qué pagar la fianza para la libertad condicional”, tras los tres días que duró el proceso fueron absueltos. Tal absolución, que implica los atavismos y la moralina que impera en el pueblo y en la manipulación de la ley, es refrendada por Prudencia Cotes, la novia de Pablo, que se casó con él tras salir de la cárcel “y fue su esposa toda la vida”, y que al narrador le dijo: “Yo sabía en qué andaban [...] y no sólo estaba de acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre.”
Gabriel García Márquez hojeando
Gabtio, el niño que soñó Macondo (Ediciones B, 2013)
  En las indagaciones que el homónimo alter ego del autor hizo para reconstruir ese crimen ocurrido alrededor de 27 años antes, queda claro que muy pocos fueron quienes intentaron que tal muerte no ocurriera. Es el caso de Clotilde Armenta, la comerciante de la tiendita-cantina de la plaza del pueblo donde los gemelos se ubican con los cuchillos envueltos en periódicos en espera de ver desde allí a Santiago Nasar; del coronel Lázaro Aponte, el alcalde, quien mientras los muchachos duermen la mona (por el exceso de alcohol) les quita el par de cuchillos recién afilados (pero luego van por otros); de Cristo Bedoya, quien minutos antes del crimen trata de encontrar a Santiago Nasar; de Luisa Santiaga, quien intenta prevenir a Plácida Linero, la madre del asesinado. 

Según el narrador, “Para la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Román. Suponían que los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad, y hasta con cierta grandeza, la parte de favor que la vida les tenía señalada. Santiago Nasar había expiado la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era Bayardo San Román. ‘El pobre Bayardo’, como se le recordó durante años.” Falaz corte de caja que incita a especular y a conjeturar en diversas direcciones.
Si bien Santiago Nasar era “un gavilán pollero” que incluso manoseaba a Divina Flor, la adolescente hija de la cocinera que servía en su casa (que es la casa de su madre viuda), queda claro y se transluce que él no fue quien desfloró a Ángela Vicario. De hecho, éste es uno de los misterios que la novela no desvela: ¿quién fue el autor de su perjuicio?, si es que hubo tal, porque también se piensa que no dijo el nombre del verdadero responsable porque “estaba protegiendo a alguien a quien de veras amaba”. Pero, ¿por qué culpó a Santiago Nasar? Según lo recabado por el autor, Ángela Vicario dijo el nombre de éste porque supuso que los gemelos no lo atacarían porque era un hombre rico. Lo cual resulta falaz, puesto que requeridos por su madre, le preguntan el nombre con el objetivo de vengar la afrenta en los expeditos términos que dictan los atavismos y la moralina que impera en el pueblo.
Vale subrayar, entonces, que la novela no es psicológica. No explora las pulsiones mentales y subconscientes que la empujaron a condenar a muerte a Santiago Nasar. Y desde cierta perspectiva, Ángela Vicario es la ganona, la siniestra mano que mueve la cuna con la conciencia tranquila, que de víctima de las circunstancias, siempre buscó ganar y salirse con la suya a toda costa. 
Bayardo San Román, quien andaba por los 30 años, llegó al pueblo seis meses antes de la boda. Ángela Vicario tenía 20 años y era la más bella de sus tres hermanas (una ya muerta de “fiebres crepusculares”), a quienes Luisa Santiaga les objetaba “la costumbre de peinarse antes de dormir”: “Muchachas —les decía— no se peinen de noche que se retrasan los navegantes”. Bayardo San Román, en vez de seducirla a ella, sedujo a sus padres con el infalible argumento: la posición privilegiada de su familia y de su padre el general Petronio San Román y la solvencia económica para comprarlo todo (coche descapotable y “la casa más bonita del pueblo”: “la quinta del viudo de Xius”). Es por esto que a Ángela Vicario sus padres “le impusieron la obligación de casarse con un hombre que apenas había visto” y “pese al inconveniente de la falta de amor”. No les confesó la pérdida de la virginidad (el secreto mejor guardado) y en este sentido en su familiar entorno católico (que denotan sus nombres propios) profanó “los símbolos de la pureza”, pues se atrevió a “ponerse el velo y los azahares sin ser virgen”. Y más aún, atenta a las comidillas y al qué dirán, no se vistió de novia hasta que no llegó el novio “con dos horas de retraso”. “Imagínate [...] hasta me hubiera alegrado de que no llegara, pero nunca que me dejara vestida”, le dijo a su primo el narrador. “Su cautela [apostrofa éste] pareció natural, porque no había percance público más vergonzoso para una mujer que quedarse plantada con el vestido de novia.”
Los hermanos Aída y Gabriel García Márquez
  Según el sumario consultado por el primo narrador, “sus dos únicas confidentes declararon: “Nos dijo el milagro pero no el santo”. Es decir, tampoco a ellas, al parecer, les reveló el nombre del verdadero picaflor, pero fueron ambas quienes le brindaron consejos y trucos para burlar al marido la noche de bodas. Según el narrador, “Tan aturdida estaba que había resuelto contarle la verdad a su madre para librase de aquel martirio, cuando sus dos únicas confidentes, que la ayudaban a hacer flores de trapo junto a la ventana, la disuadieron de su buena intención. ‘Les obedecí a ciegas —me dijo— porque me habían hecho creer que eran expertas en chanchullos de hombres’. Le aseguraron que casi todas las mujeres perdían la virginidad en accidentes de infancia. Le insistieron en que aun los maridos más difíciles se resignaban a cualquier cosa siempre que nadie lo supiera. La convencieron, en fin, de que la mayoría de los hombres llegaban tan asustados a la noche de bodas, que eran incapaces de hacer nada sin la ayuda de la mujer, y a la hora de la verdad no podían responder de sus propios actos. ‘Lo único que creen es lo que vean en la sábana’, le dijeron. De modo que le enseñaron artimañas de comadronas para fingir sus prendas perdidas, y para que pudiera exhibir en su primera mañana de recién casada, abierta al sol en el patio de la casa, la sábana de hilo con la mancha del honor.”

Después de que el engañado y ofendido Bayardo San Román regresara a Ángela Vicario a la casa de sus padres, se tiró a la bebida, solitario en la otrora casa del viudo de Xius, la que iba a ser su rutilante nidito de amor. Y perdido en la borrachera (y con la misma ropa con que se casó) alrededor de una semana después se lo llevaron del pueblo su madre, sus dos hermanas y “otras dos mujeres mayores que parecerían sus hermanas”, venidas ex profeso en un buque de carga. “El coronel Lázaro Aponte las acompañó a la casa de la colina, y luego subió el doctor Dionisio Iguarán en su mula de urgencias. Cuando se alivió el sol, dos hombres del municipio bajaron a Bayardo San Román en una hamaca colgada de un palo, tapado hasta la cabeza con una manta y con el séquito de plañideras. Magdalena Olivier creyó que estaba muerto.”
Ángela Vicario y su familia también se fueron del pueblo para siempre. Según el narrador, “Mucho después, en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de la Guajira, me llegué por casualidad hasta aquel moridero de indios. En la ventana de una casa frente al mar bordando a máquina en la hora de más calor, había una mujer de medio luto con antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza estaba colgada una jaula con un canario que no paraba de cantar. Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura. Pero era ella: Ángela Vicario 23 años después del drama.”
Ángela Vicario no le reveló el nombre del picaflor, pero sí que “durante diecisiete años” estuvo escribiéndole cartas a Bayardo San Román que él no le respondía: “era como escribirle a nadie”. Hasta que “Un medio día de agosto, mientas bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. ‘Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca —me dijo—. ¡Pero era él, carajo, era él!’ Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descocido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.
“—Bueno —dijo—, aquí estoy.
“Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.”


Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Editorial Diana. 29ª impresión con erratas. México, septiembre de 2002. 130 pp.




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